La economía, sin lenguaje

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“Al principio era el Verbo… (y) todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (Jn. 1:1 y 3). El Verbo es el logos griego, es decir, el pensamiento expresado en palabras. ¿Pero qué tienen en común la economía y el Evangelio de San Juan, o qué relación existe entre un logos ausente y el derrumbe financiero de la economía global del que ahora algunos países empiezan a salir a duras penas ? ¿”Me habré equivocado al teclear sobre el ordenador –pensará alguno- y, en vez de en cuartopoder.es, estaré sin saberlo dentro de la página web de alguna editorial evangélica o en la del Arzobispado de Madrid”? Quede tranquilo el lector, está, para bien o para mal, donde quería estar. En un blog de actualidad económica. Aunque al principio se haya sorprendido un poco, quizás porque en economía casi nunca hablamos del lenguaje aunque lo utilicemos constante y supuestamente para comunicarnos unos con otros. Como si meditar sobre el lenguaje fuera un atentado fallido contra la información económica “real”, una excentricidad deleznable, un desperdicio de energía que en modo alguno hay que tener en cuenta. Bueno, juguemos hoy un poco, a ver si aparece de todas formas y contra pronóstico la exceptio veritatis para evitar que me acusen de difamar a más de un economista.

En mi opinión, el desinterés que han exhibido los gobiernos respecto al lenguaje en sus políticas económicas de los últimos veinte o treinta años ha sido como hacerse trampas uno mismo en el juego del solitario. Casi todos los gobiernos han sido tramposos y lamentablemente han (hemos) perdido. Sin embargo, los más desafortunados han sido los partidos de izquierdas. Al fin y al cabo, a la derecha económica le gusta más –y en eso es más sincera que la izquierda- que los mercados hablen por ella. Muchos gobiernos socialdemócratas han perdido -o lo perderán en el futuro- el poder tumbados por la recesión y se han quedado sin palabras para recuperarlo. La crisis la han originado los gurús de las economías de oferta, los economistas de agua dulce que han demolido desde sus cimientos y hasta la declaración pública de ruina el edificio del Estado, la única palanca que ha tenido el pensamiento de izquierdas para corregir los desequilibrios que producen los mercados en una relación de intercambio entre agentes económicos desiguales. Sin embargo, y pese a ello, la izquierda se ha suicidado por atrofia, por falta de ejercicio de los músculos que articulan la función del habla. Pero no porque realmente el Estado haya muerto, pese a la acometida neoliberal, ya que han sido precisamente las instituciones públicas las que han salvado a los mercados de sus excesos. Sino porque –la Historia siempre se venga irónica- los socialistas occidentales han perdido el lenguaje que puso en movimiento el Estado de Bienestar, justo su gran contribución a la estabilidad y a la cultura política del medio siglo posterior a la segunda guerra, especialmente en Europa.

Lo que no significa, en absoluto, que la izquierda se haya quedado muda. Sino que, en un intercambio de papeles, ambas partes, izquierda y derecha, hablan desde hace tiempo con el lenguaje del contrario. O –si se quiere ver de esta forma- que los supuestos rivales han hecho un ejercicio de travestismo conjunto en un juego de suma cero. En efecto, los gobiernos liberales guardan un silencio natural – el del laissez faire- en materia económica. Los únicos que hablan son los mercados, aunque su desregulación no ha llegado hasta el Estado mínimo del paraíso anarco-liberal . Pero, sorprendentemente, los liberales pecan contra sí mismos por su intervencionismo megalómano en casi todo lo que no tiene que ver con la economía y la desigualdad de recursos, fundamentalmente en cuestiones de seguridad y orden público. Los liberales son los campeones de la videovigilancia en las ciudades, las escuchas telefónicas, la policía, y la animosidad desaforada hacia todo lo que huela a Islam. Y en esta carrera hacia el control total de la sociedad, paradójicamente, el liderazgo máximo corresponde a las culturas políticas de tradición ultraliberal, con el Reino Unido a la cabeza y los norteamericanos inmediatamente detrás. No deja de resultar gracioso que los neoliberales consideren, por ejemplo, los impuestos (sobre todo los progresivos) como una amenaza y un ataque intervencionista y despiadado de los poderes públicos a la propiedad privada y la libertad individual, y cierren los ojos con complacencia frente a las intervenciones, yo creo que desorbitadas, en las demás cuestiones. ¿O es que es divisible la libertad de las personas o incompatible con su seguridad? ¿No hay detrás de todo esto un poder autoritario que no se quiere, porque no interesa, reconocer por los predicadores de la libertad económica llevada al último extremo? ¿No está ese autoritarismo muy arraigado en una parte de la sociedad americana que denigra a su Presidente reformista tachándole de socialista y musulmán? Pero no, no tiene nada de gracioso el discurso del miedo que está calando entre muchos de nosotros.

