Ajustes sin fin ante el G-20 (y II)

Obama bromea con otros líderes políticos tras la foto de familia de los miembros del G-8. / Pete Souza (Casa Blanca)

El G-20, tras la carta enviada por Barak Obama a sus miembros, busca hoy en Toronto un consenso sobre cómo atenuar la línea de ajustes sin fin impuesta en Europa, además de abordar la agenda de reformas del sector financiero, la reforma de instituciones internacionales como el FMI, que ha comprometido parte de sus recursos en el fondo de rescate europeo de hasta 750.000 millones de euros, y el modo  de evitar el proteccionismo comercial de países como China, cuya competitividad amenaza al empleo de los países más desarrollados antes incluso de contener la tendencia a la apreciación de sus divisas.

Como único embrión de institución global, vuelve a actuar tarde y sin coordinación en el primer y sobrevenido debate. Buscar el acuerdo sobre una austeridad que no haga peligrar la incipiente recuperación cuando la mayoría de Europa ya la ha decidido, en algunos países al dictado de unos mercados así fortalecidos para en un próximo futuro atacar incluso a los EEUU, donde se ultima una reforma financiera que ayudará a evitar al mundo entero males como los iniciados hace tres años. Tarde, porque el problema era entonces y sigue siendo ahora la fuerte deuda total de los países desarrollados (privada y pública), empezando por los propios EEUU, donde supera 4 veces el PIB anual. Mal, porque los primeros ajustes iniciados hace tres años no han servido para mucho; en consecuencia, ahora se harán necesarios otros todavía más dolorosos socialmente y con inciertas perspectivas de encontrar el buen fin por lo menos en otros cuatro años, durante los cuales la experiencia histórica indica que esa austeridad puede generar otra crisis financiera y económica.

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Modelos de respuesta a la crisis financiera

Sin embargo, ahora lo que viene, si el G-20 no lo remedia, y no parece que vaya a hacerlo, es otra fase de esa austeridad, apoyada por el desapalancamiento de los estados, pero también de las empresas y familias. Las empresas han sido las primeras en adaptarse o morir ante este capitalismo de casino, dictando sus propios ajustes ante la nueva coyuntura, y como ha ocurrido en otras crisis ya los beneficios empezaban a asomar tras reducir plantillas y otros costes, esfuerzos que ahora deberán reforzar si flojea nuevamente la demanda. A la vista de los resultados del primer trimestre, el consenso del mercado es que las 500 grandes mundiales del índice S&P elevarán este año sus beneficios cerca del 55%, en tanto que las del IBEX español pueden quedar en una mejora del 20%.

Pese a ello, los bancos siguen dando prioridad a que reduzcan su deuda en vez de facilitarles crédito para alargarla en el tiempo, por lo que los esfuerzos se trasladan en mayor medida a las familias. Éstas se verán afectadas así doblemente, porque además  deberán continuar su propio proceso de reducción de deudas, hasta que bancos y mercados en general se muestren a favor de restablecer la normalidad del crédito y se fíen de ellos. No olvidemos que, tras las degradaciones de la clasificación de la deuda soberana de España por dos de las tres grandes agencias en el ultimo año (la tercera y mas importante, Moodys, se pronunciará en los próximos días) vienen las del resto de las administraciones públicas, las propias entidades financieras y las empresas.

La austeridad no es, por supuesto, la única alternativa, aunque la experiencia histórica, al menos de otras crisis menos globales que la actual, es la que ha llevado a apostar por ella a los principales agentes de los mercados e incluso a las instituciones europeas, sobre todo a los países del euro, que lo vieron en peligro semanas pasadas hasta acordar el fondo de rescate y el refuerzo de su Pacto de Estabilidad, pues es muy probable que los ataques vuelvan a repetirse y ambos mecanismos deban ser activados. Su idea es que la mejor forma de sortear esa vulnerabilidad permanente es ajustarse el cinturón para acelerar la reducción de deudas privadas y públicas, aunque en el caso de estas ultimas se tratará más de un freno en su crecimiento, pues en los países desarrollados del G-20 ya superan el 100% y su tendencia es que alcancen el 120% hacia el 2015 pese al todavía bajo endeudamiento de los emergentes, en este caso tanto público como privado.

