El acogimiento familiar, la asignatura pendiente de España

Hace tiempo que ya no se habla de “familia” sino de las “familias”. Hay muchas y muy diferentes. Un niño puede tener un papá y una mamá, o dos mamás o dos papás o puede ser de una raza diferente a la de su progenitor o ser de otro país. También puede tener dos familias (una biológica y otra de acogida) o dormir en un centro en vez de en una casa. En España, 14.104 niños están en esta última situación y 19.641 viven en una familia de acogida. La diferencia entre criarse en un hogar, que no siempre es lo mismo que un techo, o hacerlo en un centro es abismal.

El derecho de los niños a vivir en familia está reconocido y debería estar protegido y garantizado. Cuando los padres no pueden hacerse cargo de sus hijos por sus circunstancias personales, el Estado interviene. Sin embargo, en España la cultura del acogimiento es escasa. El debate está en las instituciones, pero llega a la sociedad con más dificultad. El número de chicos que viven en centros del Estado aún es muy alto. De hecho, el Comité de los Derechos del Niño de la ONU se mostró “seriamente preocupado” por el “elevado número de niños en atención residencial”, en el informe de Observaciones Finales a España para el 2018. José Antonio Martínez, presidente de la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar, pone cifras al problema: “Hay casi 1.500 niños de 0 a 6 años viviendo en residencias públicas y más de 2.000 que tienen de 7 a 10 años. Queda mucho por hacer”.

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Hay personas que desean ser padres y niños que quieren (o más bien necesitan) crecer en una familia. La línea divisoria entre esos dos polos es la desinformación: “Hay personas que te dicen ‘yo no podría’, pero muchas veces es por desconocimiento”, confirma Martínez. La acogida es temporal, a diferencia de la adopción, y se exige que los menores sigan teniendo relación con sus progenitores biológicos, normalmente en visitas que pautan y supervisan los servicios sociales. La acogida en hogares puede ser en familia extensa (por abuelos, tíos, hermanos, etc.) o en familia ajena, que suelen ser menos numerosas.

Este último fue el caso de Pedro, al que le “nació” una niña de ocho años. No tuvo que esperar 9 meses de embarazo, ni ir a clases preparto con su esposa. Se informaron por el programa de acogimiento de Aragón, pasaron varias evaluaciones de idoneidad e hicieron un curso preparatorio de unos meses. El proceso total suele dura un año, según las fuentes consultadas. A pesar de que ya tenía dos hijos y era un padre con experiencia, Pedro conservó las inseguridades de todo aquel que tiene una criatura a su cargo.

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Del centro a la casa: diferencias abismales

Sin embargo, Naiara rebaja la autoexigencia de su padre de acogida. “Estaban perfectamente preparados. Si me hubieran dado a elegir, no podría haber escogido una familia mejor”, bromea al otro lado del teléfono. Les conoció con ocho años y, tras algunos primeros contactos, se trasladó a su casa, desde el centro en el que vivía desde los cinco años. Su madre tenía problemas con la droga y con su padre no tenía relación, así que acabó bajo la protección del Estado. “No tuve ningún problema en el centro, era de las más pequeñas, así que los demás ejercían de hermanos mayores”, recuerda sobre esa sensación de “tribu” que se creó entre los niños.

Sin embargo, no es comparable con una familia. Los padres no tienen que dividir el tiempo entre varios chavales como hacen los profesionales, ni tienen turnos de ocho horas. Nerea notaba aún más esas diferencias en las pequeñas cosas del día a día, que a veces se convierten en un mundo. “Yo no podía invitar a dormir o comer en mi casa a las demás niñas porque vivía en un centro. En el colegio, para algunas actividades te pedían fotos con tus padres, pero yo no las tenía”, relata. Tampoco era fácil explicar a sus compañeros por qué ella no regresaba a su hogar tras las clases: “A veces los niños son crueles”.

Tras ese breve viaje hacia su infancia, Nerea vuelve a 2018 y se pone de nuevo las gafas de adulta para adoptar un tono más pragmático: “Hubo un cambio abismal en mis notas cuando pasé del centro a casa”. Su madre de acogida estaba pendiente de ella, acudía a todas las reuniones del colegio y le daba apoyo tras volver del cole. Estas pequeñas rutinas, habituales en muchas casas, provocaron un cambio drástico en la niña. Por primera vez, su única preocupación era estudiar.

El proceso de adaptación y los reajustes

Cuando Nerea llegó a su casa de acogida por primera vez, le sorprendió mucho ver la nevera llena de comida. “Lo miraba como quien mira un programa de la tele”, bromea Pedro. Ella también recuerda las primeras sensaciones. Se encontró con unos hermanos mayores con los que empatizó rápidamente, un padre paciente y una madre cariñosa que siempre se lo puso todo muy fácil, incluida la relación con su madre biológica, con la que tenía visitas programadas. En definitiva, trazaron una relación muy natural.

