Tengámoslo claro: lo malo no es el capitalismo, es la corrupción

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El presidente del BCE, Jean Claude Trichet, durante la segunda jornada de una reunión informal de ministros de Economía y Finanzas (Ecofin) de la UE en Godollo, al noreste de Budapest (Hungría), el 9 de abril de 2011. / Laszlo Beliczay (Efe)

Estamos en un momento en el que el debate ideológico debe avanzar. La actual crisis ha puesto sobre la mesa muchas instituciones que se han demostrado ineficientes o, por el contrario, han llegado embates a los que ni los Gobiernos, ni los organismos internacionales ni muchas empresas han sido capaces de capear. Pero lo peor han sido las malas prácticas generalizadas en la política, la economía y la sociedad. Una corrupción generalizada y capilarizada que ha corroído todo hasta que se ha derrumbado.

Sufrimos momentos de turbulencias nunca vistas y se alzan muchas voces contra nuestro sistema capitalista y presuntamente de libre mercado que impera en la actualidad. Es cierto que hacen falta reformas estructurales en muchas áreas, pero sostengo que lo malo no son las ideologías ni los modelos económicos.

Hay que dejar algunas cosas claras. Un Gobierno liberal en el siglo XXI, por muy austríaco que pretenda ser, debe tener claro que es vital contar con un sistema de solidaridad social, que contemple cobertura sanitaria, educativa, desempleo, defensa y demás cuestiones básicas, con especial atención a los más necesitados. ¿Qué se pueden pasar al sector privado determinados aspectos (infraestructuras, gestión administrativa etcétera)...? Se puede admitir.

Pero nadie puede aceptar unas diferencias abismales entre la gente, que además no nacen precisamente de la meritocracia. Cuando hablan de reforma del capitalismo, quiebra del modelo neocon etcétera, hay que hablar de determinadas reformas; cambios que resulta inaceptable que no estén sobre la mesa después de tres años de destrucción de riqueza y zozobra mundial.

Y no se trata únicamente de flexibilizar el mercado laboral, alargar el periodo para jubilarse, recortar las prestaciones en sanidad o en otro tipo de derechos ganados a lo largo de los tiempos. Hay otras cuestiones que no admiten demora, aunque no se habla ni a tiros de ellas.

Paraísos
En primer lugar, la persecución de los paraísos fiscales, que no son sino el receptáculo del dinero obtenido de manera ilícita en casi todo el mundo. No nos engañemos: la parte de capital de inversores que se lo han llevado para pagar menos impuestos no es lo mollar. En ellos está el dinero del narcotráfico, la venta de armas, las operaciones ilícitas de los Gobiernos (que haberlas haylas), las comisiones de los grandes contratos, las prebendas, las mafias, y un interminable etcétera. Ojalá sólo estuviera el patrimonio de los ricos que quieren aligerar su carga fiscal.

Un asunto que no puede habilitarse de la noche a la mañana, evidentemente, entre otras cosas porque las grandes potencias y sus mandatarios tienen mucho dinero colocado ahí, pero sería bueno un compromiso global para endurecer sus condiciones e ir reduciéndolos progresivamente. Que dejen de ser, en definitiva, una buena opción.

Entre otras cosas, hay muchos países hundidos en la pobreza porque sufren una continua fuga de capitales. Si ese dinero se repatriara, esos países resurgirían como un volcán en erupción. Claro que para ello deberían tener Gobiernos creíbles.

Otro apartado claro es el de la banca de negocios, tan experta en crear esquemas artificiales que nos han estallado en la cara, a pesar de que se nos vendían como la mejor vía para cubrir riesgos, en el colmo del dislate. Ahí están esos famosos productos estructurados con marchamo Lehman Brothers (triple A) que incluso en España se colocaban algo más baratos que los que ofrecían Santander o BBVA.

Estas entidades controlan todos los hilos del negocio. Realizan las operaciones corporativas, ya sean fusiones, colocaciones en Bolsa de empresa o nuevos instrumentos financieros. Asimismo, el sistema les considera las opiniones más cualificadas, por lo que son estas mismas firmas las que emiten informes que, evidentemente, nunca van en contra de sus intereses particulares. Son ellos, además, quienes manejan una red de clientes espectacular, a los que colocan todo lo que sea necesario.