Para no apretarse el cinturón e intentar de alguna forma evitar el desapalancamiento (es decir, que el crecimiento del crédito sea menor que el del PIB durante muchos años), lo que puede llevar a la deflación, otra salida frecuente en el medio centenar de crisis financieras nacionales tras la II Guerra Mundial ha sido la de los impagos masivos o reestructuraciones de deuda, que era por lo que apostaban los especuladores durante los últimos meses en el caso de Grecia, Portugal, España y otros países; fue el prototipo de respuesta vivida en los años ochenta en Iberoamérica o en los noventa en Asia, intentando pasar la pelota de la austeridad a los acreedores, lo que generalmente ha terminado por volverse contra los deudores. Un tercer tipo de respuesta a lo largo del medio siglo ha consistido en monetizar la deuda mediante una alta inflación, lo que igualmente al final suele requerir planes de ajuste que llevan a apreturas de cinturón. La cuarta alternativa más utilizada por las crisis del ultimo medio siglo ha sido la de intentar huir hacia adelante, mediante fuertes crecimientos de la deuda que han tenido lugar durante rápidos crecimientos del PIB causados por esfuerzos bélicos, dividendos de paz u otros acontecimientos seguidos por guerras, o un boom del petróleo.

Esos cuatro prototipos del último medio siglo salen de un estudio dirigido por los economistas Rogoff Reinhart, quienes en su libro This Time is Different: Eight Centuries of Finacial Folly estudian más de 200 casos de crisis financieras. Sin embargo, el principal mensaje de ese pormenorizado análisis del medio centenar de crisis financieras de los últimos 50 años, es que la gran mayoría de los 45 episodios exactos de crisis analizadas (entre ellas la española de finales de los años setenta), han sido seguidos de procesos de desapalancamiento que suelen durar hasta 7 años, tienden a reducir las deudas hasta en un 25% del PIB y –lo que es más preocupante– nada menos que 32 episodios han derivado en otras crisis financieras, tanto si la reducción de la deuda se centró en el sector público, en el privado o en ambos simultáneamente. De ahí que este trabajo haya sido utilizado para intentar mediar en el debate sobre la retirada de los estímulos monetarios y fiscales que evitaron que la recesión iniciada tras en el 2007 deviniera en depresión, con el fin de  justificar el hacerlo con cuidado y progresivamente, línea seguida por Barak Obama en su carta a los otros miembros del G-20, convencido por sus asesores de que en la actual globalización existen mecanismos para empalidecer esos ocho siglos de locura financiera, como el de unas finanzas que multiplican por mas de 30 las transacciones reales y han creado inmarcesibles mercados de titulización y derivados que en vez de diversificar el riesgo, asegurar y estabilizar contribuyen a todo lo contrario.

Por tanto, aunque haya un acuerdo en el G-20 que la atenúe, la etapa de austeridad apenas acaba de empezar y durará al menos otros cuatro años si no genera por si misma otra crisis, de lo que han advertido importantes economistas Keynesianos, como Paul Krugman. Frente a ellos, los neoliberales tienden a olvidar que van a cumplirse tres años desde que bancos centrales y gobiernos salieron en auxilio de la liquidez, el crédito y la actividad, y consideran escasos y nada amenazantes de la recuperación los recientes ajustes fiscales decididos en la UE. Es el caso de The Economist, que en la semana previa a que David Cameron anunciara la mayor austeridad pública desde la posguerra (reducir el déficit público en una media de 2 puntos del PIB cada año, para eliminarlo dentro de cinco años) estimaba los cortes de gasto público decididos por la eurozona en una media del 0,2% del PIB para el año 2010 y otro 1% para el 2011. Los mayores han sido los de Grecia (7% y 4%, respectivamente), Irlanda (3% y 2%), Portugal (2,5% y 3,1%) y España (2,5 y 2,9%), aunque junto a esta última el mayor peso en la eurozona lo tendrán los ajustes fiscales de Alemania (un 0,4% incrementado paulatinamente desde el 2011) y Francia (igualmente un 0,6% del PIB desde el año próximo).

