Las fronteras del 67

Mapa de los territorios palestinos. / Wikimedia Commons

Si los palestinos fundaran verdaderamente sus reclamaciones a Israel en las normas del Derecho Internacional exigirían un territorio más extenso. No se conformarían, como dicen, con que ambas partes regresaran a las fronteras del 4 de junio de 1967 -la fecha previa a la Guerra de los Seis Días- porque la comunidad mundial les otorgó en el acta de nacimiento de su Estado un derecho superior. Por la misma razón, en septiembre de este año la Autoridad Palestina pedirá formalmente a la Asamblea General de la ONU su reconocimiento como Estado independiente con unas fronteras mucho más reducidas que las que la propia ONU le reconoció hace 63 años. Y, sobre todo, lo que silencia la Autoridad Palestina (igualmente, aunque diga lo contrario, porque desprecia el Derecho Internacional) es que exige a la ONU que repita una votación constituyente de una entidad nacional sobre la que ya se pronunció afirmativamente en su día. La amnesia es casi siempre una enfermedad interesada.

El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU (Resolución 181) aprobó la partición de Palestina (27.000 kilómetros cuadrados) en dos Estados independientes, asignando a los judíos una proporción (el 54%) sobre el territorio total algo superior a la de los árabes. Además creó un enclave conjunto (Jerusalén y Belén), de unos 700 kilómetros cuadrados, bajo administración internacional. Como los palestinos (y sus aliados), violando la Resolución 181, rechazaron la partición de la ONU y tomaron las armas contra el Estado de Israel –constituido de forma efectiva el 15 de mayo de 1948, tras salir de Palestina las tropas británicas-, el Estado palestino no fue más allá del papel. Los palestinos entregaron su voluntad a la guerra de agresión contra Israel y perdieron la apuesta. La suerte (a ellos y a sus aliados) les dio la espalda. Los israelíes ampliaron su territorio hasta ocupar unos 20.700 kilómetros cuadrados (un tercio más de su lote inicial) de la superficie total del país. Los palestinos, en cambio, quedaron recluidos en dos islotes de tierra desconectados entre sí con una superficie conjunta de 6.242 kilómetros cuadrados: el más grande (Cisjordania), con una extensión de 5.879 kilómetros, y la franja mediterránea de Gaza (363 kilómetros).

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Además de esta amputación territorial sobre la superficie que les reconoció la ONU en 1947, los palestinos se encontraron, como he dicho, “recluidos” en lo que les quedaba de su territorio inicial, pero su encierro no les fue impuesto por ningún carcelero israelí. En abril de 1950, el rey jordano Abdullah se anexionó formalmente Samaria y Judea e incluso negó toda entidad política independiente al territorio que hoy conocemos con el nombre de Cisjordania, ya que poco después no existía ninguna distinción entre las dos riberas del principal río de la región: Transjordania mudó su denominación impulsada por su instinto colonial y se quedó en el sencillo y abarcador nombre de Jordania. Ya no había cisjordanos y no por culpa de los israelíes. Gaza, por su parte, quedó nominalmente bajo el gobierno del muftí palestino de Jerusalén, pero en realidad fue sometida a la administración egipcia. En 1959, el presidente Nasser, aburrido de jugar a las marionetas, acabó con cualquier vestigio de gobierno autónomo palestino en Gaza.

Entre los meses de febrero y julio de 1949, Israel y sus enemigos Egipto, Líbano, Jordania y Siria, de manera separada y bilateral, firmaron sendos armisticios en la isla griega de Rodas para acordar el alto el fuego tras la guerra de 1947-48 y, por lo que respecta a la situación de los palestinos, para fijar las correspondientes líneas de demarcación provisional (que no fronteras) que, en esencia, confirmaron los resultados de la guerra. Con esa finalidad, todas las partes habían aceptado previamente la Resolución 62, adoptada el 16 de noviembre de 1948 por el Consejo de Seguridad de la ONU, que las obligaba a delimitar unas líneas de armisticio que no deberían ser traspasadas por los ejércitos implicados. Por ejemplo, y como consecuencia de dicho compromiso, en la convención (que no tratado) firmada por Egipto e Israel se dice literalmente respecto a la línea de demarcación: “no debe ser considerada de ningún modo como una frontera política o territorial; está marcada sin perjuicio de los derechos, reivindicaciones y posturas de ambas partes en el momento del armisticio en cuanto se refiere al arreglo definitivo de la cuestión palestina”. Como a los cuatro acuerdos de armisticio se les adjuntaba un mapa que la dibujaba con ese color, a partir de entonces la raya de separación entre israelíes y palestinos es conocida con el nombre de línea verde.

