La caída de Gadafi anuncia un descenso inmediato del precio de las gasolinas

Un rebelde monta guardia en un punto de control en el enclave petrolero de Ras Lanuf, cerca a Trípoli. / Mohamed Omar (Efe)

Los precios de las gasolinas llevan tiempo resistiendo como gato panza arriba en zona cercana a sus máximos históricos. La llegada de las vacaciones vino acompañada de un mínimo recorte del 1%, que ha llegado a superar el 3% en el mes de agosto. Prácticamente insustancial, pero al menos no ha estrangulado más el bolsillo de los ciudadanos.

El cambio de ciclo en Libia debería tener un efecto positivo en la cotización de los carburantes, al menos si se realiza un ejercicio de buena fe. La caída de un tirano al frente de un país productor de gas y petróleo debería facilitar las cosas, siempre que se instaurara un gobierno democrático, transparente y que cumple lo que firma. Aunque suena utópico.

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En Bloomberg prevén que será así, al menos en el corto plazo. Pero lo que ocurre en Libia, sin duda, está siendo seguido con lupa por empresas españolas como Gas Natural-Fenosa o Repsol, que tanto tiempo han sufrido las tropelías de los países productores.

El elevadísimo precio de los carburantes es una de las grandes vergüenzas que arroja esta crisis. En un momento de decrecimiento global; cuando no recesión, el encarecimiento viene de la mano de la especulación de los hedge funds y la banca de inversión (insistimos, viene a ser lo mismo).

Una situación que resta puntos al PIB de cualquier país dependiente. Para salir de la crisis es preciso que todo vuelva a un tamaño aceptable, previo a los tiempos del desastre. En primer lugar, los balances de los bancos deben descender. Son desproporcionada y artificialmente grandes. Y eso es aplicable también a los precios de los carburantes, que están inflados gracias a las inyecciones de liquidez aplicadas alegremente por los bancos centrales.

Tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo (BCE) se dedicaron a fabricar dinero en los primeros compases de la crisis y toda esa cantidad ingente ha generado inflación, como no puede ser de otra manera. Los bancos de negocio la han canalizado hacia donde lo han considerado más conveniente para sus intereses, ignorando conscientemente las consecuencias que ello pudiera tener.

A finales de julio, el diésel rondaba en España los 1,35 euros por litro y ahora está unos 10 céntimos por debajo. Unas ligeras bocanadas de aire fresco, pero la gran duda es saber si en las altas esferas estarán por la labor de dejar respirar de verdad a la ciudadanía. El mercado de los carburantes está dominado por un cártel tan deplorable como es la OPEP, tiranos en países no democráticos, grandes corporaciones y, por supuesto, bancos de inversión.

Una situación complicada que no permite hacerse grandes ilusiones. Los que se están lucrando con esta situación pelearán con todas sus fuerzas para que no haya cambios. Pero la crisis es terca y acaba imponiendo las soluciones. Pretender que el mundo puede continuar como si nada con estos precios tan altos de las gasolinas es engañarse. A ver si la revolución en Libia se traduce en algo más de transparencia sobre los carburantes y unos precios más sostenibles.