GUSTAVO MATÍAS | Publicado: - Actualizado: 8/1/2017 23:23

Foto de familia de la reunión de los ministros de Economía y Finanzas (Ecofin) de la UE, en Gödöllö, al noreste de Budapest, el 8 de abril de 2011. / Zsolt Szigetvary (Efe)

Zapatero y Rajoy o nos consideran imbéciles o no han aprendido nada de sus siete años de competencia electoral. Juegan con los ajustes económicos según su cálculo político de cada momento. No se han enterado, o no quieren hacerlo, de que el margen de decisión nacional es reducido. De que vivimos en una autocracia monetaria europea, donde conviene pasar desapercibido, para que no se ceben con nosotros los mercados.

Zapatero acaba de asegurar de nuevo que no habrá mas ajustes, como hizo contra toda evidencia hace ahora casi un año tras el recorte salarial de los funcionarios. Pero como cualquier otro político o agente, no solo tiene la credibilidad acreditada por sus propios méritos y errores. Mas relevante aún que esa es la que le deja tener el sistema. Y conste que tampoco hablo precisamente de la estructura de poder a la que se refieren quienes en España han querido las dos ultimas décadas apropiarse mediatica y propagandísticamente la palabra. Pienso en el conjunto de fuerzas (intereses e ideas) presentes en la cotidianiedad española de la globalización.

Rajoy, por su parte, ha ido a decirle a Ángela Merkel que el PP planea ajustes más duros que los del actual Gobierno, pocas horas después de criticar en el Congreso a los recortes sociales a los que se ha opuesto el ultimo año sin ofrecer alternativas. Pocos días después de que el Gobierno se montara una campaña propagandista para decir que España ha superado el riesgo de rescate de su deuda, anulando la S final del acrónico PIGS que hasta ahora ha marcado la agenda inexorablemente aunque con el cronograma de GIP (Grecia, Irlanda, Portugal).

Ambos tienen la obligación de estar mas al loro de lo que se cuece en los mercados y otras instituciones, aunque sobre todo en la política. Política que, lo quieran o no sus líderes, deberá decidir sobre cómo compatibilizar los compromisos de reducir el déficit publico al 3% a partir del 2013 con las tendencias incrementalistas en la sanidad, la educación y las pensiones. Cómo terminar la reforma del sistema financiero acometida con las cajas de ahorro sin convertir los avales estatales de mas de 80.000 millones de euros en deuda efectiva de los contribuyentes, mientras siguen sin bajar los precios de sus activos inmobiliarios al menos un 30% para adaptarlas al actual mercado. Cómo elevar el empleo y ultimar la reforma laboral mientras empresas como ayer Telefónica y el BBVA, cuyas actuales presidencias fueron esculpidas y blindadas desde la política, anuncian reducciones de plantilla del 20% o prejubilaciones a partir de los 52 años. Cómo cerrar el melón de los procesos autonómicos que elevan el gasto público innecesariamente mientras rompen la unidad de mercado español y dificultan la actividad económica y el empleo. Cómo impedir que las grandes empresas energéticas tengan abierta la puerta al bolsillo de sus millones de clientes, aunque tambien a la deuda pública que deberemos pagar todos, mientras sus directivos pagan así sus errores contractuales de 2.000 millones de dólares y nos escandalizan con cientos de millones en bonus, después de arriesgar la viabilidad de la poca minería que nos queda y culpar mendazmente al carbón autóctono del incremento de las tarifas eléctricas, escándalo mucho mayor que el de Telefónica y su ya liberalizado sistema tarifario aunque no menos vulnerador de la competencia, gracias a la calculada y tolerada incompetencia de las respectivas comisiones reguladoras. Y así un largo etcétera de ajustes y reformas pendientes…

Esa politica claudicante en aras de la propaganda es cada día menos autónoma, mas alejada de la voluntad popular. Las encuestas dicen que la participación electoral ha bajado en los países desarrollados del 84% de los años 70 a menos del 74%, y en España mucho mas. Política marcada en Europa por instituciones autocráticas,  sesgadas por cierto automatismo y tecnocratismo, que las aleja del control ciudadano, para acercarlas e incluso entregarlas  al poder de los lobbys.

Las escenas de Grecia se han repetido hasta ahora con sospechoso paralelismo en Irlanda y Portugal. Cada uno de sus gobiernos negaba la necesidad de rescate, aunque al final tuvieron que aceptarlo. Las presiones, dirigidas a evitar la contaminación del impago a los bancos de los países acreedores, llegaban directamente de los órganos europeos, en un lento y burocrático tira y afloja que ha encarecido las soluciones, tiene aun pendientes varios flecos y no ha despejado las dudas sobre el contagio y la necesidad de futuras renegociaciones de la deuda con renuncia a una parte. Al final en cada uno de esos tres países la agenda económica ha determinado la política y tras las elecciones se han impuesto las políticas de ajuste a las que se resistían. Es decir, los politicos no hicieron mas que empeorar el problema, sobre todo en el Portugal de Sócrates, como declaró hace unos días el secretario general de la OCDE (países desarrollados),  Ángel Gurría. El Gobierno que salga de las próximas elecciones portuguesas del 5 de junio tendrá que presentar un plan tan duro o más que el rechazado hace dos semanas. Así habría sucedido en España si Zapatero hubiera cedido a la convocatoria de elecciones anticipadas de Rajoy.

