El día del Impuesto

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Un grupo de activistas reclama justicia fiscal, el pasado 18 de abril, ante la Main Post Office neoyorquina (la central del servicio de Correos de la ciudad). / Pablo Bornstein

El 3 de mayo es el día del pistoletazo de salida. Comienza el plazo de declaración de la ‘Renta 2010’. Como dura casi dos meses, tiempo habrá para el comentario de alguno de los capítulos del Impuesto. Ahora sólo voy a hablar de una obligación constitucional –pagar los tributos que nos permiten vivir en una sociedad civilizada- cuyo reverso debería ser la manifestación de un derecho ciudadano fundamental. “Todos somos iguales ante la Ley”. De forma efectiva, según nuestra Constitución; que dice garantizar la igualdad y la libertad de los individuos removiendo “los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud” (artículo 9.2 CE). Son, obviamente, unas bellas palabras de valor relativo cuando las imprimimos en el libro de la vida real. Siempre. ¿Pero cuántas unidades de ese valor les quedan a las palabras constitucionales cuando el libro-diario en el que leemos y escribimos todos los días nos ha sido robado por la ambición de un grupo de poderosos sin escrúpulos? ¿Cómo nos ayudará entonces la Constitución? ¿No incluirá más que palabras vacías? Es, creo, una duda razonable fundada en la experiencia de las cosas.

Desde que hace tres años irrumpió en nuestras vidas la recesión financiera, casi todos tenemos la sospecha de que nuestros impuestos no van a parar a donde debieran. Igual que en las sangrías medievales, parece como si unas sanguijuelas nos chuparan la sustancia que aún conservamos con el pretexto facultativo de levantarnos el ánimo. ¿Pero se trata verdaderamente de nuestra salud? ¿No estará reanimando el Estado a otros a nuestra costa? Seguro que usted sabe quiénes son esos “otros”, empezando por las entidades bancarias para continuar después por los propios Estados que, exhaustos por apoyar a unos ingratos, se han quedado sin fuelle económico. Por lo demás, no somos los únicos a los que desvalijan los “otros”, pues todos estamos interconectados en la economía global. ¿Mal de muchos, consuelo de tontos? No siempre, depende de la respuesta de cada afectado.

En Estados Unidos, grandes empresas como Google o Microsoft practican el elegante deporte de constituir filiales o centros de beneficios en el extranjero (offshore profit centers) con la comprensible intención de eludir todos los impuestos que puedan en su país de origen; contribuyendo (no contribuyendo al erario) a hacer cada día que pasa, lo quieran o no,  un poco más grande el agujero del déficit federal. La agencia que (no) recauda con equidad los tributos en Estados Unidos, el Internal Revenue Service (IRS), calcula en 90.000 millones de dólares las pérdidas de esta evasión –absolutamente legal-, lo que supone casi una “minucia” si las comparamos con (lo digo así porque no me caben los ceros) el 1,6 billones de dólares de déficit previsto al cierre de este año. Bien: medalla de oro y record olímpico para Norteamérica en los juegos de las principales economías desarrolladas para ver cuál de ellas se suicida antes. Con el agravante en el caso estadounidense de que, si retornaran al país los beneficios acumulados en los centros extranjeros, tributarían al tipo de gravamen efectivo del 27%. Como, obviamente, las grandes corporaciones norteamericanas no están por la diplomacia del regalo, ese dinero se invierte en países más “listos”, como Holanda o Suiza. Paradoja final: el legislador de Estados Unidos ha cometido un disparate peor y mucho más costoso que tolerar la economía sumergida, que al menos se mueve por los desagües del propio país.

Uno de los carteles que portaron los manifestantes durante la protesta. / Pablo Bornstein.

