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ENTREVISTA AL ESCRITOR MADRILEÑO, QUE ACABA DE PUBLICAR 'LA SEDUCCIÓN'

Ovejero: “La ficción pura está tan fuera del alcance del escritor como el realismo”

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado:

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El escritor madrileño José Ovejero.

El escritor madrileño José Ovejero, en una imagen de archivo. / Efe

La seducción (Galaxia Gutenberg) es el título de la última novela de José Ovejero (Madrid, 1958), una de las voces más destacadas de la literatura española actual. Desde que en 1997 publicase Añoranza del héroe, su primera novela, su obra ha ido creciendo en prestigio y premios varios, como el Alfaguara o el Primavera o el Anagrama de Ensayo, con títulos como La comedia salvaje o Ética de la crueldad o Los ángeles feroces, una distopía de carácter sombrío.

La seducción trata de la fascinación de un hombre maduro por un joven al que ayuda a cometer una venganza. Es novela que encara con acierto la excitación de la transgresión, la marea de la acción en detrimento de la teoría y cómo la transformación puede ser objeto de pasión y perdición, como en el Humbert Humbert de Lolita donde la transformación se produce en el cambio de larva a ninfa. La seducción es, en este sentido, una novela llena de sentido del humor, algo bastante carente en nuestra literatura, y aciertos narrativos. Con el autor hemos mantenido esta entrevista donde da un repaso a la novela, se refiere al cultivo de otros géneros y reflexiona sobre aspectos que nos ha tocado vivir en el mundo de hoy.

— Ariel, el protagonista de su novela, comparte con Humbert Humbert el ser víctima de una seducción ¿Qué le atrajo del tema de la venganza? Hay que reconocer que el erotismo era tema más fácil, más trillado…

— No lo había pensado, y sí veo una relación entre Humbert Humbert y Ariel, pero no en que son víctimas –yo creo que la víctima en esa magnífica novela de Nabokov es la propia Lolita-. La relación está más bien en que ambos son depredadores empáticos: es decir, entienden el sufrimiento de su presa, incluso lo lamentan a veces, pero eso no les impide hacerles daño para conseguir sus objetivos. Y su pregunta me sugiere otras coincidencias, pero sería demasiado prolijo detallarlas aquí.

En cuanto a la segunda parte de la pregunta, le doy la razón en que la seducción erótica es un tema muy trillado. Y aunque creo que los temas trillados son atractivos para darles la vuelta, aquí me interesaba una seducción que tiene más que ver con la vanidad y con el deseo de poder (ejercer la violencia, que supone una destrucción aunque sólo sea parcial del otro, es una forma de poder). Pero creo que lo que más me interesaba era la seducción como ese juego en el que participan dos personas y del que ambas son conscientes: porque el seducido a veces se presta a una seducción que le hace sentirse interesante, atractivo, y procura adaptarse a lo que el otro ve en él. El problema para Ariel es que él cree estar siendo seducido con determinados fines y se da cuenta demasiado tarde de que no sabía cuál era el juego.

— Muchos creerán que detrás de Ariel se esconde el autor, la misma edad, escritor… parecería una parodia, al igual que el nombre del protagonista…

— Sí y no. Sin duda hay un impulso autoparódico: autoparodia individual, de mí mismo; y autoparodia del grupo al que pertenezco, los escritores. Pero Ariel no soy yo. De hecho, una de las cosas que me resultaron más difíciles a la hora de escribir este libro fue encontrar la voz adecuada, porque quería alejarla al máximo de la mía. Encontrar la voz de Ariel significó encontrar a un personaje distinto, con rasgos y carácter propios.