José Antonio Martínez también apunta a lo complejo que resulta ese equilibrio entre la familia biológica y la de acogida: “Hay que explicarles muy bien esa dualidad. A veces surge un conflicto de lealtad. Por un lado, los niños tienen lazos con su familia biológica y, por otro, disfrutan de una situación muy estable en su casa de acogida”. El experto apunta a que, con mucha frecuencia, el menor pasa una fase en el que se desarrolla un sentimiento de culpabilidad hacia sus progenitores biológicos, en favor de esa nueva referencia vital en la que se convierten los acogedores. Son etapas normales del proceso, con las que los padres de acogida tienen que saber lidiar. La clave está en respetar la voluntad del propio niño y acompañarle.

Aún así, el aterrizaje en la nueva casa supone algunos reajustes. Al ser niños que vienen de situaciones complicadas, suelen ponerse a la defensiva. A veces, esa vida anterior vuelve por las noches en forma de pesadillas. Pedro y su esposa tuvieron que restablecer la confianza de Nerea en los adultos, algo que solo se consigue con tiempo y cariño. La niña estaba más acostumbrada a cuidar que a ser cuidada. “Yo tenía pánico a los autobuses porque un día mi madre biológica me dijo que me bajase, me bajé y me quedé sola esperando en la parada un montón de horas. Tampoco me atrevía a ir a comprar chucherías por si mis padres no estaban cuando volviera”, relata. La relación con su padre fue un poco más difícil, ya que había desarrollado cierta animadversión hacia los hombres: “El primer día que me regañó y me señaló con el dedo se dio cuenta de que me puse en posición de defensa”. 

Las organizaciones como la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar tienen grupos de apoyo para aquellos que tengan preguntas sobre cómo gestionar problemas similares. Nerea también ha tenido que aprender a administrar su relación con el pasado. Cuando cumplió los 18 años, tuvo que decidir si seguía teniendo contacto con su madre biológica. Hasta ese momento, los encuentros habían estado supervisados por trabajadores sociales y desde ese momento dependerían solo de ella. Es una duda que vuelve a su cabeza de manera periódica, aunque hayan pasado los años. Al cumplir la mayoría de edad pidió su expediente, que contenía detalles difíciles que ella ni siquiera recordaba. Tuvo que enfrentarse a su infancia por escrito y a través de un documento que no estaba preparado para que una joven lo leyera.

Sin embargo, crecer en una familia estable le dio más certezas que dudas. Cuando cumplió los 18, los trámites legales (dejaba de ser hija de acogida) no afectaron a su vida personal, como sí ocurre con los chicos que traspasan la mayoría de edad en los centros y dejan de estar bajo la protección del Estado. “Me sorprende mucho la imagen que tiene la gente de los niños que vienen de los centros. A veces, le cuento mi historia a algún conocido y me pregunta que ‘cómo he salido así de bien’”. Al final, yo he tenido una vida normal. Yo he tenido ésta y otros tendrán otra”, concluye Nerea.

Cómo mejorar el acogimiento en España

Las familias nunca acogen por dinero, pero las fuentes consultadas reconocen que mejores ayudas facilitarían que más personas dieran el paso. “Los niños tienen necesidades que hay cubrir”, remarca Pedro. Además de ser mejor para los menores, también lo es para el Estado, ya que es más económico y efectivo integrar a un menor en una familia estable que en un centro.

En este mismo sentido, la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar está luchando por la visibilización de esos chavales institucionalizados y por el apoyo a las familias extensas: “Nos encontramos con abuelas que se hacen cargo de 2 o 3 nietos, pero que son mayores, viudas y tienen que afrontarlo todo con su pensión”.

En el camino hacia la normalidad, surgen todo tipo de iniciativas, como modificar los libros escolares para que se hable del acogimiento como otro modelo familiar, y se hagan más campañas institucionales para acercar esta realidad a los hogares españoles. Con la puesta en marcha de la Ley de Protección a la Infancia y Adolescencia, aprobada en 2015, ha habido algunos avances, pero aún así, España está aún muy lejos del objetivo de no tener ningún menor de 3 años institucionalizado, como sí ocurre en el modelo anglosajón. Piden más medios para pasar de la intención a la acción.

Tanto Pedro como Nerea recomiendan esta experiencia. Pedro anima a acoger más allá de las ideas prefijadas: “A veces nos dicen que los niños acogidos tienen suerte, pero en nuestro caso, creo que la suerte la tuvimos nosotros”, concluye haciendo gala de orgullo de padre.