Sus líneas ejecutivas fueron las que introdujeron la cultura de los bonus absolutamente estratosféricos, encaminando la gestión de la empresa a esos variables. Así, si colocando activos tóxicos ganaban más, sólo les interesaba aumentar la facturación, sin preocuparse de inundar los mercados de papelitos que no tenían respaldo detrás.

Estas mismas firmas son, además, los brokers de los hedge funds que tanto daño han hecho a la economía real, especulando contra los bancos españoles, por ejemplo, o contra las materias primas.

Los resultados son conocidos por todos: primero sufrieron pérdidas multimillonarias, después quebraron y precisaron de un rescate o intervención dirigida. A estos últimos se les fusionó y otorgó ficha bancaria comercial: lo que faltaba. Hoy, continúan a sus anchas como si no hubiera pasado nada. Lideran, por ejemplo, el proceso de reordenación de nuestras cajas de ahorros.

Debería haber una separación de áreas de negocio: el banco que quiera estar en el lado de las operaciones, que no emita informes y que no coloque entre sus propios clientes. Y el que haga recomendaciones, que no participe activamente ni tenga posiciones por cuenta propia en los mercados. Es increíble que todavía nadie haya reclamado algo así.

Activos tóxicos
En la misma línea, otro apartado claro a reformar es el de los activos fuera de balance. Las entidades financieras con exceso de ladrillo han sufrido una gran indigestión, pero las que han quebrado no lo han hecho por eso, sino por tener balances ingestionables e incalculables.

A una caja de ahorros en mal estado se le puede diagnosticar más o menos rápidamente y de manera fiable su agujero, por muy grande que sea. Lo malo de los bancos quebrados en EE UU y Europa es que no se sabe ni lo que tienen. Y por mucho dinero que se les inyectara, el hueco se les reabría. El mejor ejemplo es la aseguradora AIG, a la que hubo que enchufar 80.000 millones de dólares y al poco tiempo hacían falta otros 30.000 millones.

Ahora, viendo esto, ¿hay que nacionalizar los bancos o poner todo en manos del estado nuevamente? No es preciso ser tan radical. Hace falta un avance ideológico, por supuesto, y sobre todo, combatir a muerte con las malas prácticas. Por ejemplo, esas ideas deberían comenzar a impartirse en la escuela.

Si antes hablábamos de la Triple A de Lehman, otro apartado claro a reformar es el de las agencias de rating. Han fallado gravemente en todas las crisis y además, han puesto en jaque a Gobiernos y, por tanto, ciudadanos. Mientras mantenían la máxima calificación al banco de inversión citado en el momento de su quiebra. La calificación debería estar en manos supervisoras y además, deberían tener algún tipo de responsabilidad. No se puede subir o bajar el rating alegremente.

Pero hace falta avances de los hombres de la teoría política para que ofrezcan soluciones. ¿Cómo es posible que nuestro modelo de sociedad deje a tantísima gente descolgada? Teniendo la tecnología y los recursos necesarios, la pobreza y la frustración continúa abriendo brechas tan grandes como hace cientos de años.

Sin duda, es preciso un mayor y mejor reparto de la riqueza, pero no es preciso ponerse a enarbolar consignas bolcheviques del siglo XIX, sino eliminar las malas prácticas en primer lugar. Dicen que el que reparte se lleva la mejor parte. Es habitual que cuando en una empresa llega el momento de repartir beneficios, el que lo hace sienta la tentación de hacerlo.

Ahí está el argumento “la empresa es mía”, ignorando los compromisos adquiridos o la gente que ha participado en la generación de ganancias. Casi deberían dar gracias por trabajar, como decían los señoritos de ‘Los Santos Inocentes’.

Necesitamos pensadores. Políticos y filósofos. Se dice que la gran banca internacional ya es un ente al que la política no puede meter en vereda, porque esos bancos son la política. Son la realidad. Son demasiado grandes para caer. Han sido los grandes beneficiados de la época de bonanza, pero cuando han tenido que caer, eran demasiado peligrosos. Se les ha debido rescatar y ahora, en plena crisis, la salida pasa por importantes recortes sociales.

Es decir, se les ha debido rescatar con dinero público y ahora le pasan la factura a la sociedad. La cosa no puede quedar así. Tiene que haber un avance sólido, que realmente haga un mundo mejor. El siglo XXI tiene que dotar a la humanidad de eso que se llama sostenibilidad, pero de manera real y para todos. Que no quede en bonitos titulares de prensa.

1 Comment
  1. Dux says

    Srs……..El capitalismo es por definicion depredador…..Decrecimiento YA

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