Desgobierno y desigualdad pasan factura

Imagen de archivo de Nicolás Sarkozy charlando con la canciller de Alemania, Ángela Merkel. / Efe

El desgobierno y la desigualdad, además de haber sido advertidos como principales riesgos económicos, habían sido sometidos a estimaciones de costes. Estos ya han sido ámpliamente superados sólo con las crisis surgidas este verano, sin necesidad de esperar al peligro de que aboquen a otra recesión mundial.  Cómo afrontar ambos peligros debería ser la prioridad del contenido y de las valoraciones de resultados del encuentro de hoy entre Ángela Merkel y Nicolas Sarkozy, así como de otras próximas cumbres de la UE o internacionales.

Ambos mandatarios, que por la importancia y función histórica de sus países lideran la Unión Europea, han reconocido implícitamente el vínculo entre desgobierno y crisis actual, al presentar esta cumbre como destinada a encarar la inquietud de los mercados y anunciar que estudiarán medidas más efectivas para mejora la gobernanza de la UE. Las relaciones de su agenda con el problema de la igualdad han quedado de manifiesto incluso en los pronósticos de grandes especuladores internacionales como Georges Soros y Nouriel Rubini, al descartar que se pueda cerrar la dinámica de paquetes de ajustes que reducen la igualdad y amenazan con menor crecimiento sin una presunta “unión de transferencias” entre los países: integración de las políticas fiscales, emisión de bonos europeos o concreción de sanciones y mecanismos de salida del euro.

Publicidad

Previsiblemente los problemas de desiguadad y desgobierno serán igualmente tratados como mayores riesgos globales en las reuniones de otoño del G-8 y en la anunciada para noviembre por el G-20. Y ello porque ambos asuntos, junto a los desastres naturales y otros aspectos de la actual crisis, perjudican más a los pobres y se presentan crecientemente vinculados, lo que ya preocupa muy claramente a la inteligencia económica mundial.

Inquietud mundial ante los riesgos

En efecto, ya antes de que este verano los dirigentes de la UE y de los EEUU manifestaran su incapacidad para llegar a acuerdos sobre el reparto de ajustes para afrontar la actual crisis de la deuda sin deteriorar aún más las perspectivas de crecimiento para los próximos años, organizaciones internacionales, tanques de ideas, fundaciones, servicios de estudios y universidades afrontaron el inicio de este año con creciente preocupación.

Circularon ya entonces al empezar el año estimaciones de los riesgos de la desigualdad y desgobierno mundial que los presentaban como los dos mayores peligros de crisis sistémica, al relacionarlos entre sí y con otros destacados problemas, caso de la alimentación, la seguridad económica y la predicción y gestión de grandes riesgos y desastres naturales. Las previas voces de alarma llegadas desde el Fondo Monetario Internacional, el G-20, la ONU (cuyos programas ajustan por la desigualdad el índice de desarrollo humano del PNUD), la revista The Economist y el World Economic Forum (WEF) de Davos, y en especial la última, asumieron la desigualdad como el mayor desafío mundial y empezaron a competir con las socialistas y radicales en su resolución. Justo cuando el Estado suscita dudas sobre su capacidad de seguir siendo instrumento a largo plazo, por la tendencia a agravar las crisis de deuda en los países desarrollados ante las tendencias al envejecimiento de la población.

El mapa de riesgos globales para la presente década lanzado a mediados de febrero en la cumbre de Davos por el WEF mediante encuesta a mas de 500 líderes globales (empresarios, políticos, financieros e investigadores) reflejaba claramente esa creciente preocupación por la desigualdad y su interrelación con el desgobierno mundial y las catástrofes naturales. Incluso llegaba a ofrecer una estimación económica de los 37 principales riesgos globales, su comportamiento y registro de su evolución, así como la percepción de probabilidad de su fuerza e impacto sobre el sistema mundial. La veintena de riesgos “muy probables” identificados por los expertos para la década que se inicia este año han sido estimados en 9 billones de dólares (trillion americanos). Otros tantos “riesgos probables” costarían 4 billones adicionales.

Tales estimaciones económicas, que representarían para toda la actual década apenas una cuarta parte del PIB mundial de un año (cerca del 2% anual sin acumular, cuando las valoraciones de los ajustes necesarios ya superan ampliamente esa estimación) estaban muy subestimadas, como publicaba en abril la revista Consejeros y confirman las últimas semanas de agitación en los mercados, durante las cuales se ha perdido mas de un 10% de la riqueza financiera valorada por las bolsas, diversos países desarrollados han tenido que extremar sus ajustes y el miedo a otra recesión económica mas peligrosa que la iniciada el 2007 acaba de ser expresado por el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick.