Los palestinos, en el espacio menor que retuvieron después de la guerra con Israel, permanecieron encerrados en una cárcel, ya que ni los egipcios, y mucho menos los jordanos, les otorgaron jamás la independencia o una simple autonomía.  Así estaban las cosas el 4 de junio de 1967. Una semana después, Israel había ocupado (que no anexionado, a diferencia de Jordania) todo el territorio palestino como resultado de su victoria absoluta en una guerra defensiva contra la agresión militar comandada por Egipto, con sus auxiliares sirios y jordanos, contra el Estado hebreo.

Los palestinos, que son buena gente, tienen sin embargo dos defectos quizás no irrelevantes del todo. Son un poco amnésicos y no recuerdan las únicas fronteras que, dignas de tal nombre, han tenido en su historia: las de 1947. Son las fronteras que libremente rechazaron en uno de sus famosos juegos del todo o nada. Por otro lado, a los palestinos, como también se ha dicho, no les interesa demasiado el Derecho Internacional: no sólo por su olvido anterior, sino porque ahora (rematando una conducta sólo seguida durante los últimos años) además confunden los términos jurídicos: donde sólo hay la línea de un armisticio y un alto el fuego, ellos ven una frontera territorial precisa y definitiva. Pero también tienen una virtud estimable: son muy generosos con los israelíes y les hacen regalos porque el territorio encuadrado por esas hipotéticas fronteras es más exiguo que la superficie jurídica original, de la que ahora dicen no saber nada. Es una lástima, porque todo ello les aleja de los conceptos del Derecho Internacional y someten el debate con sus vecinos israelíes a algo que no les apetece mucho exhibirlo, a su reconocimiento paladino de que exigen de los israelíes la devolución de un territorio que no es producto del Derecho sino la consecuencia y el resultado de una guerra adversa para los reclamantes. Pero no hay dudas. Como dice el Acuerdo de Armisticio suscrito entre Israel y Jordania el 13 de abril de 1949, “las disposiciones del presente acuerdo están dictadas, exclusivamente, por consideraciones militares”.

Lamento haberme extendido demasiado, pero los antecedentes referidos, que pueden consultarse en la documentación de la época, nos permiten, tras los datos objetivos de la realidad, efectuar ya algunos juicios de valor.  Pero antes conviene recordar también que en la famosa Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada en 1967 poco después de la Guerra de los Seis Días, se exhortaba a las partes a negociar unas fronteras seguras y reconocidas, que sustituyeran a las líneas de demarcación del armisticio para lograr una solución pacífica definitiva.  Si dicha Resolución hubiera trazado esas fronteras, habría sido absurdo que en los Acuerdos de Oslo y en la Declaración de Principios sobre un Gobierno Autónomo suscrito entre Israel y la OLP el 13 de septiembre de 1993 (con la firma, entre otros, del actual Presidente de la Autoridad  Palestina, Mahmud Abbas), se estableciera, como se establece, que uno de los objetivos básicos de la negociación era precisamente la delimitación de las fronteras entre las partes. La ONU, en 1967, estableció referencias para una paz definitiva y no fronteras.

