Ajustes sin fin ante el G-20 (I)

El presidente ruso, Mebvedev, y el de EEUU, Obama, que mañana serán protagonistas en el G-20, durante la comida de trabajo que tuvieron ayer en la Ray's Hell Burger de Arlington. / Pete Souza (Casa Blanca)

Tres años llevamos de ajustes a la crisis financiera y nos quedan por lo menos otros cuatro, en virtud de la experiencia histórica. La duración y la intensidad de los sacrificios, además de su resultado y sentido, dependerá de la partida que libran actualmente mercados y estados. Mañana y pasado, la cumbre del G-20 escenificará en Toronto otro episodio de ese juego, configurador de nuestro futuro económico. De momento, ni las instituciones internacionales, ni las europeas, ni mucho menos las españolas, han estado a la altura de los desafíos.

La mejor prueba es que el crédito no ha llegado, pese a los sucesivos y variopintos rescates; es más, al terminar este curso escolar, su situación es todavía peor que cuando empezó. Tampoco nadie sensato espera que recupere en los próximos años su función de lubricar normalmente la economía, de intermediar entre el ahorro y la inversión. Un año después de evitar que la recesión se convirtiera en depresión, así como de iniciarse la recuperación de la actividad, lo que se anuncia o cabe temer por casi todas partes son ajustes y más ajustes, presentes o futuros. Todos ellos pasarán por la austeridad de familias, empresas y sus administraciones públicas. Ahora el tema estrella del encuentro que tendrán el 26 y 27 de junio los líderes de las 20 mayores economías mundiales se resume en qué tipo de austeridad amenaza menos dicha recuperación. Hablarán más de eso que de la tímida agenda de reformas financieras iniciada en anteriores cumbres; todo parece indicar que quedarán otra vez sobre la mesa las normas de regulación, impuestos y mayor control a las transacciones y los derivados financieros, paraísos fiscales, aumento de sus recursos propios, normas de contabilidad, vigilancia de las agencias calificadoras, etc. Desde luego, tampoco se hablará de la penalización global de sus causas, y menos todavía de los ajustes requeridos por esa corrupción.

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Una primera lectura es que esta cuarta cumbre en tres años del poder económico y político mundial tendrá una agenda marcada nuevamente por los llamados mercados financieros; es decir, por el poder de sus principales agentes, que en gran parte se expresa en su capacidad de marcar dicha agenda. Con la colaboración de casi todos, primero llevaron a los países más desarrollados a tasas de endeudamiento o apalancamiento nunca vistas en la historia. Luego empezaron los mayores bancos a no fiarse ni siquiera entre ellos y a cortar el crédito, dejando la economía seca, con las consiguientes fuertes caídas en la producción, el comercio y el empleo. Después sacaron a los poderes públicos ayudas para ellos y para una economía en plena caída. Frente al consiguiente aumento de los déficit y deudas públicas, hace meses desencadenaron una crisis de la deuda pública en los países europeos más vulnerables, forzando la austeridad fiscal y las otras que vienen tras ella. Y ahora que la agenda global de reformas financieras sigue su trámite nacional por falta de gobierno mundial, el principal debate económico y político es sobre cómo afrontar mejor la austeridad inevitable que viene.

Aunque en la respuesta a esta pregunta hay claras diferencias entre los EEUU, la UE y los otros 18 países que representarán la otra mitad de la economía en esta cumbre, antes de analizar sus consecuencias diré que del resultado dependerá nuevamente tanto la producción de renta como su distribución en los próximos años. Encadenada a la anterior premisa sobre la fijación de la agenda, esto significa que la banca y los mercados financieros no solo influirán decisivamente en las otras dos funciones que les atribuye la teoría hoy dominante: los controles de las "eficiencias" técnicas y asignativas de los recursos económicos. Su dejación de las mismas durante estos tres años de restricciones crediticias significan que últimamente esos relevantes agentes globales se centran también, aunque fundamentalmente, en su nuevo papel distributivo de las rentas o, si se quiere, redistributivo, como espero cuantificar algún día si alguien no nos hace el favor de anticiparse a partir de la idea de la privatización encubierta de la corrupción privatizada y de las sugerencias de "keynesianismo verde" incluidas en el ultimo libro de Susan George, fundadora de la Asociación para la Tasación de las Transacciones Financieras y la Acción Ciudadana (ATTAC). En ello los mercados compiten creciente y abusivamente con los estados, sin encontrar respuesta adecuada de estos, en buena parte porque interfieren igualmente en el control de los mecanismos de formación de los consensos políticos, con las consiguientes pérdidas de la cantidad y calidad de la democracia.