La izquierda, por su parte, es también intervencionista, pero no en economía, terreno en el que ha enmudecido coincidiendo con la revolución neoliberal de los años 80. El lenguaje de la izquierda es el de la salud de la población, los derechos de las mujeres, la no discriminación de los homosexuales. Y, sobre todo, la izquierda usa como nadie el lenguaje de la memoria histórica, en un alarde justiciero que en el fondo es una trampa conservadora que conspira contra cualquier modificación del presente y contra todas las expectativas de futuro que puedan poner coto a la desigualdad de los individuos y de los diversos grupos sociales. La memoria está muy bien, pero no puede ser una facultad compensatoria de la falta de voluntad para arreglar el presente. La salud y los derechos de las minorías son también un buen programa y valen mucho, a condición de que su defensa (por lo demás muy fácil de plagiar por el contrario), sea real y no una cortina de humo, como pasa con la inmigración y la libertad de tránsito de las personas.

Unos y otros, sin embargo y si no hacemos mucho caso a la retórica oficial, hablan de la economía con el mismo lenguaje silencioso, hablan realmente de la desigualdad humana sin necesidad de traductores. Hablan en el idioma del consenso neoliberal, que ha sustituido al consenso de posguerra. Pero eso es lo mismo que ver pasar el mundo a tu alrededor sin tener un pensamiento para comprender lo que nos falta y una lengua para nombrar los cambios necesarios cuando las cosas se ponen feas. No sabemos cambiar la economía porque hemos perdido la facultad de la palabra, la hemos desperdiciado y tirado por el desagüe. Y ahora es difícil recuperarla. La culpa de lo que nos pasa no la tienen los mercados en última instancia,  sino la irresponsabilidad de los gobiernos y en parte la nuestra. Por eso, como en la Edad Media, adoramos la superstición económica y vemos conspiraciones y manos negras por todas partes, salvo los fines de semana, cuando están cerradas las Bolsas.

El lenguaje es un arma poderosa, un esfuerzo permanente para organizarnos socialmente y para que no nos domine el horror al vacío o la tendencia al caos. El lenguaje no es una forma literaria para expresar la realidad, sino el prerrequisito necesario para apoderarnos de la misma, si no es la propia realidad. Los gobiernos de izquierda han pasado los últimos años contemplando pasivos la inundación que les anegaba desde la otra ribera. En el mejor de los casos se han limitado (y sólo de vez en cuando) a achicar el agua, como decía Richard Titmuss, al que le fue otorgada la gracia de desaparecer antes de que comenzara el desastre. Si todos fuéramos iguales, hablaríamos el mismo lenguaje y todo estaría en orden. Pero no lo somos, nos cuente lo que nos cuente la retórica del consenso. Las diferencias, de situación, de intereses y de riqueza, no permiten un lenguaje unívoco para remediarlas. Pero, como dice en su último libro Tony Judt, “no pensaremos de otra forma si no hablamos de otra forma”. La muerte prematura de Judt ha sido un golpe muy duro que ha recibido la prudencia de la mejor tradición liberal, la creadora del impulso moral de los seres humanos para conservar las ideas que merecen la pena y actualizarlas en beneficio de todos y especialmente de los más débiles y explotados al compás de lo que sugiera ( y a veces exija) la circunstancia histórica. Esa gran tradición, que todavía cuenta con muchos partidarios, la hemos recibido de nuestros mayores gracias al lenguaje.

Las cosas no están ahí, al alcance de todos nosotros, a la espera de ser pensadas. Es al revés. Las cosas de la realidad no física –a la que pertenece cualquier organización económica- son, con todos los condicionantes materiales que se quiera, un producto del pensamiento y las ideas. Sólo cambiaremos las cosas, aunque sea de forma modesta, con el esfuerzo del lenguaje. No es imposible, por difícil que parezca. Y, además, no hay alternativa, salvo el cinismo ciudadano y los aspavientos de los partidos.