Un primer indicio menos evitable de subestimación de los riesgos fue que el estudio presentado en enero por el WEF preveía para toda la década el riesgo de terremotos y erupciones volcánicas en 250.000 millones de dólares,  importe que ya ha sido absorbido e incluso superado por las estimaciones económicas de las pérdidas del terremoto de Japón. Otro indicio aun mas importante, ya entre los evitables, era que no aparecían directamente mencionadas las crisis financieras como la actual, aunque sí la disparidad económica entre los riesgos sociales (apenas 0,6 billones ) y algunos otros riesgos macroeconómicos asociados a las mismas, caso de las crisis fiscales que acentúan (estimadas en un billón y muy probables), la falta de liquidez o crédito (0,7 billones y probables), los fallos regulatorios (casi 0,4 billones y entre probables y muy probables) y la corrupción (riesgo muy probable evaluado en 0,25 billones). Pero aun más relevante es que se incluye como poco probable el riesgo de seguridad espacial, aun cuando el espacio se ha convertido en un nuevo centro de poder social, económico y militar, pese a que es un entorno único y frágil de recursos sometido a competidores civiles, comerciales y militares en contra de la necesidad de usos sostenibles.

Sin embargo, mucho más relevante que la estimación económica de tales riesgos es la conciencia que se está extendiendo sobre la conexión e interdependencia de los mismos. La crisis actual no solo ha revitalizado las estimaciones y valoraciones de riesgos, en los que hasta el FMI ha reconocido su fracaso de los años 2004-2007 y que era una materia abordada hasta ahora por instituciones principalmente públicas. También ha fortalecido los esfuerzos de previsión y gestión de los riesgos, así como su consideración desde metodologías sistémicas de la complejidad e incluso del caos, todas las cuales se caracterizan por destacar el carácter estructural de las relaciones entre elementos. Es la respuesta a la creciente incertidumbre, en principio mayoritariamente privada y reforzada por la acumulación de crisis y desastres naturales, que empezó a notarse a mediados de los años ochenta y ha lanzado un hito con el último de Japón, coincidiendo en ambos casos con la aceleración de la globalización y la recuperación económica. De ahí que el propio WEF hable de un mundo complejo e interconectado, donde se registra una erosión de valores y principios comunes que mina la confianza en el liderazgo y en el crecimiento económico y la estabilidad política, reflexiones que inspiraron el lema de la convocatoria de la última cumbre de Davos: Shared Norms for the New Reality,entre cuyos cuatro pilares destacaban la búsqueda de políticas para un crecimiento inclusivo y de un mecanismo de respuesta a los riesgos globales.

Interconexiones que potencian los peligros

El estudio resultante de esa Encuesta de los Riesgos Globales los agrupa en cinco categorías: economía, medio ambiente, sociedad, geopolítica y tecnología. Las preguntas fueron sistematizadas a partir de estudios académicos significativos en cada uno de los riesgos globales, y a cada categoría se le dedicaron 18 mesas de trabajos con expertos. Todo ello a partir del consenso de que durante la presente década la población mundial aumentará de los actuales 6.830 millones a aproximadamente 7.700 millones, la mayor parte en economías emergentes. Hasta el 2030, la FAO (ONU de la alimentación) proyecta un aumento del 50% en la demanda de alimentos, y otros organismos similares un aumento del 30% de la demanda de agua, que algunas estimaciones elevan a más de 40% . La Agencia Internacional de Energía (AIE) prevé demanda de energía crezca por lo menos un 40% más en 2030.El Foro ha identificado así 14 países con 450 millones de personas donde el elevado crecimiento demográfico se combinará con falta de agua y otros recursos, posibles "bombas de racimo" que podrían enviar ondas de choque a sus vecinos de innumerables países y regiones.

Las interconexiones entre los riesgos ayudan a comprender mejor la estructura y los sistemas de relaciones entre los mismos, así como el contexto que dibujan gran numero de indicadores. El resultado de esa Encuesta Global Risks es que la disparidad económica se presenta junto a la falta de gobierno o gobernanza global como las tendencias más importantes en términos de impacto en la comunidad de negocios, aunque también como la tendencia más subestimada en términos de impacto económico. Esa disparidad económica aparece estrechamente interconectada con la corrupción, los retos demográficos, los Estados frágiles, los desequilibrios mundiales y el colapso de precios de los activos. Los encuestados percibían en sus respuestas las desigualdades económicas que influyen en las enfermedades crónicas, enfermedades infecciosas, el comercio ilícito, la migración, la (in) seguridad, el terrorismo y las armas de destrucción masiva. Asimismo, vieron la disparidad económica como resultante de influencias de los riesgos del cambio climático relacionados con la gobernanza mundial y sus fracasos.

Los datos reflejados por esa encuesta a los principales líderes mundiales indicaban que la disparidad económica y los conflictos geopolíticos se refuerzan mutuamente. También resaltaron que esa disparidad económica juega un papel muy importante, tanto entre los países como dentro de los mismos. La facilidad de comunicación ha hecho que las desigualdades entre los países sean más visibles, como enseguida empezarían a confirmar las revueltas árabes y en las últimas semanas otras de naturaleza no muy diferente. Pero sin recurrir a países desarrollados, y a pesar de un fuerte crecimiento en algunas economías emergentes, muchos países siguen atrapados en un ciclo de pobreza: sus tremendas implicaciones van desde la falta de acceso a la infraestructura social básica, a la buena educación, la salud, el saneamiento, e incluso la fragilidad política del Estado.

