Agencias de rating: entre la incompetencia y la corrupción de nuestros políticos

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Silvio Berlusconi, en una imagen del pasado 1 de julio. / Guido Montani (Efe)

Si no llegan reformas, ocurren estas cosas. Los ataques de los especuladores no sólo se dirigirán contra los PIGS, sino contra los países que presuntamente están mejor, es decir, los que no son Irlanda, Grecia, Portugal... o España. Lo de “presuntamente” es importante, porque nadie dice nada de Reino Unido, los bancos alemanes, Italia o unos Estados Unidos que o se ponen de acuerdo o suspenderán pagos en agosto. Así, como suena. Todos ellos son carne de cañón, también.

La situación en Grecia se ha complicado y hecho necesaria una reunión de urgencia, ya que los mercados han vuelto a protagonizar una semana tempestuosa. Toda la Europa VIP aterrorizada, debido a la irrupción de Standard & Poor´s en el peor momento. ¿A qué obedece esa aparición? ¿Quién era el cliente que solicitaba esas opiniones? S&P ha sido una estrella no invitada que esta vez ha hecho polvo a los grandes.

La agencia dijo, sin cortarse un pelo, que el rescate diseñado para Grecia equivale a un impago. A partir de ahí se disparó el pánico. Y en Bruselas, ahí es nada, se pusieron a arremeter contra las agencias, como si las hubieran descubierto de repente. Entre otras cosas, Alemania y Francia serían los grandes afectados por un default griego.

Sin duda, los altos políticos y economistas de la Unión Europea no recuerdan casos como el de Enron, que se llevó por delante a la auditora Arthur Andersen, ni los de Parmalat, Lehman Brothers, Bear Stearns, Fanny Mae o Freddi Mac. Todas cayeron, pero todas tenían unas magníficas calificaciones crediticias. Aún recuerdo cómo, después de certificarse la suspensión de pagos de Parmalat, a continuación llegó la rebaja de S&P a ‘D’, es decir, default. Fue algo muy útil para todos los gestores españoles que la tenían en cartera porque era ‘triple B’.

Dicen que S&P quiere ganar credibilidad y lo hará empleando una enorme severidad. Y esto es lo que tiene el hecho de, o no llegar, o pasarse. La anterior laxitud provocó que la quiebra de Lehman Brothers le pillara a todo el mundo dentro. Ahora, se trata de salvar a Grecia, y la presunta rectitud de S&P puede dar el tiro de gracia.

Lo mismo vale para Italia. La agencia le metió el dedito cuando el país que comanda Berlusconi estaba tan tranquilo, como si la crisis no fuera con ellos. Lo que le faltaba a don Silvio, que encima, ha tenido una semana redonda con la histórica sanción impuesta a su empresa, Fininvest.

La reforma sobre las agencias de rating es una de las cuestiones pendientes a reformar en esta crisis. Sólo lo han intentado algunos idealistas románticos y poco informados. Lo mismo que la de los bancos de negocio.

Resulta patético que mientras todos los factores que desencadenaron la crisis continúan operando a su antojo y más fuertes que antes, los políticos y gobernantes se sorprenden cuando vuelven a reproducirse los problemas. Continúan Goldman Sachs y compañía manejando los mercados. Sigue la especulación en derivados sobre todo tipo de activos, especialmente ahora los de primera necesidad, es decir, las materias primas. Por supuesto, las agencias de calificación crediticia siguen a su aire.

Cuando a un toxicómano con el síndrome de abstinencia se le suministra una nueva dosis, se le pasa el mono durante un rato, pero al poco tiempo está peor. Eso y no otra cosa es lo que está ocurriendo. Ya se pueden ir rescatando países y entidades con dinero público, que sólo con esto no se van a superar los problemas. Se irán reproduciendo continuamente, aunque en el camino habrá más paro, más derechos sociales en entredicho y, en definitiva, más pobreza.

Hay que reformar las agencias de rating y también a nuestros políticos, cuya ineptitud e incompetencia se demuestra con una crudeza palpable a cada momento. O eso, o es que son lo más corrupto del mundo y no hacen nada a propósito para que todo siga igual, obteniendo beneficios personales, claro.


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2 Comments
  1. FRANCISCO PLAZA PIERI says

    No son pocos los análisis que a diario se publican en toda la prensa española y de otros lugares. Habría, sin duda, para producir un amplísimo volúmen con ellos, así como con nuestras propias subjetividades al respecto.
    Adjetivar, una vez más a esos -valga-, linces, sería desdecirse en lo expresado hace un instante.
    Pues bien, nos preguntaremos ¿cómo hemos de entender que alguien que está haciendo lo oportuno al caso sea castigado con sobrecargas?
    ¿Quién o quienes se benefician de ello?
    ¡Que se nos diga de una ‘p…’ vez por qué camino conducirnos para que, cuando otros países no actúan convenientemente sean ellos y no otros los perjudicados!
    ¡¡¡Ingenuidad!!!, de mi parte.
    ¡¡¡Ladrones!!!, de la vuestra.

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