6 Comments
  1. J Mos says

    Esta claro que pensamiento y lenguaje van unidos, salvo cuando nos dejamos llevar por la hipocresía o una doble personalidad. Hace veinte años, cuando se derrumbó el telón de acero todos jugamos a la caida de las ideologías, aunque la pobreza seguía allí, y también ha crecido en estos años. La derecha, el capital, juega a sus anchas las cartas por que siempre tiene dinero y ademas le ha salido el malo al que vencer,ese enemigo potencial o real, al que se combate, pero a costa de hipotecar nuestro futúro, nuestras utopías y sueños de crear un mundo mejor. Ahora el Islam integrista es el malo al que echar toda la culpa y por vencerle hay que vender nuestro alma al diablo, nuestra libertad, anhelos y dinero. Siempre hay un enemigo por que sale rentable.
    Pero es que ademas la izquierda ha perdido aquel mundo que aúnque denostado, y luego ha mostrado todo su horror, era utopía para muchos y amenaza del sistema, amenaza real. Al trabajador de occidente hubo que darle una politica social adecuada para que que no se entregará al otro. Ahora ya no hay otro. Llevamos más de veinte años maquillando el lenguaje, pero es que las circustancias han cambiado, el futuro parece terriblemente confuso y desnortado tras la caida de los bloques, y en la confusión , ya se sabe, a río revuelto ganancia de pescadores.

  2. The Boston tea party says

    «ya que han sido precisamente las instituciones públicas las que han salvado a los mercados de sus excesos».
    Ya que habla usted de la importancia del lenguaje en la economia seria buena idea que usara el lenguaje con algo mas de precisión y no recurriera a eufemismos.
    Las instituciones publicas no han salvado a ningún mercado, las instituciones publicas han salvado a los bancos que solo son una parte del mercado y que casualmente operan bajo absoluta supervisión y control de las instituciones publicas un sistema financiero y monetario absolutamente intervenido por los estados a traves de los bancos centrales y del establecimiento de monedas de curso legal. En definitiva han salvado su propio sistema monetario que permite a estados y bancos robar la riqueza a la población que la produce.

  3. Eleazar says

    Que parrafada innecesaria de Sara palin cuando lo ha dejado usted todo clarisimo don Felix. Excelente articulo.

  4. The Boston tea party says

    Sara Palin…..,la neocon esa……venga ya.
    http://www.bostontea.us/program

  5. The Boston tea party says

    «Los únicos que hablan son los mercados, aunque su desregulación no ha llegado hasta el Estado mínimo del paraíso anarco-liberal . Pero, sorprendentemente, los liberales pecan contra sí mismos por su intervencionismo megalómano en casi todo lo que no tiene que ver con la economía y la desigualdad de recursos, fundamentalmente en cuestiones de seguridad y orden público. Los liberales son los campeones de la videovigilancia en las ciudades, las escuchas telefónicas, la policía, y la animosidad desaforada hacia todo lo que huela a Islam. Y en esta carrera hacia el control total de la sociedad, paradójicamente, el liderazgo máximo corresponde a las culturas políticas de tradición ultraliberal, con el Reino Unido a la cabeza y los norteamericanos inmediatamente detrás. No deja de resultar gracioso que los neoliberales consideren, por ejemplo, los impuestos (sobre todo los progresivos) como una amenaza y un ataque intervencionista y despiadado de los poderes públicos a la propiedad privada y la libertad individual, y cierren los ojos con complacencia frente a las intervenciones, yo creo que desorbitadas, en las demás cuestiones. ¿O es que es divisible la libertad de las personas o incompatible con su seguridad?»

    The Boston tea party program.
    4. End the Abuses of Liberty: Congress should repeal the Patriot Act, Military Commissions Act & FISA Acts and abolish the NSA, TSA, CIA and any other federal agency that infringes on individual rights. Congress should review and revoke the emergency powers granted to the President in response to the September 11th terrorist attacks. The U.S. should restore privacy by forbidding warrant-less wiretapping of phone and internet communication. The U.S. must restore habeas corpus, allowing all detainees, foreign and domestic, a speedy and public trial. No physical or environmental discomfort should be used to influence the interrogation of suspects for any crime. The U.S. government must respect the rights of all people, regardless of place of birth, status of citizenship, or suspicion of criminality.

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