Marx, profeta judío de la revolución

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Indalecio Prieto, jefe del ala liberal del PSOE durante la Segunda República, no se andaba con melindres en su enfrentamiento con los marxistas de su propio partido, ya se tratara de los “largocaballeristas” de la UGT o de los partidarios del “marxismo austriaco” dirigidos por Julián Besteiro. En sus disputas con los izquierdistas, “Don Inda” descendió muchas veces al insulto personal y en cierta ocasión se refirió a Carlos Marx como “ese judío apestoso que tenía ladillas hasta en la barba”. Marx y Prieto compartían el mismo carácter exuberante (el primero centrado en la revolución comunista, mientras que la libido del asturiano criado en Bilbao le tenía más cariño a las reformas y no le hacía ascos al mercado como institución de regulación económica), pero el fundador del socialismo moderno jamás habría podido reconocerse en el espejo antisemita que le mostraba el que fue director de El Liberal bilbaíno. En primer lugar porque Marx había abandonado este mundo un día del año ya entonces lejano de 1883, pero sobre todo porque el filósofo de Tréveris nunca se consideró judío y, por si ello no bastara, también despreciaba la religión y la cultura de sus antepasados.   

Sabemos muy poco del Marx niño y adolescente para juzgar sus años formativos, la educación que recibió en casa y su ambiente familiar. ¿Qué mitos, ideas o creencias le transmitieron sus padres? ¿Cuál fue la materia prima que condicionó su estructura mental, su ADN psicológico para caminar después por la vida? Apenas sabemos nada, aparte del hecho de que su padre, Herschel Levi, abogado de profesión, abrazó el luteranismo en 1817, un año antes del nacimiento de su primer hijo varón, Karl Heinrich. En 1816, como consecuencia de las primeras leyes antisemitas prusianas, el respetable burgués Herschel había perdido sus discretos medios de fortuna y, quizás por razones pragmáticas, ya había permutado también su nombre por el más germánico de Heinrich, que igualmente puso después como segundo nombre de pila a Karl cuando nació en 1818. Y no sólo eso, ya que Herschel igualmente modificó su apellido por el luego sublime de Marx, que -y no parece casualidad- había sido el nombre del abuelo del futuro fundador del “socialismo científico”.  El abuelo Marx, como también su padre y sus hermanos, había ejercido de rabino en Renania, donde, como todas las generaciones de los Levi, vivió encerrado en el “ghetto”, envuelto por la animosidad siempre renovada de sus vecinos cristianos. Carlos Marx, por el contrario,  representó la ruptura radical con el pasado familiar, fue educado en el protestantismo liberal y muy pronto se hizo ateo militante. Su repugnancia juvenil hacia todas las creencias religiosas, dirigida aún con superior intensidad hacia la fe judía de sus mayores, le acompañaría durante sus poco más de sesenta años de vida y ya en uno de sus primeros libros –“La cuestión judía”- ridiculizó su cultura ancestral al decir que el logro más importante de los hebreos no era el Talmud, sino la invención de la letra de cambio. 

Sin embargo, el marxismo de Marx, a mi parecer, es muy fecundo a lo largo de su desarrollo en mitos de estirpe judía. Desde la reverberación de sus antecedentes históricos hasta el vaticinio de su triunfo final, la escatología marxiana es tan pródiga en conceptos pertenecientes a la tradición judía que en ellos se pueden rastrear las huellas de la coherencia interna del propio socialismo “científico”. Derrida y demás “deconstructores” probablemente dirían que aquellos denotan el rastro inadvertido de la idea de misión de un Marx quizás externa y superficialmente enjuiciado por la aparición novedosa de su gran invento doctrinal, el “materialismo dialéctico”. Fue este último, sin enmienda posible, el éxito intelectual y movilizador de las masas populares del Marx hegeliano frente a la sombra que pasa entre las ruinas de sus antepasados con la túnica andrajosa del Marx profético. Sin embargo, Marx necesita el péndulo del hipnotizador para descubrir su verdad más oculta y no veo razón alguna para que los amigos de cuartopoder no ensayemos una terapia retrospectiva para descubrir al Bautista solapado y quizás mal entendido de la Revolución. El madrileño Manzanares no es menor río que el Jordán.

Comencemos por el pecado original. En el Manifiesto Comunista, Marx y su amigo Engels (igualmente judío), entonaron su oda fúnebre a la puesta de sol del feudalismo, como fase de la Historia europea estructuralmente injusta pero en el fondo venerable según los dos conmilitones del progreso imparable del “espíritu hecho materia” en el proceso social, pues ambos enaltecen la humanidad del antiguo artesano y la inconsciencia de su ánimo de lucro al desprenderse de la obra hecha por sus propias manos. El hombre feudal no sólo carece del “fetichismo de la mercancía” creado por el capitalismo y desenmascarado por los marxistas. También la certeza de las relaciones mantenidas por el hombre precapitalista con sus semejantes, la confianza mutua, incluso dentro del sometimiento y la dependencia de alguna manera bilateral entre las castas feudales (pues el señor jura por su honor proteger a sus siervos), son síntomas de la nostalgia marxista por un mundo irreversiblemente perdido y transportado al infierno de la ambición.