Mientras los directivos y accionistas mayoritarios de General Electric o Cisco Systems se ciscan en el sistema (sic) fiscal norteamericano tomándose unas copitas a la salud del resto de sus compatriotas en el casino de Montreux, en el lado oeste del Atlántico las cosas discurren de una forma bastante distinta. Hace apenas dos semanas se celebró en Estados Unidos el Tax Day, o lo que es lo mismo: ese día es el último del plazo para entregar la declaración del equivalente a nuestro Impuesto sobre la Renta, que en la tierra del Tío Sam es un tributo federal. Generalmente, el Tax Day es el 15 de abril de cada año, pero cuando coincide con el fin de semana o es festivo (este año el 15 fue festivo en Washington al conmemorarse el Emancipation Day) se traslada al primer día hábil siguiente. En 2011 el Tax Day ha sido el 18 de abril, lunes, con el acostumbrado trasiego de contribuyentes en las oficinas de correos, que es el lugar oficial en el que se entrega la declaración tributaria.

En esta ocasión el aspecto del Main Post office de Nueva York ha tenido un colorido diferente a los cierres normales del período fiscal. Varias decenas de activistas de Us Uncut y de Coffee Party (me apunto a este partido) se hicieron pasar por estrafalarios ejecutivos de Bank of America y, al pie de las escaleras del edificio postal, recibieron muy amablemente a los sufridos contribuyentes que entraban a pagar el impuesto con la siguiente salutación: “gracias, neoyorkinos, por pagar vuestros impuestos, permitiendo que nosotros no tengamos que pagar los nuestros”. Mientras la justa aportación –fair share- del contribuyente medio norteamericano va a parar a sabe Dios qué bolsillos, la suspensión de numerosos programas federales de ayuda social abraza incontenible nuevos capítulos de gasto (y el presupuesto se recorta en idéntica medida), al mismo tiempo que las rebajas fiscales a las rentas altas aprobadas por el presidente Bush se mantienen, aunque deberían haber concluido en 2010.

Sin embargo, muy lejos de las oficinas postales, los dueños de las grandes empresas no han podido celebrar el Tax Day porque veranean todo el año. Por si no bastara su holganza contributiva, las devoluciones fiscales –multimillonarias todas- a entidades financieras como Goldman Sachs, Citigroup o el propio Bank of America continúan su recorrido habitual con el viento de popa. Pero los republicanos no se conforman con la pasividad del presidente Obama y quieren más bajadas de impuestos y menos gasto federal. Uno de los organizadores de la protesta pacífica contra estos abusos –Silvester Pondolfino-, a las preguntas formuladas por un redactor de Global Information Network, curiosamente un joven madrileño nacido en el barrio de Chamberí y fotógrafo de ocasión (suyas son las imágenes que ilustran este artículo y suyo es igualmente el testimonio de primera mano que yo les transmito aquí a ustedes), respondió lo que sigue: “Pretendemos que los ciudadanos se enfaden y que sus conciencias despierten del letargo que sufren; sólo de esta forma se iniciará un nuevo proceso político dirigido por una voluntad verdaderamente democrática que con el tiempo tenga alguna posibilidad de poner fin al monopolio bipartidista actual”.

¿Para nosotros tiene algún sonido doméstico el relato anterior, importado desde 5.000 kilómetros de distancia? Yo creo categóricamente que sí, no hay más que ver el lamentable estado de las cuentas públicas españolas y la injusta distribución de los impuestos en nuestro país. El sonido es el mismo en todo el mundo si vemos las cosas que a todos nos afectan con la única mirada real de la época que nos ha tocado vivir, que es una mirada trasnacional. Nos jugamos mucho en un espacio cada vez más estrecho.

El 3 de mayo se abre el plazo de la declaración de la renta en España. No seamos objetores fiscales y paguemos el Impuesto. Desde luego. Pero no seamos terneros dóciles conducidos al matadero. Paguemos y protestemos. Exijamos al Gobierno que respete nuestro derecho a la igualdad. Con todas nuestras fuerzas, de forma pacífica y organizada.

1 Comment
  1. J Mos says

    Lo del monopolio bipartidista me suena muy familiar. Al otro lado del Atlantico el burro (Democratas) y el elfante (republicanos). Aquí son gaviotas y humanos puños portando rosas.Quizás esa sea la razón de nuestras democracias de poca intensidad social, baja participación, y poca representación de la realidad social.

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