La política y el tarot (la resaca del debate)

El último debate sobre el estado de la nación ha sido un derroche espléndido de generosidad por parte del presidente del Gobierno y de todos los grupos parlamentarios. Al fin, los ciudadanos debemos agradecer sin reservas a la llamada clase política su decisión de mover la palanca del interruptor de la luz hasta la posición de máxima intensidad para que pudiéramos contemplar, como en los mejores espectáculos de luz y sonido, todos los detalles de su pobre actuación. Algunos preferirán arrojarse en brazos de la melancolía por haber asistido a una representación tan burda y barata. Allá ellos. Yo prefiero sacarle todas las enseñanzas posibles a la lección de pedagogía que nos han proporcionado estos caballeros y caballeras. Nunca les podremos compensar, como se merece, su esfuerzo de demostración de que el sintagma “ideas políticas” es, en sus propios términos, una contradicción irremediable. Por lo menos en España.

Einstein dijo, en palabras de mármol, que “las proposiciones matemáticas, en cuanto tienen que ver con la realidad, no son ciertas, y en cuanto que son ciertas, no tienen que ver con la realidad”. Si donde el físico alemán puso “proposiciones matemáticas” nosotros ponemos “ideas” o “conceptos”, y también buscamos la sinonimia entre “realidad” y “política”, no nos equivocaremos si deslindamos la “teoría” de la “realidad” política como fenómenos muy lejanos el uno del otro. Ortega lo explicó muy bien, con su majestad acostumbrada, en su ensayo “Mirabeau o el político”. Según don José, “hay que decidirse por una de estas dos tareas incompatibles: o se viene al mundo para hacer política o se viene para hacer definiciones; la definición es la idea clara, estricta, sin contradicciones; pero los actos que inspira son confusos, imposibles, contradictorios; la política, en cambio, es clara en lo que hace, en lo que logra, y es contradictoria cuando se la define”.

Sin embargo, esta aparente ruptura en dos bloques distintos e irreconciliables, el de la práctica política, de un lado, y el de las ideas y los programas, por otro, no absuelve a Rodríguez Zapatero y a Rajoy (y a sus respectivos compinches) de la acusación de tongo político. La crítica a sus intervenciones en el debate del estado de la nación no pertenece al campo de la “razón ideal”, sino al pragmatismo de la “razón instrumental” porque  la separación de conceptos –la práctica de la política y su definición ideal– no es absoluta. Afortunadamente, el reino de la política es de este mundo. El propio Ortega, poco amigo de los ensueños, proclamó su vitalismo político al decir que “si fuese forzoso quedarse en la definición de la política con un solo atributo, yo no vacilaría en preferir este: política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación”. El Estado es una máquina, sí, pero su existencia no se justifica por servirse sólo a sí misma (y a sus gestores), sino por el ejercicio de las funciones para las que se ha construido la máquina. El Estado es perfecto, según el filósofo madrileño, cuando “contribuye a aumentar la vitalidad de los ciudadanos”.

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¿Ha aumentado la vitalidad de los ciudadanos españoles después del último debate parlamentario? Me parece que no, pero, si la contestación debiera ser afirmativa, la supuesta vitalidad ciudadana inducida por el debate político habría rayado a la misma altura, más o menos, que la estimulada por la casquería cotidiana de telebasura que nos regalan casi todas las cadenas. ¿Por qué nos gusta la telebasura?; ¿por qué consumimos tanta política, siempre una ración doble de lo mismo de lo mismo? Karl Kraus, el gran pope del periodismo vienés de entreguerras, sentó aquí un diagnóstico especialmente desabrido: “tengo a la política por una forma de despachar lo más serio de la vida, tan relevante como el tarot como mínimo, y ya que hay hombres que viven del tarot, la aparición de un político de oficio es un fenómeno totalmente comprensible. Tanto más cuanto que éste gana a costa de los que no juegan. Si no hubiera política, el ciudadano sólo contaría para sentirse colmado con su vida interior, o sea, nada”.

Demasiada e irreal esta amargura “krausista”, me parece a mí. De todas maneras, el consumo de un producto tan zafio y previsible como es en la actualidad la política nacional, ¿es un factor de oferta o de demanda? Dicho de otra manera: ¿nos aburrimos tanto como para dedicarle la atención prolongada que le prestamos al señor Durán i Lleida y a sus siempre excesivas, por beatíficas, “sensatas” y melifluas, alocuciones políticas, o a las chorradas castizas de doña Belén Esteban?; ¿o es que nos ha hipnotizado la medusa del Poder? Sea cual sea la respuesta, los ultraliberales tienen aquí un problema. Porque, si como ellos dicen, el ser humano no es un producto social, ni existe una estructura que de alguna manera condicione sus costumbres y su mentalidad, el consumo de basura política podría desmentir la famosa y optimista negación de Mirabeau, el político de los tiempos de la Revolución Francesa biografiado por Ortega. Ya saben, eso de “no somos salvajes recién llegados de las riberas del Orinoco para formar una sociedad. Somos una nación vieja, tal vez demasiado vieja para nuestra época. Tenemos un Gobierno preexistente...”. A no ser que la evolución humana de los dos últimos siglos nos obligue a un ejercicio de piedad para con las naciones viejas y a reformular un poco la frase: “no somos coprófagos, etc., etc...”.