El marxismo es la mitificación de un edén desde luego distinto al de la “Edad de oro” imaginada por el socialismo utópico del que Marx se mofaba, pero es un paraíso igualmente corrompido por la propiedad privada, por el ídolo del Becerro de Oro mosaico al descenso del Monte Sinaí, por la sed de dinero y beneficios ilimitados de los capitalistas financieros y los patronos industriales. Perdida la inocencia y expulsados de cualquier tierra de certidumbre, los obreros – como los israelitas que huyen del Faraón- recorren el desierto, sin agua y cabizbajos (y hartos de codornices), hasta que la entrega divina de El Libro – ¿“El Capital”?- les anuncia la promesa inderogable de la redención, la salvación no individual sino colectiva que la mirada marxiana ya vislumbra, entre las brumas y los estertores de la violencia social, bajo el resplandor futuro de la “Tierra Prometida” que les liberará definitivamente del dominio histórico y de la presencia invisible del “Mal” omnipresente que se ha extendido por el mundo. La llamada de la Revolución victoriosa es irresistible para el proletariado y en su nombre Azrael, el Ángel de la Muerte, derrota a los Príncipes de los Infiernos.  

La lucha de clases vencerá en el Armaggedón del fin de la Historia (absténgase, por favor, los aficionados japoneses) al son ronco del ·shofar”, que será la epifanía y la señal del triunfo apoteósico que se logrará por el esfuerzo heroico de ese Mesías colectivo y oculto que anima sin espiritualizarla a la misma clase obrera que, invocando siempre a un salvador, ha encontrado por fin su papel de protagonista al traspasar sin camino de retorno la gran farsa humana que es el capitalismo. La última visión del Manifiesto Comunista, la del tiempo mesiánico en la que cada uno dará según sus posibilidades y recibirá de acuerdo con sus necesidades, está calcada de Isaías: cuando llegue la paz al mundo pacerán juntos en el valle el león y el cordero. La victoria del proletariado dará paso a una sociedad sin clases, al “tikkun” mesiánico de la armonía primigenia devuelta al mundo. Consumándose la profecía del libro del Eclesiastés porque, llegados al término de la Historia humana, “Dios restaura lo que pasó”.

La Tierra está yerma por los robos de los poderosos y la debilidad de millones de seres indefensos. Y Messi sólo juega los fines de semana. Necesitamos otro relato. Marx es un personaje en busca de autor. Marx necesita un filólogo social que le apriete las tuercas con la teoría del “giro lingüístico”. Necesitamos una ilusión colectiva que no pague precio a la violencia. El Marx conocido no creía en el poder de las ideas, pero fueron éstas, y no ningún vaticinio histórico, siempre desmentido, las que removieron las conciencias. ¿No puede indagar nuestra conciencia moral en la realidad oculta de un Marx revolucionario y pacífico?  

2 Comments
  1. Jorge Parrondo says

    El marxismo se erige en el final de la historia y por eso es un fundamentalismo, como lo es el capitalismo salvaje. El igualitarismo radical comunista es una propuesta extremista, lo mismo que el sistema de desigualdad ilimitada que propone el neoliberalismo. Los ideólogos de terceras vías, caminos del medio, socialdemocracias y keynesianismos, podrán estar más o menos acertados, pero nunca han dicho: esto es el final de la historia, sino esto es lo mejor que podemos hacer para reformar el sistema y para avanzar hacia una sociedad más justa y equitativa. Yo creo que lo más sensato sería situarse justo en el medio entre capitalismo y comunismo, pero claro, el problema es que hay muchos caminos del medio.
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  2. coordinador says

    La alta filosofia (del ultimo parrafo) mezclada con el futbol es dificil de comprender.
    Estoy de acuerdo con Parrondo en su comentario sobre los extremos, sin olvidar que las ideas de Marx fueron apropiadas por Lenin y Stalin que a todas luces impidieron que evolucionaran como lo fue haciendo el Capitalismo de Adams Smith….
    Desde luego, negar que a mediados del siglo XIX quien no fuera de la clase alta no seria marxista es dificil….
    Solo habia 2 opciones.
    Vivir para trabajar 18 horas al dia por un plato de sopa y una esquina llena de ratas para dormir (y todo con 12 años o menos)
    O ser quien daba el plato de sopa y la esquina….mientras en la mansion vivias como un rey….
    Yo, padre, hubiera sido marxista sin duda, como cualquier padre de hoy en dia.
    Es casi imposible juzgar aquellos tiempos desde nuestra vision de hoy. Deberiamos librarnos de nuestro etnocentrismo para ello y eso es algo dificil, incluso para los profesionales.

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