Los jueces buenos de Cataluña

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El artículo 3 del vigente Estatuto de Autonomía de Cataluña (Ley Orgánica 6/2006, de 19 de junio) dice que las relaciones de Cataluña con el Estado se fundamentan en el principio de lealtad institucional porque “la Generalitat es Estado”. En su consecuencia, el artículo 67 del Estatut, al regular la situación jurídico-política del Presidente de la Generalitat, le confiere y reconoce el ejercicio de “la representación ordinaria del Estado en Cataluña”. De esta forma, la  ley máxima y fundamental del autogobierno catalán ha recibido en su seno los poderes que la Constitución, en su artículo 152, otorga al Presidente de cada Comunidad Autónoma.

Parece, a la vista de lo anterior, que don José Montilla, como Presidente de la Generalitat, es todo un experto en el arte de ser Estado yendo contra el propio Estado que encarna y representa, y un avezado profesional en la conducta de exigir urbi et orbi la intangibilidad de una norma –el Estatut- que él mismo viola sin solución de continuidad. Sus reiteradas advertencias y coacciones al Gobierno central para que haga lo que sea para su causa y al Tribunal Constitucional para que no borre una sola coma del Estatut demuestran su pasión por la ortografía jurídica, pero no le revelan como un dechado de espíritu democrático. Sus exigencias al Gobierno para que promueva, de cara a sus intereses partidistas, un cambio inmediato en la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, y su apelación a dicho Tribunal, en forma de ultimátum, a que se reconozca incompetente para dictar sentencia en los recursos interpuestos contra la carta autonómica catalana, no son propias de “un hombre de Estado”. La Constitución y el Estatuto dotan a la persona investida con la mayor magistratura catalana de un patrimonio jurídico cuyos derechos son el reverso de sus obligaciones. El titular del cargo no puede aceptar aquellos y repudiar al mismo tiempo sus deberes institucionales. 

No sé si Cataluña es una nación o no. Para mí, Cataluña es algo mucho mejor y más estimable. El antiguo Principado es un gran país. Con sus claroscuros, como todos los países. Pero con la luz del viejo Mediterráneo que impregna el seny de sus habitantes, un valor aristocrático que sólo puede conseguir un pueblo de gran tradición y cultura. Pero el Gobierno de la Generalitat, tenga razón o carezca de ella en cuanto a sus pretensiones estatutarias de fondo, lo que no está haciendo es respetar las reglas que aseguran el funcionamiento de las instituciones del Estado al que representa. Montilla, siento decirlo, es el contrapunto del seny catalán y, pese a su aire pausado e imperturbable de esfinge, manifiesta el defecto nada halagüeño de la rauxa.

No es bueno para nadie que la magistratura superior de Cataluña esté presidida (y acompañada) por la exaltación y el arrebato. Y, además, que no respete la tradición más honorable de la tierra. Los catalanes son herederos de una de las escuelas jurídicas más eminentes de Europa, cuyo nacimiento data de los albores de la Edad Media. Nombres de jueces tan ilustres como los de Oruç, Ervigi Marc y su hijo Bofill Marc (el más grande de todos ellos), que vivieron y trabajaron a caballo entre los siglos X y XI, son la marca y la impronta de un Derecho autóctono que, pocos años después, dio paso a la célebre compilación de los Usatges de Barcelona, expresión máxima del talento de los catalanes para la convivencia y el sentido común a la hora de resolver los conflictos personales y sociales.    

Obviamente, los citados no formaban parte de un poder judicial independiente. Eran juristas palatinos que ejercían la jurisdicción condal en nombre del señor de la tierra, pero precisamente por ello resaltan más su humanidad, su tolerancia y hasta el sentido del humor que exhibían, como cuando aprovechan sus sentencias para...pedir un aumento del pan o del vino y de otros pagos es especie con los que les remuneraba el señor conde o el obispo de la diócesis. El más asombroso de todos me parece Bonsom, cuyo nombre –el latino Bonushomo catalanizado- lo dice todo de su figura legendaria para los historiadores del Derecho. Este juez benigno y conciliador –non insuavis iudex, se dijo de él en su propia época- puede emocionar incluso al lector actual de sus laudos y resoluciones por su humildad y falta de soberbia. En una de sus sentencias llega a decir que “...las posibles incorrecciones de este documento son debidas al sueño que me domina”. La personalidad de Bonsom nunca inspirará a un juez-estrella.

El contraste de los tiempos a veces resulta patético. Y a menudo demuestra que la sabiduría y el buen juicio carecen de valor acumulativo. Si no se cultivan, se van por el desagüe de la rudeza humana y no tienen continuidad histórica. Comparados con sus antecesores, el desabrimiento de Montilla y sus aliados no hace honor a la gran tradición de la que proceden y que tanto nos ha enseñado a los foráneos. Como no hace falta ser obsceno, diré que en esta ocasión Montilla ha pegado un sublime petardazo. Ojalá recupere la cordura.

2 Comments
  1. antonio says

    A Montilla no le han dejado otra salida que esta. Es un cachondeo lo del Estatut en el Constitucional. Tal como está, habría que suspenderlo. Es impresentable que se hable de magistrados «conservadores» o «progresistas» como si fuera un partido de fútbol. Y es inaceptable que se posponga la renovación de cargos hasta que cambien las mayorias en las cámaras como hace el PP. Es un uso perverso, aprovechar los «agujeros» de la ley. Debemos defender el derecho de los ciudadanos a pegarle fuego a las instituciones cuando han dejado de ser democráticas. Salud.

  2. celine says

    A mí, lo de «pegarle fuego» no me gusta ni como metáfora, antonio. Mejor no mentar al diablo.

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