Una tercera lectura personal de la actualidad indica que tal dejación de funciones para invadir otras impropias carece incluso de justificación teórica en la literatura académica al uso, excesivamente ideologizada y poco contrastada empíricamente incluso desde sus hipótesis básicas: eficiencia de los mercados, racionalidad de los agentes, e igualitaria o al menos equilibrada formación de los precios. Esas hipótesis predicen e intentan justificarse en que, si mejora la información, los precios deberían ser menos volátiles respecto a los valores. Pero lo cierto es que actualmente resultan más volátiles en los mercados del dinero, aunque los índices recientes no hayan alcanzado sus niveles de finales del 2008. De paso, también están provocando mucha más volatilidad que antes en los mercados de bienes y servicios reales, sobre todo en los de materias primas y alimentarias, como demostraron sus fuertes subidas del 2007 y 2008, acarreadas por la búsqueda de nuevos horizontes especulativos ante la crisis inicial en los mercados del dinero, y ahora solo agazapadas a la espera de que la recuperación eleve la demanda de las mismas. El problema es la tecnología y los capitales financieros han incrementado el poder de la información y sus asimetrías, sin que los estados tampoco hayan regulado con eficiencia el cómo evitar esos fallos del mercado, sino todo lo contrario, al hacer todavía mayor dejación de sus funciones durante la actual globalización. Aunque algo haya avanzado el remedio de la transparencia, del que acaba de ofrecer un ejemplo la CNMV española al anunciar que a partir de 28 de junio publicará las posiciones bajistas, por las que hemos sabido que el Deusche Bank apostaba 1.100 millones de euros contra la deuda española el pasado 15 de junio, esas prácticas ha generado grandes fortunas privadas y gran inestabilidad pública.

Las tres teorías que tras la II Guerra Mundial prometían una mejor comprensión de las finanzas (teorías de carteras y valoración de activos, la de opciones  y la de Miller y Modigliani sobre las estructuras de pasivo y dividendos) siguen siendo dominantes frente a toda evidencia. Las arropa otra ley del poder, consistente en que la ciencia impera donde la economía florece y se lo permite, al menos hasta que su fracaso se hace estruendoso. Eso le ocurrió  al fondo de cobertura Long Term Capital Market (LTCM), confiado a Merton y Scholes, laureados con el premio Nobel por su modelo de gestión de riesgos, según el cual el riesgo de pérdida máxima de un día sería de 35 millones, cuando el 21 de agosto de 1998 perdió 553 millones. Ese hedge fund de 125.000 millones de dólares, tan sofisticado como apalancado, no pudo soportar la suspensión de pagos de la deuda soberana rusa, en pleno vendaval de la crisis financiera asiática, tras lo cual uno de sus fundadores provocó otra quiebra similar y la intervención de JP Morgan para rescatar a Bear Stearns utilizando dinero prestado de la Reserva Federal. Y lo cierto es que los sofisticados modelos matemáticos de gestión de riesgos, cuya probabilidad de debacle es de uno entre miles de años, provocan cada vez con más frecuencia caídas históricas como la ocurrida el jueves 6 de mayo pasado, atribuida en principio a un error humano. Y es que, como dice el también premio Nobel Josep Stiglitz, el fundamentalismo de mercado neoliberal siempre ha sido una doctrina política que sirve a determinados intereses no respaldados por la teoría económica, aunque campen por sus fueros libremente para cometer tan frecuentes desafueros. De alimentar ese sesgo se ocupan los lobbys y tanques de ideas debidamente engrasados por esos poderes económicos, cuando no directamente por los propios bancos.

Estos apoyos ideológicos se dan a diestra y siniestra, aunque en el proceso que nos ocupa han resultado mucho más escandalosos los primeros, al soslayar las responsabilidades en esta crisis financiera de su querida desregulación, devenida realmente en autorregulación, y centrarse en criticar los estímulos fiscales y monetarios acordados por los gobiernos para evitar la depresión, coordinados o bendecidos por el G-20 en la segunda de sus cuatro cumbres desde finales del 2008, la de abril del 2009, en Londres. Entre sus excesos figuran las críticas al supuesto keynesianismo de esas medidas, cuando lo cierto es que la inmensa mayoría de tales estímulos han estado lejos de tales etiquetas, al dirigirse sobre todo a evitar la quiebra de una economía financiera enormemente sobredimensionada respecto a los años de Keynes y no directamente a la economía real que él intentaba sostener.