— Usted despliega un humor bastante sutil en sus libros. ¿Qué sucede en España con esa modalidad? Algo grave pasa cuando escritores como Jardiel o Mihura están relegados a favor de una literatura de la rigidez…

“Es curioso que en el país de Cervantes, Quevedo y Valle Inclán el humor parezca una forma menor de la literatura”

— Es curioso que en el país de Cervantes, Quevedo y Valle Inclán el humor parezca una forma menor de la literatura. De todas formas, es un fenómeno no solamente español. En una ocasión leí que Peter Handke afirmaba que el humor no pinta nada en la literatura. Es muy difícil que una novela en la que abunde el humor –lo que es sinónimo de novela de humor- obtenga un premio literario. Ni siquiera creo que Mendoza hubiera tenido el reconocimiento que ha tenido sin sus novelas “serias”. Y sin embargo el humor es un instrumento magnífico para acercarse a la realidad mediante la literatura, y también una forma maravillosa de ejercitar la imaginación, que es una base fundamental del trabajo literario.

Yo creo que una de mis mejores novelas, si no la mejor, es La comedia salvaje, pero la verdad es que no tuvo mucho reconocimiento, y me pregunto si una de las razones fue que no era una novela seria sobre la guerra civil, sino un disparate (aunque a mí me sigue pareciendo que el disparate es una manera muy fértil de acercarse a los acontecimientos bélicos). La seducción no es una novela de humor, pero sí hay bastante humor en ella, supongo que porque la diferencia entre lo que es Ariel y lo que pretende ser lo vuelve –como nos vuelve a todos cuando se nos mira de cerca- algo ridículo.

— Usted siempre ha dicho que la percepción social de la realidad es lo primero que predomina en las novelas. ¿Podría abundar en ello?

— No sé si predomina, pero sí es un elemento presente. No de forma deliberada: no me siento a escribir novela social, ni siquiera pretendo hablar de un tema. Parto más bien de intuiciones, de pequeñas escenas que voy desarrollando. Lo que sucede es que como no soy capaz de imaginar personajes fuera de un contexto, al final la sociedad en la que viven y sus fracturas y tensiones acaban desempeñando algún papel. Aunque no se descubra de inmediato, también en La seducción hay todo un contexto sociopolítico que envuelve esos acontecimientos que podrían parecer exclusivamente privados.

Ovejerolibro

Portada de la novela ‘La Seducción’. / Galaxia Gutenberg

— ¿Cree, entonces, que la ficción pura sería una especie de trampantojo en busca de su Freud, que les descubriera su propia opacidad?

— Yo creo que la ficción pura no existe. Es un objetivo tan fuera del alcance del escritor como el realismo. Suelo decir que la ficción, pongamos por ejemplo la novela, es como una representación teatral: sabemos que lo que sucede sobre el escenario sólo es verdad sobre el escenario, no muestra el mundo fuera de la ficción; pero la representación nos pone en contacto con ese mundo: con nuestros deseos y nuestros miedos, con nuestras relaciones sentimentales y sociales; también con otras lecturas y otros instantes en los que hemos disfrutado estar en la sala a oscuras, solos con nuestras fantasías.

— Su anterior novela, Los ángeles feroces, era una distopía un tanto terrible… Hay una notable diferencia con La seducción ¿Se sintió escribiendo ésta más relajado? lo digo por el sentido del humor que es aquí esencial…

— Los ángeles feroces es una novela muy seria, quizá la novela mía en la que el humor está más ausente. Creo que, de la misma manera que cada novela me exige un estilo diferente, también exige que abandone hábitos y habilidades desplegados en otras historias que he escrito. La escritura de Los ángeles feroces fue muy tensa porque me sentía constantemente al borde del fracaso, de la incapacidad de contar esa historia. Escribir La seducción fue más sencillo; una vez que encontré la voz del narrador, y que se fue imponiendo su carácter entre desmesurado y cínico, me empecé a divertir con el juego que se perfilaba, juego que, en cierto sentido, implica al lector, que debe ir siendo seducido como Ariel… En esta novela hay un componente lúdico que había también en La invención del amor y eso ha convertido su escritura en un trabajo no diré fácil, pero sí menos tenso.

