El mal y el bien, pasajeros de ida y vuelta

Desfile del ejército alemán en Berlín por el 50º cumpleaños de Hitler, el 20 de abril de 1939. / Archivo Federal Alemán

Nunca he oído a nadie hablar mal de sí mismo. Yo, sin necesidad de acusar a “nadie”, tampoco lo hago. Los malos, por definición, son los demás. El mal y el bien se disputan el mundo a codazos desde los tiempos en que un grupo de monos se irguió y consiguió que sus cuerdas vocales, al vibrar de forma distinta a como lo hacían otros grupos de monos, deletrearan la palabra “conciencia”. Esos monos evolucionados distinguimos desde entonces el bien del mal, pero no todas las veces llegamos a un acuerdo unánime sobre su significado real. Pero lo más inquietante es que esa conciencia no es siempre un juez imparcial aunque si la entrenamos un poco es un instrumento sofisticado para andar por la vida sin derrumbarnos ante nosotros mismos y frente a la opinión de los demás. Es entonces cuando nuestra conciencia nos dice que el mundo sería perfecto si todos fueran como yo. Mientras yo edifico el firmamento de la moral un día tras otro, los demás se empecinan en que la sociedad viva en el infierno.

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El prototipo del mal absoluto fueron los nazis. El 30 de abril de 1945 Hitler se suicidó y pocos días después terminó el imperio del mal de las bestias pardas. Desde ese momento se han sucedido sin cesar todas las respuestas posibles a la angustiosa pregunta de cómo una banda de malvados había conseguido arrastrar hasta consumar su voluntad de terror -el proyecto de odio y destrucción más salvaje que recuerda la Historia- a uno de los pueblos europeos más cultos, precisamente la cuna del idealismo filosófico y del romanticismo. Esas explicaciones han sido de todo tipo, económicas, históricas e incluso en clave de psiquiatría social. Algunas propuestas sobre el nazismo son magistrales y han aportado mucho al conocimiento de la génesis y desarrollo de los crímenes del nacionalsocialismo alemán y de otras estructuras totalitarias de poder.

Sin embargo, la conciencia humana sigue siendo un pozo demasiado denso y oscuro para que en él penetre hasta el fondo la sonda del conocimiento racional. Por qué hacemos lo que hacemos es una pregunta que numerosas veces se queda sin respuesta. Si los que hoy somos impecablemente demócratas y liberales pudiéramos viajar al pasado, a la Alemania terrible de los años 30 y 40, ¿estamos seguros de que nos comportaríamos de acuerdo con los principios de nuestro propio tiempo histórico? ¿Resistiríamos o seríamos abducidos por el ambiente generalizado de terror, por la propaganda racista o incluso actuaríamos en el sacrosanto nombre del interés propio? Y otra pregunta: ¿fueron las conductas de casi todos los alemanes iguales, incluidos los miembros del partido nazi?

Wilhelm Kube, en una imagen de 1942. / Hoffmann (Archivo Federal Alemán)

Inmediatamente después de la invasión alemana de la Unión Soviética, en el verano de 1941, los nazis crearon el Ministerio para los Territorios Orientales Ocupados, a cargo de Alfred Rosenberg. En el distrito de la Rusia Blanca Rosenberg puso al frente a Wilhelm Kube, un nazi de primera hora (era Gauleiter), que ya llevaba centenares de muertos a sus espaldas. Pero Kube era un ser extraño y protagonizó el episodio más inverosímil y contradictorio dentro de la maquinaria de destrucción alemana. Kube siguió matando al principio de su nueva misión. Él era un “hombre duro” (así se definió ante su superior Hinrich Lohse en diciembre de 1941) y, sabedor del cometido de su nuevo trabajo, se manifestó completamente dispuesto a “ayudar a resolver la cuestión judía”. Pero a partir de 1943 empezó a hacer cosas raras, hasta jugarse el tipo y ponerse en riesgo a sí mismo. Se estrenó recriminando al comandante de la Policía de Seguridad de la Rusia Blanca, Eduard Strauch, el asesinato de 70 judíos porque “era indigno de un alemán y manchaba la reputación de la Alemania de Kant y Goethe. Pero en Kube había algo más que agravios a su idea del nacionalismo alemán. Después de varios incidentes más, como llamarle “cerdo” a un policía que había disparado a un preso inerme o estrechar la mano de un judío que había entrado en su garaje para salvar su coche de un incendio, Kube tuvo la osadía de alertar al Judenrat de Minsk de que los sádicos de las SS habían preparado una redada para “reasentar” a 5.000 judíos del ghetto. El fin de Kube fue misterioso. El 24 de septiembre de 1943, el periódico nazi Deutsche Ukraine-Zeitung informaba que había sido asesinado por “agentes bolcheviques de Moscú”. En septiembre de 1946, el alto oficial de las SS BachZelewski declaró a un diario neoyorkino que Himmler consideraba la muerte de Kube como “una bendición” y que el máximo responsable de la Rusia Blanca, el Generalkommisar Wilhelm Kube, era de todas formas carne de campo de concentración porque su política judía “rayaba en la traición”. El único dato fidedigno de la muerte de Kube fue su asesinato a manos de una empleada de su servicio doméstico.

El caso de Kube demuestra que la redención humana no es un sueño. Demuestra que la conciencia no es la invención de un mono loco. También prueba que no es imposible que el firmamento sean los demás. A veces incluso desmintiendo su ideología. Y si Kube fue un hombre real, de carne y hueso, que se enfrentó a sus viejos camaradas del crimen y el terror, ¿no deberíamos enfrentarnos a nosotros mismos por si acaso nuestro desprecio y nuestro alejamiento del infierno tuvieran algo de lo que tienen los ensueños?