La demanda contra las agencias de ‘rating’, un romántico gesto de reacción civil

Un grupo de asociaciones, e incluso IU, han presentado en España una querella contra las agencias de rating. Un gesto que tiene mucho de romántico, aunque ya era hora de que alguien se sacudiera el polvo que esta crisis no ha limpiado: “es que el mercado está así montado y no lo podemos cambiar” dice todo el mundo que, después de haber sido perjudicado por agencias de rating o bancos de negocio, sigue contando con sus servicios.

La actual recesión (insisto, sigo creyendo que aún no hay crecimiento serio, digan lo que digan las cifras de Alemania o EE UU) debería haber traido un cambio en las estructuras del modelo, pero no está siendo así. Ya dije hace tiempo en este mismo blog que, después de todo lo que ha pasado... aquí no ha pasado nada.

Que nadie me tome por un revolucionario peligroso. No soy un izquierdista radical, sino mas bien lo contrario. De hecho, opino que la presencia de IU en este tipo de acciones le resta empaque. Pero es cierto que unas cuantas cosas deberían cambiar tal como repito una y otra vez; y supongo que debo incluso aburrir a quien me lea. El modelo de banca de negocios es una de estas cosas, clarísimamente. El otro, las agencias de rating. Y el otro, las auditorías.

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Más allá de las acusaciones de manipulación de precios y uso de información privilegiada (es posible, pero en cualquier caso, ese no es el fondo de la cuestión), el problema con las agencias de calificación crediticia reside en que forman parte de un negocio intrínsecamente perverso y que han probado con creces su inutilidad (Enron, Parmalat, Lehman...).

Lo perverso de su negocio recae en que son los propios clientes quienes pagan por la calificación. A partir de ahí, no hace falta comentar mucho más. Es un poco como los bonus de los grandes ejecutivos: si uno mismo establece su propia remuneración, ¿a que se la pondría alta? Pues claro.

De nuevo entra aquí la cantinela de que “es que el negocio está montado así”. Efectivamente, un gestor del extranjero no tiene capacidad de analizar una titulización hipotecaria, un pagaré de una caja de ahorros o una emisión de una eléctrica española. Así que lo único que le queda es aferrarse al rating fijado por Standard & Poor´s, Moodys o Fitch, que son realmente las tres entidades erigidas como referentes globales.

Pero, además de ser contratadas por los clientes a los que van a calificar, no tienen la mínima capacidad de exigir información. Como mucho, pueden renunciar a emitir su opinión (son pocos los casos), pero si ven que un emisor les escatima los datos necesarios, no tienen capacidad de exigirlos.

Hace poco, un ex presidente de la CNMV se lamentaba de que las opiniones sobre el estado de las cajas de ahorros las estuvieran dando los bancos de negocio o las citadas agencias de rating, “cuando debería ser el Banco de España quien ofreciera un informe real, si queremos tener algo de credibilidad en los mercados internacionales”.

Pues eso. En esta crisis no ha cambiado nada con los bancos de negocio. Hay un puñado y si ahora nuestras nuevas cajas, transformadas en bancos, quieren salir a los mercados, deberán contar con ellos otra vez. Y, por supuesto, con las agencias de calificación. Todo sigue igual. Lo mismo vale con las auditoras, que es otro capítulo aparte del que también habrá que hablar en el futuro.

Al menos, iniciativas como las arriba comentadas, aunque con el punto de mira algo desenfocado, permiten soñar con que no todo está perdido y queda gente despierta con ganas de que todos saquemos algo en limpio de esta crisis.