A partir de ahora vienen mis juicios personales. Los que creen que la retirada israelí a las “fronteras” de 1967 y la evacuación de los colonos de Cisjordania son una condición –la única posible- para la paz, olvidan que, incluso antes de su fundación como Estado, Israel fue agredido por sus vecinos cuando no existían esas fronteras, sino las mucho más limitadas (para los israelíes) de 1947, reconocidas y supuestamente garantizadas por la comunidad internacional. Igualmente pasan por alto que Israel fue atacado cuando no había ni ocupación militar, ni colonos y asentamientos en territorios distintos a los originarios de 1947. Sin contar las bombas humanas y los misiles que llegan a su población desde el otro lado de las “fronteras” de 1967. Sólo ahora la Autoridad Palestina dice reconocer esas fronteras, que para Hamás (los nuevos socios de Al Fatah en el proceso de unidad nacional de los palestinos) no han existido nunca ni existirán. Porque para Hamás no se trata de liberar territorios que conduzcan a la paz, sino del triunfo de su objetivo existencial –el que dota de identidad a los islamistas- que es expulsar (o en otro caso matar) a los judíos israelíes de Palestina y de todo el Oriente Medio.

El presidente Obama y el primer ministro Netanyahu andan enfrentados estos días a cuenta de las fronteras del 67. Obama (aunque luego lo ha matizado) ha llamado fronteras (y no líneas militares de demarcación)  a unas rayas sobre el terreno que no lo son. Pero, a pesar de ello, es mucho más razonable que Netanyahu, porque el premier israelí está utilizando en su propio beneficio (y en el de sus numerosos partidarios en Israel) las repetidas violaciones del derecho internacional cometidas por los palestinos a lo largo del tiempo. El jefe del Likud las toma como un pretexto que justifica según la vista de sus ojos de halcón los agravios de signo contrario perpetrados por Israel contra esas mismas normas del derecho de gentes, como son la ocupación militar y la colonización de los territorios palestinos de Cisjordania (todos ellos incluidos originariamente en el Estado palestino en la partición de 1947). Esos argumentos no tienen peso, al menos para los que no creemos en un supuesto derecho de conquista. Una cosa es maniatar a un enemigo para que no vuelva a las andadas. Otra muy distinta es robarle. Los palestinos mienten, pero Netanyahu hace lo mismo. Porque su invocación más o menos explícita de los derechos bíblicos de los judíos sobre Judea y Samaria (además de constituir un señuelo engañoso, que eso es lo de menos) son irrelevantes en términos jurídicos y no pueden dar cobertura moral a los compromisos internacionales de Israel, que están muy claros. Pero es que, además, el pretexto religioso no es capaz de ocultar los verdaderos motivos de la colonización, que son de raíz económica y de alivio de las presiones demográficas que soporta Israel. Algo inaceptable a pesar de todos los pesares que los israelíes han padecido con el viento que soplaba del lado palestino.

Ningún gobierno israelí  ha tomado la iniciativa, salvo respecto a los altos del Golán sirios, de apropiarse por anexión de los territorios de los vecinos, incluidos los palestinos. Es cierto que ha habido cambios demográficos en la zona, pero todos los colonos eran conscientes de que se instalaban en territorios que no eran de Israel. Como los cabezas de familia eran mayorcitos cuando ocuparon Cisjordania, resulta grotesco que, amparados por las fuerzas armadas de su país, invoquen a su favor la doctrina de fuerza, pero en el fondo infantil, de unos hechos consumados por ellos mismos y que sólo a ellos favorecen. Desgraciadamente, los problemas, desde el punto de vista de la legitimidad jurídica, política y moral (que son los adjetivos que cuentan) están actualmente en el mismo lugar en el que ya se encontraban en 1949, amarrados a la línea verde del armisticio. Naturalmente, la realidad dice otra cosa y su voz habla de atentados, muros, ocupación y violencia. Pero todo eso, que son huellas que no pueden borrarse ni del pasado histórico ni de la memoria actual de los contendientes, sí debe desmontarse ya, ahora mismo. Del lado israelí, me atrevería a decir que unilateralmente y sin contrapartidas, pues la permanencia de la colonización pone en riesgo su entidad moral y compromete su futuro democrático.