La desmesura de los primeros se ha prolongado no sólo durante los primeros meses de la crisis de la deuda en Europa, donde se comportaron como si tuvieran la consigna de lo que Miguel Boyer llamó ganar dinero apostando al desastre, sino también en las ultimas semanas de preparativos de esta cumbre del G-20, a través de los mensajes proclamados por los grandes agentes de los mercados en los medios de comunicación. Entre esas múltiples declaraciones causa perplejidad la recomendación al G-20 de que la clave de la estrategia adecuada radica en la reducción del gasto público recomendada por economistas que hace apenas un año culpaban de la crisis al ahorro asiático, como Broadbent y Daly, de Goldman Sachs, una de las entidades acusadas de apostar al desastre contra sus propios clientes y cuyo presidente Lloyd Blankfein ha tenido la jeta, tras comparecer ante la comisión parlamentaria norteamericana que investiga las prácticas irregulares de su entidad, de insistir para justificar las elevadas remuneraciones propias y de sus directivos en que los bancos sirven a un propósito social y están haciendo el "trabajo de Dios". Lejos de tener consecuencias por ahora sus apuestas bajistas, ha sido una de las entidades más influyentes en la presión norteamericana para que China empiece a apreciar su divisa, al menos como gesto ante este G-20. Al mismo tiempo, también ha sacado un estudio de 44 grandes ajustes fiscales en 24 economías avanzadas desde 1975 con el propósito de convencer a los gobiernos europeos y al de EEUU de que la reducción de los gastos públicos en 1 punto del PIB al año impulsó el crecimiento promedio anual de 0,6 puntos y elevó por ello la recaudación fiscal en un promedio de 0,9 puntos.

Igualmente, George Soros, presentado en la poderosa prensa anglosajona como el hombre que ganó a principios de los noventa más de 1.000 millones apostando contra la libra y otras divisas continentales cuando se preparaba la Unión Monetaria previa al euro, hoy dice no compartir esa línea europea de que las reducciones del gasto público son más efectivas a la hora de frenar el déficit y la deuda que los aumentos en impuestos, aunque estos días siembra en sus declaraciones periodísticas la desconfianza en la banca europea mientras gestiona un fondo de 25.000 millones de dólares. El gestor del Soros, Fund Management LLC, ha encajado el anuncio de la publicación en julio de las pruebas de solvencia de los 25 mayores bancos europeos diciendo que la crisis actual sigue siendo bancaria y el problema está en los bancos pequeños, como las cajas de ahorros españolas y los Landesbanken alemanes. Por tanto, habrá que ver dónde termina el logro de Zapatero ante el último Consejo Europeo, una vez que se publiquen los resultados y que la solvencia del Santander y del BBVA suscite celos por doquier.

Entre las posiciones de Obama en defensa de mantener los estímulos para no descarrilar la todavía débil recuperación lograda desde la cumbre de Londres y las europeas en favor de los compromisos de austeridad reafirmados en el último Consejo Europeo para defender el euro, el británico David Cameron y el japonés Naoto Kan apostarán por una austeridad fiscal compatible con la prosperidad económica, línea ya valorada por Bloomberg con un "la historia sugiere que pueden tener razón", cuando el nuevo líder conservador acaba de anunciar el mayor programa de ajuste de las dos ultimas generaciones, incluidas las dos décadas en que el Reino Unido estuvo pagando la deuda acumulada en la II Guerra Mundial. Pese a las llamadas y cartas del presidente de los EEUU a otros líderes del G-20, en la reunión preparatoria que mantuvieron el 5 de junio en Corea del Sur los ministros de Finanzas descartaron el compromiso de mantener la inyección de estímulo a sus economías, cifrada en 5 billones de dólares, aunque apostaron por la llamada consolidación presupuestaria acordada en la UE. Pero la carta enviada por Obama el 16 de junio es clara: "Hemos trabajado muy arduamente para restablecer el crecimiento: no podemos dejar que empiece a fallar o a perder fuerza ahora". Los anfitriones canadienses resaltan que para lograr el crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado respaldado en la previa cumbre de Pittsburgh y perseguido con la expansión fiscal de la de Londres, hay que abordar los desequilibrios subyacentes que contribuyeron a la crisis.