En conclusión, el Euro se halla a salvo y los países de momento también, aunque a cambio de otro paso más hacia lo que hace dos décadas describí en mi tesis doctoral como la autocracia monetaria europea, una figura política tan innovadora como la del propio proceso de integración de este continente, que difumina las clásicas categorías del Estado, peculiar alternativa de gobierno que se extiende a otros países y se articulada en torno a redes donde el consenso es facilitado por la información y el conocimiento, por lo que el capitalismo tiende a devenir en digitalismo.  Y eso que entonces los mercados no habían alcanzado la preponderancia política adquirida hasta la actual primera crisis de la globalización, caracterizada por el desgobierno o falta de gobernanza mundial y por el aumento de las disparidades de renta y riqueza  generadas por la privatización de la corrupción, hasta el punto de poner en riesgo el futuro de todos, como hoy empiezan a temer hasta algunas de las más poderosas instituciones liberales.

“¿Cual será el modelo resultante de esta reestructuración del poder?”, me preguntaba hace dos décadas en las conclusiones de mi tesis al reexaminar la probabilidad de la citada autocracia moneteria. “Mientras las relaciones de interdependencia dentro y fuera de Europa se han potenciado, las Ínterrelaciones entre economía y política se han hecho más intensas. Los países líderes de la economía mundial tienden a buscar la solución a sus problemas dando prioridad a sus objetivos nacionales. En este contexto, no podemos vaticinar si el proceso de integración acometido hace cuatro décadas por Alemania, Francia y otros cuatro estados nacionales retornará a original situación de estados separados, a sus reciente estado de confederación, consolide el condominio, alcance la federación o tal vez llegue a ser un supraestado o estado único europeo en el que se disuelvan los anteriores. Nosotros nos inclinamos por la mayor probabilidad de una opción distinta a las anteriores: la autocracia monetaria”.

Escribía entonces y repito ahora que lo importante consiste en ser conscientes de que se ha creado una nueva forma de poder capaz de ordenar el cambio y de afectar a todos los poderes que forman parte del sistema, que no puede ser otro que el capitalista en su conjunto. Ser conscientes de que la existencia del cambio depende en las relaciones sociales de la voluntad de poder. Como en la Bolsa, tal vez nadie conozca los resultados de mañana, ni siquiera ninguna voluntad individual o social de los participantes los pueda imponer, porque estaría creando las condiciones de la imposibilidad de ese escenario, al autogenerar las resistencias que impedirían el cumplimiento de esa hipótesis. Pero eso no quiere decir que la propia noción de poder contenga las condiciones de su imposibilidad.

La dificultad de predecir su proceso proviene de la existencia de tantos poderes como hombres y organizaciones y de que, además, se trata en cada caso de procesos dependientes del resto de los procesos. De ahí que lo importante sea conocer las limitaciones de los actores e identificar correctamente los intereses y las ideas que les mueven, aunque ello nos permitirá a lo sumo influir sobre las tendencias estructurales y funcionales de una máquina a la que sólo será capaz de quitarle el piloto automático quien reúna el poder suficiente para organizar el consenso de intereses y de ideas con autonomía de los demás actores poderosos. Quien sea capaz de organizar el pacto.

“Desde el paradigma científico de la complejidad y del orden que brota del caos”, añadía en la página 747, “la aceleración del cambio responde a la expansión del poder y el proceso genera las condiciones para poner en duda otros determinismos ajenos a los intereses y las ideas de los actores y a las reglas cambiantes de su interacción”.

Hoy, hasta el ‘Financial Times’ recoge la desconfianza del FMI hacia la deuda estadounidense y analiza el avance del populismo en distintos países de Europa. Es una muestra más de que esa autocracia tan característica de Europa tambien amenaza como vaticinamos hace un año a los EEUU, donde las alarmas por el tamaño déficit presupuestario de 2010 (1,5 billones de dólares, cifra por encima de todo el PIB español) han llevado ya al presidente Obama a anunciar ajustes cada vez más orientados hacia el problema más preocupante de los países  desarrollados: la deuda y el déficit estructural a largo plazo. Vamos, que el decadente imperio norteamericano se aprieta el cinturón y por estos lares tendremos la suerte de celebrar las ultimas ocurrencias de Zapatero y de Rajoy.

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