Hacia la tercera depresión mundial

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Foto de familia de los miembros del G-20 que asistieron a la reunión celebrada en Toronto (Canadá). / Dave Chan (Efe)

La decepción ante la cumbre del G-20 en Toronto estaba tan cantada que expuse ampliamente algunos de los fundamentos de lo que cabía esperar en las dos últimas entradas de este blog. A la vista de la agenda de los líderes mundiales, vaticinaba días antes de celebrarse que nos quedan por lo menos otros cuatro años de ajustes sin fin. Pero el resultado final más llamativo, resumible en la recomendación de que cada país haga lo que pueda, ha sido peor incluso de lo previsto. El premio Nobel de Economía Paul Krugman ha valorado el evento diciendo que estamos en la primera etapa de la tercera depresión mundial, más similar a los años de deflación que siguieron al Pánico de 1873 que a los años posteriores al Crash de 1929. No le faltan razones, y en algunas hasta se queda corto. Pero esa depresión todavía podría ser evitada mediante una cooperación internacional sobre la que el G-20 no ha logrado consenso.

La causa inmediata de la depresión en ciernes esgrimida por Krugman en el diario The New York Times, dentro de un artículo que previsiblemente publicará en español mañana domingo EL PAIS, serían las políticas de austeridad impuestas en el mundo. A la luz de la "profundamente desalentadora" reunión del G20, los gobiernos están obsesionados por la inflación, cuando la verdadera amenaza es la deflación; es decir, que pregonan la necesidad de apretarse el cinturón mientras el problema real es el gasto inadecuado, una demanda que se hará más insuficiente con dichas políticas. Y ello porque, tras evitar en los últimos dos años con mayores déficit públicos que la recesión derivara en depresión,  todavía el paro permanece en niveles muy altos y tanto Europa como Estados Unidos van camino de una trampa deflacionaria al estilo de Japón.

El diagnóstico de Krugman es acertado, porque tales políticas, al recomendar reducir el actual déficit a la mitad el año 2013, intentan forzar el desapalancamiento; es decir, que el crecimiento del crédito sea menor que el del PIB durante muchos años. Y esto ya advertíamos el pasado sábado que puede llevar a la deflación. Así ha ocurrido durante casi dos décadas en Japón, que hoy es el país con mayor deuda pública y privada, más de cuatro veces su PIB anual. Así lo corrobora también la experiencia del último medio centenar de crisis financieras, combatidas principalmente con políticas de austeridad, que se prolongaron por lo general siete años y redujeron la deuda total en una cuarta parte de promedio sobre el PIB, pero terminaron muchas de ellas en otra crisis financiera.

De todas formas, Krugman se queda corto al comparar lo de ahora con el Pánico de 1873, generador de la "Depresión larga" que duró hasta el año 1879, a raíz de que una entidad financiera de Estados Unidos no logró emitir bonos por varios millones de dólares y la política monetaria restrictiva del presidente Ulysses S. Grant empeoró la situación de un sistema financiero muy endeudado. Aunque recuerde que tanto esa depresión como la iniciada el año 1929 no fueron periodos de una caída constante de la economía, pues incluyeron como ahora etapas de mejoras insuficientes para reparar el daño creado, lo cierto es que actualmente el peligro es mucho más grave. Y no sólo porque ahora la economía mundial esté mucho más interconectada, sino porque la deuda privada, e incluso la pública, eran considerablemente inferiores. Hacia 1873, los EEUU apenas tenían una deuda pública del 30% del PIB, causada casi toda por la guerra civil; hoy van camino del 100% del PIB, y es dos veces superior la privada. En cuanto a la entonces todavía mayor potencia mundial, el Reino Unido, su deuda pública apenas rondaba el 50% del PIB, tras haber alcanzado un máximo histórico del 260% del PIB por las guerras napoleónicas; hoy también su tendencia apunta hacia ese 100%, aunque tanto en este caso como en el de EEUU y sobre todo Japón la parte suscrita por inversores extranjeros es minoritaria, a diferencia de Italia, Francia, España e incluso Alemania. Por tanto, la capacidad de expansión fiscal es actualmente mucho más reducida, además de mermada por la sustitución de deudas privadas por públicas ocurrida durante los tres años que llevamos de crisis. Además, ni los bancos ni los mercados están por la labor, ni probablemente lo estarán mientras se prolongue el actual capitalismo de casino tolerado por los estados.

