Rubalcaba blinda el Congreso a decenas de miles de demócratas indignados

Imagen de los miles de 'indignados' que participaron ayer en Madrid en la concentración convocada por Democracia Real Ya. / Victor Lerena (Efe)

El movimiento del 15-M dio ayer una lección de participación, compromiso y civismo. Centenares de miles de personas volvieron a dar sentido a las calles y plazas de cerca de setenta ciudades españolas y pusieron en su sitio a los mercachifles del Apocalipsis, incluido el presidente del Congreso, José Bono, que hace solo unos días se ponía muy digno ante las cámaras (de televisión, por supuesto) para recordarnos a todos en manos de quién está el ejercicio legal de la violencia y, al tiempo, animar al ministro del Interior y próximo candidato socialista a la presidencia del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, a aplicarla con firmeza ante cualquier intento de secuestrar la democracia, como si la calidad democrática de un sistema solo se mediera por el número de helicópteros de que dispone la autoridad para hacer llegar a los presidentes autonómicos a las sedes de sus parlamentos cuando los ciudadanos cabreados se dan cita ante sus puertas. Y Rubalcaba debió de tomar nota, porque aunque estaba vacío y no se veía a ningún diputado por allí, convirtió ayer el Congreso de los Diputados en un auténtico búnker al que, a cuatrocientos metros de sus leones, arribó una marea de decenas de miles (40.000 según la Policía, 150.000 según los organizadores) de pacíficos e indignados demócratas. Las bravatas y las amenazas de firmeza solo sirven, desde ayer, para calificar a sus ‘socialistas’, ‘populares’ y ‘convergentes’ autores. La imagen de un Congreso secuestrado a sus propios ciudadanos debería hacer pensar a nuestros responsables políticos, que, sin embargo, siguen ausentes, ajenos, como si no estuviera pasando nada.

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Pero sí está pasando. Convocados por el movimiento Democracia Real Ya, cientos de miles de personas volvieron a reclamar en la calle una solución justa a sus problemas. Decenas de miles de ciudadanos volvieron a gritar ayer que otra forma de hacer las cosas es posible, que las personas importan más que los mercados, que la corrupción no cabe en la política, que la crisis tienen que pagarla los que la provocaron, no los que la padecen… Y lo hicieron con alegría, sin ira, como decía la canción, aunque motivos para algo más que el resentimiento seguro que tiene un buen puñado de ellos.

En Madrid, las seis manifestaciones confluyeron, pasadas las 13,30 horas, en la Plaza de Neptuno, donde se fue apretujando una avalancha de jóvenes y no tan jóvenes, familias, y hasta padres y madres con niños chicos –como se decía antes- que desmontaron con su sola presencia el tinglado del miedo que determinada ‘clase’ política y mediática se ha ocupado de alimentar en las últimas semanas. No hubo ningún intento de atravesar el cordón policial, ni un huevo, ni un globo de agua, nada de nada. Quizás porque ya hemos aprendido que lo importante no es atravesar los cordones, sino juntarnos para gritar a los que quieran escuchar y a los que no quieran escuchar -incluidas las televisiones de medio mundo; también Telemadrid- que la democracia no se fortalece con cordones policiales. De hecho, la Plaza de Neptuno parecía ayer la explanada del Festival de Woodstok y yo solo eché de menos un blues de Jimi Hendríx que me refrescara el alma en medio de la abrasadora solanera. Uno de los momentos más emotivos de la marcha, por lo menos uno de los momentos más emotivos para mi, fue la protesta permanente que protagonizaron los indignados de la columna del sur, la que venía de Atocha, al pasar por la Embajada de Siria, frente a la que un grupo de hombres y mujeres de aquel país reclamaba, banderas en mano, dimisiones, paz y democracia.

Otro asunto que me llamó especialmente la atención fue el explícito recado que enviaron ayer los ‘indignados’ a patronal y sindicatos. Los gritos a favor de una “huelga general indefinida” que se escucharon durante la marcha cobraron categoría de propuesta en el momento que los convocantes la recogieron y apostaron por abrir en todas y cada una de las asambleas de barrio la posibilidad de convocar una huelga que paralice el país. Si yo fuera Ignacio Fernández Toxo o Cándido Méndez, que no lo soy, reflexionaría sobre la capacidad de movilización de este movimiento independiente, plural, y todavía deficientemente organizado, que es capaz de concentrar bajo sus pancartas a cientos de miles de ciudadanos (trabajadores y parados en su mayoría) y que amenaza con invadir un territorio reservado en exclusiva, hasta la fecha, a los sindicatos. Las centrales sindicales han convocado para el próximo 22 de junio una manifestación, coincidiendo con las que se celebran en distintas capitales europeas para protestar contra el Pacto del euro, cuya ratificación por el Parlamento Europeo está prevista para el próximo día 27 y que incide, de nuevo, en las recetas de los recortes salariales y sociales como instrumento para superar la crisis. Las comparaciones siempre son odiosas, pero las fotografías de las protestas sindicales en Madrid dentro de tres días podrían sacar los colores a más de uno. Por otro lado, si fuera Juan Rosell, que tampoco lo soy, también estaría preocupado, ya que, quizás, en el nuevo conflicto social que se avecina esté en juego algo más que medio punto de cotización empresarial a la Seguridad Social.

Manos blancas y símbolos de la paz en la manifestación convocada en Barcelona. / Marta Pérez (Efe).

La protesta más numerosa, sin embargo, no fue la de Madrid, sino la de Barcelona, donde cerca de 100.000 personas  (75.000 según el Ayuntamiento), se manifestaron pacíficamente. Curiosamente, el único incidente se registró cuando dos agentes de los Mossos d’Esquadra de paisano fueron descubiertos y algunos participantes en la marcha les increparon. Curiosamente también, fueron los responsables de seguridad del colectivo convocante los que les protegieron hasta que abandonaron la zona.

Las manifestaciones y concentraciones se celebraron en 66 ciudades españolas y reunieron a 25.000 personas en Valencia, en donde la convocatoria y las consignas aludieron expresamente a la corrupción (hubo una parada especial frente a la residencia de la alcaldesa, Rita Barberá, que, por lo visto, ha denunciado los hechos al ministro del Interior), 16.000 en Galicia; 15.000 en Palma; 50.000 en Andalucía (más de 7.000 en Sevilla); 30.000 en Canarias, 20.000 en el País Vasco; 5.000 en León y Santander; 20.000 en Zaragoza…

Y también hubo indignados concentrados en otras 63 ciudades de más allá de los Pirineos. En París, un centenar de ellos fueron detenidos por la policía. Fuera de Europa, se registraron protestas en Buenos Aires, Quito, Nueva York y Japón… Mañana, más y mejor.