El objetivo de ese ahorro público, al igual que los privados de empresas y familias, es reducir deudas para sanear sus economías. Con ello no solo se perderá el efecto de palanca que proporciona la deuda bien invertida. Caerán las demandas de consumo y de inversión en el interior de cada país, aunque no sea tanto como en el 2008 y el 2009. Exportar será la vía más socorrida para crecer, siempre que haya quien compre. El problema es que los EEUU y Japón, los mayores importadores, son también las economías más endeudadas del mundo en términos absolutos y relativos. Si fallan, a China y otros emergentes se les acabará el fuelle.

¿Hemos de olvidarnos, por tanto, de la recuperación mundial iniciada el año pasado y certificada en los últimos meses por el FMI, la OCDE y otros organismos internacionales y nacionales?. Depende, en primer lugar, de la marcha que tenga ese proceso generalizado de reducción de deudas. También influirá notablemente la mayor o menor cooperación internacional, tanto en lo global como en lo europeo. Y digo generalizado porque realmente la austeridad del sector privado, el primer ajuste ante esta crisis, empezó hace casi tres años. Ante la falta de confianza y de crédito, falló conforme avanzaba el 2008 la economía de casi todo el mundo, en sus vertientes de demanda (consumo, inversión y comercio exterior), oferta productiva, rentas y empleo. Cuando empezaban a caer en picado las recaudaciones fiscales, los gobiernos de los países del G-20 hicieron un primer intento al máximo nivel de reformar el sistema financiero, para restaurar el crecimiento contra la pérdida de demanda en la cumbre de Washington , ciudad que había sido cuna de su lanzamiento en 1999 con los ministros de finanzas y los gobernadores de los bancos. El recrudecimiento de la crisis y la sustitución de Bush por Obama generaron expectativas (alimentadas desde Sarkozy Zapatero) de reformar el capitalismo, retórica que desembocó el 2 de abril del 2009 en Londres con un plan global de recuperación que, casi un mes después de que las bolsas y gobiernos incautos anunciaran sus famosos brotes verdes, ya las  extendía los estímulos fiscales y monetarios para fortalecer el sistema financiero y por si acaso reforzar el FMI con 850.000 millones de dólares, de los que saldrán un tercio del fondode rescate europeo en caso de utilizarse. Así, mientras por una u otra vía los bancos recibían ayudas a mansalva y eran nacionalizados, familias y empresas se veían obligados a reducir su endeudamiento con ellos. Por fin empezaba el desapalancamiento; es decir, el ahorro surgido de la austeridad de quienes empezaban a gastar menos de lo que ganaban o perdían ingresos por la caída de actividad (empresas y trabajadores) o simplemente por el aumento del desempleo, que en España casi se ha duplicado, hasta el 20% de la población activa. Ese ajuste del ahorro privado ya fue el año 2009 considerable, sobre todo en países como el nuestro donde el ahorro es fuerte aunque insuficiente para financiar la inversión (de ahí la necesidad de recurrir al endeudamiento exterior) o trabajan mucho y gastan poco (caso de los asiáticos y en parte, más cerca, Alemania).

Austeridad en España

Efectivamente, en España, por ejemplo, ese primer ajuste del ahorro, al que siguen el fiscal, el saneamiento de las cajas de ahorro, la reforma laboral, la de las pensiones, la de la energía, etc.), ha consistido en no gastar mucho más de lo que se produce e ingresa, lo que ha permitido durante el año 2009 reducir las necesidades de financiación de familias, empresas y entidades financieras en el exterior y bajar a la mitad el déficit por cuenta corriente, que era uno de los mas grandes del mundo: desde el 12% del PIB en algunos meses de principios del 2008 llegó a poco más del 4% al terminar el 2009.

