Los sodomitas ya sabemos (los que no lo somos) lo que hacen, pero los gomorritas siguen inéditos

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Alan Greenspan. / Wikimedia Commons

Ninguna teoría conspirativa puede culpar al diablo de que el hombre sea un átomo orgulloso y egoísta. Ojalá fuera también un átomo solitario para que no hiciera daño, pero, como no puede dejar de vivir en comunidad, se agrupa con los miembros de su especie. Eso es como salir de Málaga para entrar en Malagón, pues las ventajas que proporciona la vida en común a menudo son inferiores a los desastres que a una sociedad tan imperfecta le causan los más ambiciosos de sus miembros, los grupos de enredadores y aventureros sin escrúpulos que compiten entre sí por dominarla. Como diría Kant, del leño torcido de la Humanidad no puede salir nada recto. Antes y después de Cristo, el ser humano es lo que es y no parece estar en su mano modificar demasiado sus instintos. Pero no hay alternativa a vivir en sociedad, a caminar dando saltos inesperados y a intentar prevenir los retrocesos. Es lo que tiene esta especie: en el mejor de los casos sus logros son modestos, y en el peor los asociados se regalan con gran naturalidad y reciprocidad unas convulsiones tremendas.

Otra cosa es la belleza de su lenguaje, las aspiraciones humanas puestas por escrito, también difundidas por la radio y en las televisiones, de que el viejo mono loco llegue a ser un ángel. Pero, ojo: los dictadores de la moral quieren dos categorías homogéneas y abstractas en las que no pueden entrar los mestizos. Han creado dos contraposiciones angélicas, la de los querubines sin posibilidad de culpa y la del ángel caído y lleno de maldad. La izquierda y la derecha. Los buenos y los malos. Los pobres y los ricos. El yin y el yang. Todo sin mezcla posible.

¿Maniqueísmo? Desde luego. Pero esa dualidad del bien y el mal (los de derechas suelen ser igualmente duales con otro lenguaje, el de los símbolos religiosos , incluido el del ángel-policía que guarda el paraíso conservador con la espada de fuego y el letrero que dice “reservado el derecho de admisión”) es un principio confortable. Les da a muchos una patria moral y psicológica en la que pueden domiciliarse a resguardo de la intemperie. Y también es un refugio para la esperanza de que, más tarde que temprano, el futuro será mejor. Según ese relato, justiciero y consolador al mismo tiempo, los malos (los de derechas) deben ser expulsados de la ciudad y purgar sus culpas en los tribunales del Infierno. La Sodoma contemporánea que es la unión incestuosa entre Wall Street, los políticos desreguladores del Imperio y sus acólitos del otro lado del océano, debe ser arrasada desde sus cimientos. Como en el relato bíblico, en esa Sodoma no vive ni un solo justo y todos sus habitantes están condenados por el juicio de los hoy damnificados, que nunca han colaborado con los malvados ni se han beneficiado, en momento alguno, de sus desmanes.

La Sodoma moderna ha deshonrado nuestra inocencia virginal de los largos y prósperos años anteriores al estallido de la gran burbuja financiera. Esos años en los que el crecimiento de las economías occidentales parecía que no iba a tener fin. La Edad de Oro del Dinero en que Alan Greenspan fue tan popular como Madonna, el decenio de los prodigios de la Reserva Federal, del renovado sermón de los panes y los peces obra del mago que la dirigía. Al que –si bien ya lo hemos olvidado- se le envolvió con la admiración no unánime pero sí espontánea, numerosa y agradecida, y emplazada para la ocasión precisamente al grito de Master! Como podría haber dicho en el año 2000 un lector malicioso de Bob Woodward y de su best seller biográfico del personaje: “Maestro, aunque la mayoría se pregunta si realmente eres el hijo de Mamón, algunos pocos estamos preocupados de que a la larga no seas más que el Padre del `Boom´”. Al final se cumplió el vaticinio. La lista de damnificados es hoy inmensa. Muchos son inocentes del todo y otros no tanto. Se dejaron querer un poquito y, aunque ahora se quejan, entonces se rieron de Casandra.

En conclusión: a los sodomitas hay que hacerles lo que ellos nos han hecho a nosotros. Ahora bien, frente a la profusión de detalles que nos da la Biblia sobre la corrupción de Sodoma, su relato la empareja –en su destrucción divina- con Gomorra, de la que, a pesar de ello, no nos proporciona ni el más escueto pliego de cargos. ¿Quiénes eran esos gomorritas de los que no se nos dice nada en absoluto y que, sin embargo, fueron simultánea e igualmente castigados por la ira de la Justicia? ¿Cuáles eran sus pecados? Obviamente, debieron ser, si no los mismos, muy parecidos a los de sus parientes cercanos de Sodoma. Al fin y al cabo los dos compartieron la misma y trágica suerte.