¿Existen alternativas a esas políticas deflacionistas, que amenazan con llevar a la depresión y causar decenas de millones de desempleados, muchos de los cuales estarán sin trabajo durante años y algunos que ni siquiera volverán a trabajar?. Ya planteábamos también el esquema en nuestro último artículo. Frente a las políticas de austeridad, otra salida frecuente en el medio centenar de crisis financieras nacionales tras la II Guerra Mundial ha sido la de los impagos masivos o reestructuraciones de deuda, que era por lo que apostaban y siguen apostando los especuladores durante los últimos meses en el caso de Grecia, Portugal, España y otros países; fue el prototipo de respuesta vivida en los años ochenta en Iberoamérica o en los noventa en Asia, intentando pasar la pelota de la austeridad a los acreedores, lo que generalmente ha terminado por volverse contra los deudores. Un tercer tipo de respuesta a lo largo del medio siglo ha consistido en monetizar la deuda mediante una alta inflación, que es lo que temen los mercados y algunos estados como Alemania, y que igualmente al final suele requerir planes de ajuste que llevan a apreturas de cinturón. La cuarta alternativa más utilizada por las crisis del ultimo medio siglo ha sido la de intentar huir hacia adelante, mediante fuertes crecimientos de la deuda que han tenido lugar durante rápidos crecimientos del PIB causados por esfuerzos bélicos, dividendos de paz u otros acontecimientos seguidos por guerras, o un boom del petróleo.

Sin embargo, la experiencia histórica sirve fundamentalmente como orientación de lo que puede ocurrir en el futuro siempre que se mantengan las variables que la configuraban. Pero hoy esas variables han cambiado mucho, tanto en la estructura y la coyuntura económicas, como en sus infraestructuras y en sus instituciones, por lo que el futuro no tiene que ser necesariamente un espejo del pasado. Unas han cambiado ciertamente a peor, pues no sólo tenemos unos estados y unos sectores privados más endeudados o apalancados en el crédito, sino un sistema financiero muchísimo más alejado de la economía real y cuyas transacciones multiplican por más de treinta veces a las generadoras de renta y por tanto de bienestar convencional. Unas finanzas que, como hemos repetido en anteriores artículos, en vez de cumplir con sus funciones de intermediar entre el ahorro y la inversión y de buscar la eficiencia técnica y asignativa de los recursos, logran repartir la renta antes incluso de haberla creado, ante la impasividad de gobiernos que en vez de cooperar y regular ese sistema y sus mercados globalmente retornan a las cavernas nacionales con una especie de sálvese quien pueda como la que inspira el comunicado final del ultimo G-20.