Esa atenuación del mayor desequilibrio exterior junto al paro se derivó de que las exportaciones de bienes y servicios crecieron por primera vez desde hace tiempo mucho más que las importaciones, sin lo cual la recesión de la producción y de la renta hubiera sido al menos un tercio más grande. Tal ajuste se reflejó principalmente en el descenso de la inversión en 4,4 puntos del PIB, hasta el 24,4%. Aunque la tasa de ahorro nacional bruto se estabilizó en torno al 20%, esa evolución agregada fue el resultado de un comportamiento muy dispar del sector privado y del sector público. Mejoró considerablemente la posición financiera del sector privado, que pudo atenuar algo su elevado apalancamiento en la deuda como resultado del aumento del ahorro y de la reducción de la inversión: de una necesidad de financiación del conjunto de familias y empresas no financieras del 7% del PIB en 2008, se pasó nada menos que a una capacidad de financiación de casi el 5% del PIB, un cambio de 12 puntos del PIB en un solo año, mientras que las necesidades de financiación de las administraciones públicas aumentaron también en 7 puntos (hasta acumular un déficit del 11,4% del PIB), como dice ultimo informe anual del Banco de España (págs. 133-134). Es decir, sustituimos el elevado apalancamiento privado por un aumento de la deuda pública.

De esta forma, se ha frenado en seco, para dar marcha atrás, el crecimiento basado en la demanda de las familias y financiado con deuda bancaria, que elevó el cociente entre deuda bancaria y renta disponible desde el 50% en 1995 hasta más del 130% al extenderse la crisis a mediados del 2008, para comenzar a disminuir desde entonces.

Habrá más Españas

España ha demostrado que no es Grecia, pero habrá más Españas, porque esto no se acabará ni activando los rescates del fondo europeo de los 750.00 euros. El problema es que la deuda privada y publica de los países desarrollados es enorme, entre 4 y 2 veces su PIB anual. Lo agravan las actuales regulaciones y normas contables. Con ellas, si los inversores o especuladores quieren ganar dinero ahora y no verse pillados después deben estar a la que salta; es decir, intentar otear lo que viene y evitar en el presente cualquier posibilidad de impago futuro. Y lo complica la vulnerabilidad de las coyunturas nacionales de muchos países al ciclo internacional, amenazada por la agresiva competitividad de los costes laborales en los países emergentes y el envejecimiento de la población en una economía global donde lo menos móvil internacionalmente es la fuerza de trabajo.

Para atenuar las enormes consecuencias de que el capital y la tecnología tienden a producir en esos países de nóminas mensuales a 100 dólares donde además se acelera su productividad con la adquisición o generación de tecnologías, EEUU y Europa llevan tres años pidiendo a China depreciar el yuan. Esta ha hecho un gesto a la galería días antes de este G-20 para evitar sanciones comerciales, con una flotación que ha cedido un 2%, cuando se estima que debería apreciarse del 15% al 20% para que no agrave mediante las mayores exportaciones y menores importaciones derivadas de la contención de la divisa por comprar dólares y euros el ajuste del empleo en EEUU y Europa. Por eso en ambos la reducción de empleo está siendo más larga y prolongada que en anteriores crisis, pues lleva tres años y no ha empezado la recuperación del mismo. Y por eso la actividad económica basada en las exportaciones al abandonar la recesión sigue siendo en China próxima al 10% y en otros países emergentes también mayor al 3% de EEUU y al 1% europeo.

Ese desacuerdo sobre cómo reajustar las divisas y las balanzas de pagos, así como la consiguiente disputa sobre el proteccionismo, seguirá sobre la mesa, porque tiene profundas causas estructurales y requerirá ajustes más profundos en los países desarrollados y emergentes del G-20. Pero a largo plazo llevará a la depreciación del dólar y del euro, conformen merman sus imperios frente a los países a desarrollar. Ya entre el año 68 antes de Cristo y el año 260 un denario romano llegó a valer en plata menos de su décima parte, pese a las previas llamadas de Marco Tulio Cicerón a reducir la deuda pública y a que la gente aprendiera a trabajar más y a vivir menos de la asistencia pública, que hoy hacen las delicias de los llamados tanques de ideas neoliberales.