Los resultados de la encuesta mostraron también fuertes nexos entre las fallas de la gobernanza global y las deficiencias normativas, la corrupción y la disparidad económica. Entre esos fallos citados por los expertos destacan las negociaciones de la ONU sobre el cambio climático, la inconclusa Ronda de Doha de negociaciones comerciales, la falta de progreso en algunos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, el estancamiento de la reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y los desafíos a los marcos diseñados para prevenir la proliferación de armas nucleares. De ahí que la encuesta constató que existe una creciente sensación de parálisis en la respuesta a los desafíos globales. “El Consenso de Washington ya no es aceptado como el modelo de referencia para el desarrollo económico, pero tampoco ha sido reemplazado por un conjunto alternativo de valores unificados”, destacó entre las principales conclusiones el WEF

Alarmas del FMI y la OCDE

Antes que esas investigaciones del WEF, otras organizaciones internacionales habían llegado a conclusiones similares. Es el caso del FMI y la OCDE,  gendarmes del consenso de Washington que ya en el 2007 (antes de iniciarse la actual crisis) reconocían que la tecnología y la globalización financiera generan una creciente desigualdad mundial.

El informe del FMI publicado en octubre del 2007 reconocía el aumento de la desigualdad del ingreso en la mayoría de las regiones y países del mundo durante las dos últimas décadas, tanto en Europa, América Latina y las nuevas economías industrializadas de Asia. Ya entonces señalaba como principales causas la tecnología y la globalización financiera, mientras que consideraba la globalización comercial una fuente de igualdad. Explicaba el efecto desigual de la tecnología porque favorece a los grupos con mayores cualificaciones, lo que exacerba la brecha en los países y regiones con menores niveles de inversión en ciencia y tecnología y acceso a la información, al privilegiar a los sectores con mejor formación de capital humano. Pero advertía que, al mismo tiempo, el ingreso por persona se ha incrementado en la mayoría de los países, e incluso en las regiones más pobres. Es decir, que los individuos bajo la línea de pobreza estaban mejor en una perspectiva global, aun cuando sus ingresos crecían a un nivel más lento que el del resto de la población.

El informe del FMI señalaba que, en los países en vías de desarrollo, la liberalización comercial, pilar de la globalización más beneficioso, está asociada con la mejora en la distribución del ingreso. Defendía en particular que el incremento en las exportaciones primarias mejora la distribución del ingreso en dichos países, mientras que la inversión directa extranjera ha perjudicado a la igualdad, por contribuir a la demanda relativa de mano de obra calificada, en detrimento de los sectores menos cualificados.

En este sentido, el FMI urgía ya en el 2007 a reenfocar las políticas educativas gubernamentales en los grupos de mano de obra de menor calificación y de menores ingresos, a fin de que no se vean perjudicados por los cambios tecnológicos u otros factores anexos. Predicaba al respecto buscar el equilibrio entre los mecanismos de mercado y las políticas públicas encaminadas a la provisión de educación y salud e n los sectores menos favorecidos.

Previamente,y sin dejar de sembrar la nueva globalización con sus políticas monetarias, ya a principios de la pasada década el grupo encargado de organizar la cooperación financiera (FMI) se asomaba a la desigualdad al estudiar y difundir el desarrollo sostenible con casi tanta efusión como la Unión Europea, pese a las reticencias norteamericanas. Asistía como observador a los foros privados mundiales partidarios de la globalización ( Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza) y a otros opuestos ( Foro Social Mundial, que en su reunión del 2004 declaraba como objetivo "la oposición a la globalización, la guerra y todas las formas de discriminación, incluidos el racismo, el patriarcado y la religión"). Antes publicaba en el 2000 un libro sobre el desarrollo sostenible y en el 2002 el informe Globalization, Growth and Poverty, un documento que reconocía la globalización como un proceso confuso que requiere de ajustes y genera problemas y retos importantes.

Decía al respecto que unos tres mil millones de personas vivían en países en desarrollo "que son nuevos en la globalización", mientras que muchos otros países en desarrollo tienen dos mil millones de personas y han quedado fuera del proceso de globalización. Pero en la década de los noventa el primer grupo mejoró según el Banco Mundial, al crecer un 5% por habitante en comparación con el 2% en los países ricos, mientras los habitantes en extrema pobreza (quienes viven con menos de un dólar al día) de los países que comienzan a globalizarse disminuyeron unos 120 millones entre 1993 y 1998".

En la misma línea, otras organizaciones como la encargada de la cooperación tecnológica desde los países desarrollados, la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico)  indicaban que el crecimiento del ingreso real en el 20% de población con mas renta de Finlandia, Suecia, Reino Unido, Alemania, Italia y los EEUU, fue dos veces mayor que la del 20% de menor ingreso desde mediados de los 1980, coincidiendo con la aceleración de la actual globalización.