— Usted ha tocado prácticamente todos los géneros, poesía, narrativa, ensayo, teatro… sigue la tónica de los escritores de antaño, mucho más versátiles… Creo, además, que su próximo libro es un poemario…

— Tengo dos libros terminados, un libro de cuentos y un poemario, o sea que sí, sigo saltando de un género a otro. Hace poco me pedían un breve artículo en Todoliteratura precisamente para explicar esos saltos de género. Resumiendo lo que allí decía, cada género me permite acercarme de manera distinta a los dos aspectos que me interesan de la literatura: el juego expresivo (encontrar las maneras de decir) y la relación con la realidad que rodea a ese juego expresivo –y de la que es parte-. Cada género es una forma de establecer esas relaciones, de resituar la manera de contar, de jugar, de investigar, de agotar en la medida de lo posible todas las posibilidades expresivas.

— Usted se ha referido muchas veces en que hay un nuevo tipo de lector. Háganos un dibujo aproximado del mismo.

— Le confieso que no recuerdo en qué contexto he hecho esa afirmación; o quizá la he hecho y entretanto no estoy de acuerdo conmigo mismo –sucede a veces, que respondemos en entrevistas aparentando seguridad, pero al poco esa seguridad se desvanece-. Ni siquiera estoy seguro de cómo es el lector contemporáneo comparado con el del pasado; lo que parece obvio, que es más disperso, menos capaz de concentrarse en libros complejos, quizá sea sólo una de esas opiniones fáciles de aceptar porque refleja los prejuicios de la época.

— Desde aquella Añoranza del héroe, 1997, han pasado algunos años. ¿Qué le sugiere aquel Ovejero que se estrenó, y nada mal, por cierto?

— Gracias. Añoranza del héroe es una novela a la que tengo afecto porque creo que fue mi primera novela lograda (detrás hay otras dos destruidas, y una que escribí antes, y se publicó después, Huir de Palermo, muy inferior). A aquel Ovejero le reprocharía cierta ingenuidad, y le alabaría su ambición creativa, su deseo de ir rompiendo sus límites.

— Pregunta tópica pero obligada porque creo que puede interesar a los lectores. Su opinión sobre la literatura española de hoy día la de los más jóvenes… parecería más tradicional de lo que cabría prever.

“Procuro leer a autores más jóvenes que yo, porque toda generación tiende a anquilosarse en sus resabios y sus rutinas”

— Me deja algo sorprendido esta valoración y me obliga a hacer un repaso mental de mis posibles prejuicios… Pero yo creo que hay un malentendido. Ariel, el protagonista y narrador, es muy crítico con la literatura de los más jóvenes, aborrece la posmodernidad… pero eso es lo que encaja con el personaje. Yo no estoy necesariamente de acuerdo con él. De hecho, procuro leer a autores más jóvenes que yo, porque toda generación tiende a anquilosarse en sus resabios, sus rutinas, en poéticas compartidas que entiende como superación de los errores del pasado…

Cada generación tiene sus iconos, e intenta levantarlos sobre las ruinas de los de la generación anterior, también porque es una forma de ganar notoriedad, o, como diría Ariel, de expulsar del ring a los púgiles más viejos y adueñarse de la lona. También los escritores que hoy son jóvenes verán que todo eso que les parecía moderno y rompedor es mirado por sus hijos como antiguallas inútiles. Yo tengo una concepción muy utilitaria de las poéticas: son herramientas para llegar a algún sitio, no son dogmas, y además son herramientas limitadas; a veces es necesario comprobar si no necesitas vaciar la caja de las más desgastadas y emplear nuevas.

— Por último, me gustaría que se explayara sobre el género de la literatura de viajes, que usted frecuenta. ¿Cómo ve la cosa entre nosotros? ¿siguen los anglosajones siendo los dueños absolutos del género?

— Ésta es una pregunta difícil. Durante los últimos años he ido abandonando la literatura de viajes. El único libro de viajes que he publicado desde China para hipocondríacos (¡que salió en 1998!) ha sido una recopilación de columnas y crónicas. Así que aunque durante un tiempo me interesó el género, no podría decir que hoy estoy suficientemente informado como para opinar. Sí he visto libros de viajes muy interesantes escritos en español, como algunos de Gabi Martínez o de Ana Briongos. Y América, de Manuel Vilas, es también un buen libro de viajes, aunque él no sea un autor que frecuente ese género.

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