Israel debe mostrar cordura ante las amenazas que le esperan a la vuelta de la esquina, sobre todo las que le impone la demografía y, últimamente, las revueltas árabes en la región. Cuando Netanyahu se jacta de la fortaleza, de la democracia y de la prosperidad económica de su país, dice la verdad, pero se equivoca al utilizar esos conceptos como armas infalibles y conformistas que apuntan hacia el futuro de los israelíes. Netanyahu es demasiado pragmático, es un miope que sólo vislumbra el corto plazo, un ignorante en las carreras de medio fondo que sólo ganan los que se guardan en los pulmones el oxígeno necesario –la paz y la estabilidad- para mantener la velocidad de crucero que asegura seguir corriendo en buenas condiciones.

Sin embargo, descolonizar no significa en absoluto dejar a un lado la seguridad de los israelíes. Con Estado palestino o sin él. Sería ridículo e ilusorio (como pretenden muchos bienintencionados en los negocios que no son suyos) exigir a Israel que se desentienda, en los territorios palestinos, del contrabando de armas, de la información militar o del control de fronteras con los Estados vecinos a esos territorios. Mucho menos ahora, con el acuerdo nacional intrapalestino que va a permitir el ingreso de Hamás en las instituciones de la Autoridad Palestina. Este dato de la realidad hace desde luego muy sospechosas las proclamas de paz de dicha Autoridad, y aún menos creíble y fundada su apelación unilateral a la Asamblea de la ONU para que reconozca a los palestinos como propietarios de un Estado independiente en septiembre de este año.

Una precisión última sobre Hamás. Hamás está catalogada por Estados Unidos y la Unión Europea como organización terrorista. Sin embargo, está muy extendida la opinión de que dichas instituciones han ilegalizado, boicoteado y privado de fondos y reconocimiento a un grupo político que ha ganado varias consultas democráticas organizadas por la Autoridad Palestina y está legitimado por su pueblo. Según esa opinión, se ha proscrito a Hamás simplemente y de forma directa e inmediata porque dicho grupo es enemigo de Israel. Son tres cuestiones distintas. Las dos últimas son enteramente ciertas: Hamás es un enemigo frontal de Israel y, antes de la guerra civil palestina, consiguió un respaldo mayoritario de los electores. No obstante, la primera cuestión (la supuesta incompatibilidad entre terrorismo y democracia, lo que haría tolerables a todos los grupos resistentes bendecidos por las urnas) es radicalmente falsa. Hitler y sus amigos nazis, sin ir más lejos, llegaron al poder en Alemania con un voto abrumador de su población. Pero no creo (y no lo creyó nadie ajeno a ese cuerpo electoral) que a estos demócratas instrumentales les asistiera ningún tipo de razón, más allá de la consistente en ganar las elecciones alemanas, cuando decidieron ocupar los Sudetes o anexionarse manu militari la Silesia Polaca. Los palestinos pueden confiar su futuro a quien les dé la real gana, faltaría más. Pero esa es una cuestión interna que sólo les compromete a ellos. Nadie tiene derecho a exigirle a Israel que permanezca impasible y con los brazos cruzados frente a un grupo palestino que debe su razón de ser a su pretensión de suprimir la presencia de los judíos en cualquier lugar de Oriente Medio. Hamás, naturalmente, tiene un ideario muy distinto al Partido Nazi alemán, pero sus medios de acción política son idénticos en una cosa: los islamistas y los nazis carecen de límites. Sólo existen ellos y por eso la realidad debe amoldarse completamente a sus gustos. Algunos cometieron el error de pensar que se podía negociar con los nazis. Todos los contemporáneos pagaron con creces este error de apreciación sobre la mentalidad de los nazis, especialmente los judíos europeos. A pesar de que la Historia no debe extrapolarse a la actualidad de los problemas específicos de Palestina y el Oriente Medio, ¿no deberíamos desde fuera de la zona comprender en todo lo que valen las sospechas fundadas en la realidad de los hechos (o, si se quiere, los prejuicios) de Israel sobre las intenciones últimas del islamismo? En este caso reina una práctica unanimidad en la sociedad israelí de que no se puede negociar nada con un gobierno palestino compuesto total o parcialmente por miembros de Hamás. Puede que, en teoría, a los israelíes no les asista en este caso la razón pura o especulativa. Respecto a la razón práctica, la de sus relaciones cotidianas con los palestinos, creo que su instinto ni les traiciona ni les aleja de la realidad.