Otras parecen seguir casi idénticas al largo siglo liberal que generó el pánico de 1873 y los liberalismos nacionalistas y proteccionistas que complicaron las respuestas al crash de 1929. El citado Krugman escribe que los líderes europeos "parece que cogen sus temas de conversación de una colección de discursos de Herbert Hoover (presidente de EEUU de 1929 a 1933), incluso reivindicando que subir impuestos y recortar los gastos expandirá la economía porque mejorará la confianza empresarial". De los propios EEUU dice que no lo hacen mejor, ya que la Fed no hace nada y el Congreso está recortando el gasto de Estados, otra manera de austeridad. Aunque Barak Obama apuesta por mantener políticas expansivas de gasto público, aplazando la reducción del déficit en aras de un crecimiento más rápido que logre reducir a un tiempo tanto ese déficit como el paro, le han frenado los europeos en el G-20 y los republicanos dentro de su país, al bloquear en el Senado medidas que incluían prolongación del subsidio de desempleo y ayudas a pobres y ancianos y al lograr en el Congreso eliminar el pasado miércoles la tasa bancaria que incluía su proyecto de reforma financiera, mientras Bruselas estudia  todavía aplicar en la UE la tasa que no prosperó en Toronto  aplicar globalmente. 
No obstante, también hay cosas que han cambiado a mejor. No voy a insistir en que, frente a la preponderancia en 1873 y 1929 de la economía tradicional de la materia movida por la energía, hoy tenemos una economía de la información movida por el conocimiento. Esto se traduce no sólo estructuras radicalmente distintas y más interconectadas para mal y para bien, sino en infraestructuras capaces de alterar radicalmente los efectos en el tiempo y el espacio. El que los capitales, las mercancías, los servicios y, sobre todo, la tecnología se muevan libre y rápidamente por una economía mucho mas global hace concebir muchas esperanzas de que pronto empiece también a globalizarse la fuerza de trabajo, la gran mayoría de la cual radica en los países no desarrollados, cuya economía es todavía minoritaria, pero que en los próximos años y décadas pueden mejorar considerablemente e impulsar con ello cambios favorables en la economía mundial, aunque costarán también sacrificios a países desarrollados como España. Ello transformará el panorama interior y sobre todo exterior de los países con tendencias al envejecimiento, por lo que es buena noticia para lo primero que Obama impulse la reforma migratoria, y no solo porque los hispanos vayan a lograr más influencia política en los EEUU.

Esas esperanzas de mejora podrían traducirse en cambios positivos, en lugar de alimentar los negativos, si la crisis financiera, activada en su inicio por la privatización de la corrupción implícita en las políticas de autorregulación de los mercados, dejara de ser una bomba económica sobre el sistema global. Antes de Toronto, la opinión pública empezaba a añadir al pasivo la erosión en la fiabilidad de las instituciones. En ello había influido antes y ahora el fracaso de los intentos de regular para prevenir futuras crisis, por lo que esperamos que los líderes del G-20 recapaciten y mejoren la agenda para su cita de noviembre en Seúl, si es que antes el deterioro de la economía no les obliga a anticipar el encuentro. Hoy el que fallen instituciones como gobiernos y entidades financieras resulta para la nueva economía global más dramático que un eventual apagón de Internet o el reciente caos de las infraestructuras de transportes o de servicios como la aviación.  En suma, esa bomba activada por la corrupción de las innovaciones financieras presentes en el proceso de autorregulación de los mercados podría tener tan dramáticos efectos como los dejados por el explosivo de descrédito abandonado en la política por el Tratado de paz de Versalles al acabar la I guerra mundial. Entonces los promotores y beneficiarios de la inestabilidad europea durante las dos guerras mundiales fueron los EEUU. Pero los traumas de la II guerra mundial dejaron huella en la experiencia humana, y por eso tras ella hubo el necesario consenso para organizar la cooperación económica en lo monetario, financiero, comercial o tecnológico como hoy son el FMI, BM, OMC y OCDE, además de la propia UE, entre otras muchas instituciones, hoy y ahora también heridas por el descrédito, aunque por eso deben terminar por reaccionar.

1 Comment
  1. Jorge Parrondo says

    Antes o después habrá que repartir la riqueza y dotar de capacidad adquisitiva a las clases bajas y eso pasa por subir los impuestos a las rentas y plusvalías más altas y crear empleo público, porque el capital privado está demasiado ocupado especulando en los mercados financieros. Los gestores del capitalismo tendrán definitivamente que hacerlo antes o después, no ya por justicia social (eso es algo que nunca les ha importado) sino por eficiencia y sentido común. Por la propia supervivencia del sistema.
    http://www.elsueldodediogenes.com

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