Hablamos de educación pública, no de quién la tiene más grande

Imagen de la 'marea verde' que recorrió ayer Madrid en la cuarta jornada de huelga convocada por los sindicatos en defensa de la educación pública. / Kote (Efe)

(Actualización de las 20:00 horas del miércoles con los datos de participación en las jornadas de huelga de Madrid y Castilla-La Mancha).

(Actuialización de las 20.30 horas del jueves con los datos de la huelga convocada por el Sindicato de Estudiantes).

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Que la participación en la jornada de huelga en la educación pública madrileña (la sexta en dos semanas) convocada por el Sindicato de Estudiantes alcanzara ayer la cifra del 85%, según los organizadores, demuestra dos cosas: que los alumnos son perfectamente conscientes de que lo que está en juego es la calidad de su formación, su futuro, y que el conflicto, pese  al cansino sonsonete del Gobierno regional no es político, que también, como todo en la vida, sino social.

De hecho, que ayer en la manifestación de Madrid (se convocaron concentraciones en 35 ciudades) participaran 40.000, 4.000 o medio millón de personas seguramente no es lo más importante. En este conflicto social, de raiz, evidentemente ideológico, lo importante, mas que las cifras, es la voluntad de solucionarlo, de afrontar el problema, que lo hay. Y es ahí  donde estamos estancados, porque el Gobierno de Esperanza Aguirre no se cansa de repetir, altanero y chulo, que aquí no pasa nada, que esto es una huelga política, que los profesores son una vagos y que por detrás de todo se arrastra la mano siniestra de Rubalcaba. “Que no se cansen”, advirtió desde primera hora de la mañana del martes a los sindicatos el secretario general del PP de Madrid, Francisco Granados, porque el Gobierno regional “va a mantener”  las instrucciones de curso.

El despliegue de diplomacia que hizo unas horas después la presidenta regional al referirse al conflicto –que lo hay- siguió por la misma y ‘conciliadora’ senda. En su opinión, las huelgas son “un ataque enorme a la escuela pública”. A su juicio, los huelguistas hacen “ataques a las familias y a los alumnos como privarles del derecho a la educación por unas instrucciones de principio de curso que están perfectamente dentro de la legalidad”. Y aún hay más. Aguirre volvió a negar que se hayan producido recortes en la educación pública e insistió en que su gobierno solo está pidiendo un mayor esfuerzo a los profesores de secundaria para que den 20 horas lectivas.

Está claro que doña Esperanza, dice estas cosas, y otras todavía más delirante sobre el negocio de la venta de camisetas verdes, sabiendo que ya nadie se cree que el conflicto en la educación pública madrileña -que lo hay- se deba al aumento de las horas lectivas, pero sigue diciendo esas cosas con toda la naturalidad del mundo, como si solo por el hecho de decirlas tuvieran alguna credibilidad. Está claro también que no ha leído el penúltimo artículo del amigo Escudier, que no será Cervantes, pero que ha llevado hasta las pantallas de unos cuantos miles de ordenadores que de los 106 millones que invierte el Gobierno de Esperanza Aguirre en la construcción de nuevos colegios, solo una tercera parte se dedica a centros públicos. Seguramente, el conflicto –que lo hay- tiene que ver más con eso que con que vayan 40.000 o medio billón de personas a una manifestación.

Hay otra cosa que también empieza a ser preocupante: el lacerante desprecio que explicita  el Gobierno de doña Esperanza, en cuanto tiene ocasión, respecto a las centrales sindicales. Y es de aquí de donde viene lo del tamaño de los atributos. Parece que la presidenta, que a pesar de estudiar en un buen colegio les dijo a los chicos de Caiga quien Caiga que Sara Mago era una pintora estupenda, tampoco está muy ducha en derecho constitucional. Y es que en esta organización del estado de las cosas en la que vivimos ‘manoseaos’, como diría Discépolo, está establecido, ¡y por la Constitución!, que los sindicatos, los  agentes sociales, son interlocutores necesarios, como legítimos representantes de los trabajadores que se someten a elecciones sindicales, con los que, lamentablemente, hay que negociar este tipo de cosas.

Seguramente habrá jornadas de huelga hasta que doña Esperanza se convenza de que lo que importa no es quien la tiene más grande, sino quien soluciona mejor los problemas –que los hay- y si eso se consigue llamando vagos a tus profesores o sentándote a hablar con sus legítimos representantes en una mesa de negociación.

Lo cierto es que a mí esto del té me parece cualquier cosa menos una fiesta.