El periplo de William: de activista LGTBI en Honduras a solicitante de asilo en España

  • William Alejandro, de 35 años, transexual hondureño, tuvo que abandonar su país. Tomar un avión rumbo a España fue la única salida que encontró para proteger su vida
  • “Desde que llegué a España yo soy William. En Honduras, por todo el estigma y dificultades, sólo mis amigos de la comunidad LGTBI me llamaban así”

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En cuestión de horas, William Alejandro, un joven de 35 años, transexual hondureño, tuvo que abandonar su país. Tomar un avión rumbo a España fue la única salida que encontró para proteger su vida. Tras cruzar el océano solicitó protección internacional, pero confiesa que tardó varios días “en reaccionar” y ser consciente de semejante giro en su existencia.

“A los tres o cuatro días de llegar me pasé varias horas sentado en un parque sin parar de llorar y pensé, ¿y si me hubieran matado ese día? Hubiera sido otro más, otro muerto más. Fue entonces cuando dije: no voy a regresar a Honduras, porque puedo hacer más vivo que muerto. Puedo seguir trabajando para que quienes están detrás no pasen lo que yo pasé”, reflexiona aun mascando el dolor, pero con la templanza de quien sabe que recorre el camino elegido.

Trabajaba como coordinador del Área de Seguridad de la Asociación Arcoíris Honduras, una entidad referente en la promoción de los derechos humanos e incidencia política de las personas discriminadas por su identidad sexual. La trayectoria laboral de William era mucho más que eso; era una forma de vida. Un empeño para combatir la “impunidad de los crímenes cometidos hacia la población LGTBI”, una problemática también denunciada por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas de Derechos Humanos en Honduras, y que el pasado mes de Julio condenó la muerte violenta de más de 20 defensores y defensoras de los derechos del colectivo LGTBI, cometidas en lo que va de año. Esta cifra aumenta la enorme de lista de asesinatos a miembros de esta comunidad, que en la última década ya registra 325, según reportó el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos del país centroamericano.

De ahí que el trabajo de William consistiera, entre otras cosas, en interponer denuncias ante los abusos cometidos contra las personas LGTBI, darles seguimiento y crear bases de datos con toda la información recopilada. Pero lamenta que, “al estar directamente señalando a los mayores agresores de la comunidad LGTBI, como es la policía militar, ahí empezaron los problemas”.

En mayo, al salir de la sede de la asociación, fue sorprendido por tres policías militares encapuchados que le pidieron su documentación. Pero al aportarla, los uniformados abusaron de él, le robaron el teléfono y le amenazaron a punta de pistola. William cree que ese día esquivó la muerte porque el conductor de un vehículo se paró al escuchar sus gritos. “Me decían que me callara. ‘Te vamos a encontrar y te vamos a matar. Ésta te la vamos a meter para que te hagas mujer, marimacha’, me decían. Y se fueron, pero a mí me temblaba todo”, recuerda estremecido.

Apoyado por otros compañeros y compañeras de Arcoíris, el joven interpuso una denuncia ante el Ministerio Público. Sin embargo, días más tarde -y a pesar de las medidas de seguridad que había tomado, como por ejemplo, cambiar de domicilio y rutina-, volvió a toparse con los mismos policías. “Esta vez me golpearon fuerte y me dijeron que sabían que había denunciado, sabían dónde estaba mi novia, sabían todos mis pasos”, recuerda. Se marcharon, pero antes le dejaron un mensaje claro: “de hoy no pasas”. Una amenaza que, dice, activó su huida del país.

Casi con lo puesto aterrizó en Madrid. Llegó a principios de verano, en un momento en el que el bloqueo administrativo para refugiados y solicitantes de asilo estaba causando estragos, dejando a familias y personas en situación de calle al ser rechazadas o excluidas del sistema de acogida.

William Alejandro. / F.B.

En un primer momento pudo sortear ese abandono institucional gracias al apoyo de un compatriota que huyó años anteriores, por el mismo motivo que él: su vida como activista trans corría peligro. Pero la precariedad del compañero en Madrid tampoco le permitió prolongar su estancia hasta que William consiguiera ingresar en el sistema de acogida oficial. Estuvo a punto de verse en la calle, sin un techo en el que refugiarse. Además, debido a su condición de hombre trans, tenía la dificultad añadida de no poder a acceder a recursos habilitados, pero insuficientes, para hombres solos solicitantes de protección internacional mientras esperan a ser citados en la Unidad de Trabajadores Sociales de la Oficina de Asilo, encargada de la derivación a los recursos del Sistema de Acogida.

Fue así como conectó con la Red Solidaria de Acogida y la Coordinadora de Barrios, que le conectaron con una vecina de Madrid que abrió su hogar para darle acogida hasta que encontrara una solución a su situación. En ese intervalo de tiempo, mientras empezaba a digerir la lejanía del exilio, supo que Bessy Ferrera, una compañera de Arcoíris y reconocida activista trans en Honduras, fue asesinada a disparos por dos hombres que aun no han sido identificados.

“El dolor es doble. Por un lado, son mis amigos y amigas, con quienes he compartido momentos horribles pero también muy bonitos. Y luego está la otra parte, y es que no puedo evitar pensar que podrían haberme matado a mí”, confiesa emocionado.

Ahora se siente a salvo y no quiere renunciar a ello, pero también recuerda a quienes, como él han sufrido discriminación y amenazas por su condición de género o identidad sexual, pero no pueden salir de Honduras. “Tengo una compañera a la que han agredido hasta en siete ocasiones, pero le han negado la posibilidad de salir del país. Nos obligan a migrar de una forma irregular y, a veces, ni siquiera llegan a su destino porque por el camino desaparecen”, lamenta.

William reconoce que poco a poco empieza a recolocar “35 años de sufrimiento” y a disfrutar de pequeños detalles que le “hacen sentirse pleno”. Como el día que se sacó la tarjeta de transporte en la que aparece su nombre sentido y no el nombre oficial, asociado a un género con el que no se identifica. “Ese día casi lloro de emoción”, celebra entre risas. “Desde que llegué a España yo soy William. En Honduras, por todo el estigma y dificultades, sólo mis amigos de la comunidad LGTBI me llamaban así”, revela, seguido de un suspiro que pesa.  Su vida ha cambiado vertiginosamente, pero en esa metamorfosis tiene claro que algo seguirá intacto: “Quiero seguir luchando y defender los derechos humanos, no sé hacer otra cosa”.

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