La Gomorra contemporánea también debe de tener cierto parentesco con el complejo político-financiero que es la Sodoma actual, a la que muchos de nosotros acusamos, muy acertadamente, de ser la culpable de la recesión. Sodoma y Gomorra son parientes cercanos por afinidad, es decir, son parientes políticos. No por su naturaleza inicial, porque sus nombres son distintos y, con ellos, sus señas de identidad y sus marcas de respeto social. Pero –en el fondo- las dos ciudades hicieron lo mismo hasta hace apenas tres años, durante los tiempos del crecimiento y la prosperidad continuos: cebaron a los terneros hasta que fueran no ya vacas gordas, sino vacas salvajes y monstruosas que, como ya no cabían en el establo, acabaron derrumbando la casa entera. Con todos nosotros dentro.

A algunos gobiernos autoproclamados, sedicentemente, de izquierdas, la crisis también les ha sorprendido con el paso cambiado, es decir, con el pie a la derecha. Con el déficit y la deuda en máximos, ahora nos ahogan con sus ajustes a la desesperada. ¿Nos suena esta melodía, por ejemplo, a los españoles? No le echemos la culpa, sin más, a los mercados. Las famosas políticas sociales, en sustancia, han sido un keynesianismo de parroquia. De aquellos barros vienen estos lodos. Una política genuinamente keynesiana de expansión de la demanda (con cargo al presupuesto y al sistema fiscal) habría potenciado el sector público invirtiendo mejor en educación, en investigación o en infraestructuras y equipamientos urbanos más racionales y eficientes (con menos AVES y Palacios de la Justicia, por citar sólo dos capítulos del gasto más reciente). En lugar de eso, el Gobierno abrió las compuertas del dinero de todos dando salida a un caudal que ha ido a parar a manos ociosas en la circulación de la riqueza, el consumo y la inversión. La devolución de los 400 euros, los premios tutti quanti por natalidad, las gracias fiscales a quienes menos las necesitaban (como la supresión material del Impuesto sobre el Patrimonio)… Quizás lo más incoherente hayan sido las deducciones fiscales a los intereses por compra de activos (sobre todo inmobiliarios) en una época caracterizada por el dinero barato y la expansión del crédito, alentando aún más la formación de burbujas en sus precios. Algunas de estas medidas incluso se adoptaron cuando ya estaba en ámbar el piloto que anuncia siempre la tempestad y los demás cambios bruscos en los mapas del tiempo económico. Lógicamente, el motor del coche se ha gripado.

Hay quien destruye el sector público en nombre y representación del propio sector público. Y termina por arrastrar en su caída a la fuente de la que procede la financiación –vía impuestos- de todo el aparato institucional que le permite a una sociedad vivir de manera civilizada, con un grado avanzado de cohesión y solidaridad interna. No es éste un mal programa para una izquierda real. Al margen de los nominalismos y de la política concebida como un ejercicio de solipsismo y ciencia ficción. En el que (¡ay!) será ya para siempre su último libro –con el título tan oportuno de “El refugio de la memoria”- Tony Judt se vio una vez más obligado a “recordar” su deber de aguafiestas. Como socio, ya póstumo, de lo que queda de la izquierda -verdaderamente inédita por falta de uso en los últimos años-, el gran Judt (pág. 217 de la primera edición en castellano) dice: “trato mi disciplina como dependiente en primera instancia de los hechos, no de la `teoría´”. Ah, la teoría, esa hija adoptiva que hace tan feliz a sus papás. En la práctica, el Estado (en todos sus niveles territoriales, contradiciendo la supuesta "España plural" del amigo Narcís) es el moroso más grande en la lista del cobrador del frac. No paga a sus proveedores, cierra empresas por sus tardanzas de pago y destruye empleo a mansalva. Necesitamos otra izquierda. Y una teoría que escuche la realidad de la calle. Una teoría completa. Porque ese nombre -el de "calle"- es un concepto propiedad de todos. No imitemos el viejo orgullo de Fraga, pero a la inversa, de la calle es mía. Un buen foro es aquél, desde luego, en el que todos podemos hablar. Pero también es el sitio que pueden cruzar los autobuses municipales.

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