Reforma financiera y otros temas

Pese esa amenaza de retorno a la crisis financiera durante la austeridad que viene, sigue pendiente la reforma financiera global y nada más empezar la reunión los EEUU y Europa descartaban generalizar los impuestos al sector financiero que proponen diversos países y que al final por influencia de la gran banca española no ha secundado Rodríguez Zapatero, pese a que era una propuesta apoyada en España por la Fundación Ideas que él preside y asesoran varios premios Nobel.

Aunque Obama va con los deberes medio hechos dentro de su propio país, los demás países no, por lo que será mas difícil un consenso y las necesarios ajustes globales quedarán otra vez sobre la mesa. Los gobiernos europeos, temerosos de que se reduzca todavía más el crédito a familias y empresas, han sido los más porosos a las presiones de la banca. Pero también la banca de los EEUU ha logrado suavizar algunos puntos, como la prohibición de que las entidades financieras inviertan en fondos de alto riesgo o de que contraten derivados, temas cruciales objeto al final de "concesiones menores", como decía ayer en primera página El País.  El refuerzo de la solvencia y liquidez para reducir el riesgo y el carácter procíclico y amplificador del ciclo  de la banca mediante más recursos propios quedarán como  esperábamos para que la próxima cumbre del G-20 las empiece a generar hacia el 2012.

Canadá y España se ofrecerán como un ejemplo. Los bancos de Canadá son considerados de los más sólidos del mundo, por lo que los líderes del país defienden que el sector debe ser objeto de revisión internacional con el fin de aumentar la transparencia y reducir los riesgos de contagio a  economía mundial, mediante la regulación y la mejor coordinación de los reguladores. Igualmente, tiene previsto tratar sobre la reforma de las instituciones internacionales, para convertir al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y los bancos multilaterales de desarrollo en verdaderos pilares del crecimiento y la estabilidad mundiales, mejorando en ellos la voz y la representación de los mercados emergentes y las economías en desarrollo, a fin de aumentar su legitimidad, credibilidad y eficacia. Otros asuntos son el comercio mundial y las formas de evitar el proteccionismo.

El objetivo fundacional del G-20, creado en Washington el año 1999, es abordar problemas de la globalización económica con el fin de lograr un crecimiento estable y sostenible. Por ello añadió a la búsqueda del puro crecimiento la desigualdad, seguridad y políticas públicas, según el llamado Consenso de Montreal del año 2000, aunque de paso el año siguiente (tras el 11-S) entró en la financiación del terrorismo internacional durante la reunión de Ottawa, nuevamente en el mismo Canadá que ahora actúa de anfitrión. Desde entonces se reunían cada año en octubre o noviembre los ministros de Finanzas y los gobernadores de los bancos centrales, planteando temas para la integración económica y financiera (caso de la India en el 2003) y que a veces alternaban el crecimiento sostenido y la reforma de las organizaciones internacionales creadas en Bretton Woods con la defensa de la desregulación financiera (tres asuntos del 2005), o repasaban las medidas contra la financiación del terrorismo y la convergencia en las valoraciones para la estabilidad financiera ya  a finales del 2007, cuando se extendió la desconfianza internacional sobre la burbuja financiera a raíz de la crisis de las hipotecas subprime.
Previamente a la cumbre del sábado y domingo, el viernes se reunió el G-8 del que surgió esa ampliación a los países emergentes y a los temas económicos en el marco de las instituciones de Bretton Woods. Ese es un foro político G-7, y aunque data de la crisis de los años setenta, ahora se centra en los grandes temas de cooperación internacional, como los objetivos del milenio, el terrorismo, la piratería en las rutas marinas estratégicas, el cambo climático y, como concesión a los anfitriones, problemas de la mujer y la salud. Formado por EE UU, Canadá, Rusia, Reino Unido, Francia, Alemania, Japón e Italia, hizo otra promesa de fondos para los países en desarrollo y se adhirió a una iniciativa canadiense para financiar la atención sanitaria a las madres  y reducir así la mortalidad en los partos.