Alemania suelta amarras

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David Cameron y Ángela Merkel, el pasado viernes, durante la comparecencia ante la prensa que celebraron en Berlín. / Hannibal Hanschke (Efe)

En 1923 se publicó en Alemania un libro, hoy completamente olvidado, que gozó en su época de una difusión extraordinaria. Su título era Pan-Europa y había sido escrito por el aristócrata Richard Nikolaus Coudenhove-Kalergi, que el año anterior había fundado el movimiento político bautizado con el mismo nombre –Pan-Europa- que después llevaría su libro. Tras la devastación producida por la Gran Guerra europea, Coudenhove-Kalergi actuó conforme a su mejor nobleza, que no era la de la sangre, sino la del cosmopolitismo. Hijo de padre austríaco y madre japonesa, el creador de Pan-Europa se preguntaba qué era lo que hasta entonces había impedido a un alemán (o a un francés, o a cualquier otro habitante de la parte del mundo en la que había surgido la libertad de conciencia pero que no tardaría en levantar sobre su suelo los campos de exterminio) considerarse al mismo tiempo que alemán un buen europeo. La respuesta de Coudenhove-Kalergi no era novedosa: el nacionalismo era (como lo sigue siendo todavía) la gran peste antieuropea. Pero sí fue original –de ahí el éxito popular del libro maravilloso que es Pan-Europa- la solución que dio para combatir la enfermedad del patrioterismo: un Estado federal europeo. La fundamentación de Coudenhove- Kalergi era de orden político-moral y complementaba la propuesta que ya en 1913 había formulado Walter Rathenau, más solidaria con el economicismo: “Si la economía de Europa se unifica y forma una comunidad, y esto sucederá antes de lo que creemos, también se unificará la política. Esto no es la paz mundial, no es el desarme, ni tampoco un aflojar las riendas, pero es la suavización de los conflictos, es ahorro de energía y civilización solidaria”. Como sabemos, la profecía de Rathenau se cumpliría a medias y sólo de forma precaria a largo plazo (en 1914 estalló la guerra). Pero no deja de ser curioso que el político de Weimar fuera asesinado en 1922, el año de nacimiento de la organización Pan-Europa.

Después de los crímenes del nazismo durante el período 1933-1945, que contaron con la colaboración activa o la indiferencia de gran parte de su población, Alemania vivió entre la aceptación de la culpa y la perduración del orgullo nacional. La primera la llevó al acto fundacional de la Comunidad Económica Europea (CEE). No sólo eso. Posteriormente el gran canciller socialdemócrata Willy Brandt (secundado luego por Helmut Schmidt) diseñó hacia el exterior de la CEE el otro polo de la paz de la política alemana y de su deseo de concordia que fue la Ostpolitik, algo que nunca estuvo en la mente de los cristiano-demócratas o de los liberales germanos de la posguerra (en cuya escuela política estudiaron Helmut Kohl y Angela Merkel). La Ostpolitik significó una bocanada de aire limpio en la era asfixiante de la Guerra Fría y la normalización de las relaciones de la República Federal con su hermana del Este y con el bloque soviético. Incluso en los aledaños de la Ostpolitik hubo intelectuales como Rudolf Augstein o Golo Mann (hijo del Nobel de Literatura de 1929) que defendieron la falta de derecho moral de la República de Bonn a reclamar la unificación alemana, al ser la generación de sus padres la que había dado lugar a las nuevas fronteras europeas con su política de agresión comenzada en 1937.

El principio del fin de la culpa alemana fue 1989. El colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro entregaron la República Democrática en las manos del Gobierno cristiano-demócrata-liberal de Helmut Kohl en 1990. La Historia, que además de Maestra de la Vida es la Maestra del Humor a Veces Negro, le hizo una entrega gratuita a los alemanes prósperos del otro lado del Elba y reunificó a los hijos de quienes habían entrado a sangre y fuego en las tierras de sus vecinos y aniquilado toda la disidencia (y la simple diferencia) interior de Alemania. Sobre este plano comenzó de nuevo el resurgir del nacionalismo alemán, basado ahora en la eficiencia técnica y económica. El éxito de la reunificación alemana fue parejo al ambiente generalizado de desprecio de los wessi hacia sus compatriotas ossi (que aún continúa), los primeros brotes violentos contra la emigración turca y otras minorías étnicas de Alemania, la violencia de algunas bandas neonazis que cuentan con la comprensión policial…

Como no pretendo hacer ninguna extrapolación histórica, quiero aclarar, aunque supongo que no hace falta, que la Alemania de 2011 no se parece al país y al Estado que también tuvo su capital en Berlín hace 70 años. Pero creo que todas las sociedades –y una nación es una sociedad- tienen unos compromisos culturales con su pasado. Cuando cambian las circunstancias estos compromisos también modifican la imagen que una sociedad tiene de sí misma y de su Historia reciente.

Alemania ha hecho sus deberes y hoy es la potencia económica indiscutible de Europa. Como si se tratara de una premonición, Alemania ya empezó a limpiar su casa en la época del canciller Schröder y su Agenda 2010. Alemania se lo debe todo a sí misma y es natural que rechace a los pedigüeños de esta hora crítica de Europa. Pero hay al menos dos tics del pasado alemán que, viéndolos actualizados, me llaman la atención. El primero es la veneración divina en la tradición alemana por la ley y el orden. Creo que bajo esta condición tenemos que contemplar a Angela Merkel dando “instrucciones” al Banco Central Europeo para que no compre deuda de Italia o España en el mercado secundario: el Tratado de Lisboa no lo permite. Y punto. El segundo tic con el que comulgan al unísono el Gobierno y el pueblo alemán es su ensimismamiento. Kant dijo que la única forma real de diálogo es imaginar y ponerse en el mayor número posible de situaciones en que puedan encontrarse los demás. Sin embargo, sus compatriotas del siglo XXI, después de leernos a todos la cartilla de los ajustes (incluidos los de naturaleza constitucional), se miran extrañados preguntándose qué es lo que nos pasa. Mal asunto. Los lentos de reacciones, después de dejar hundirse al vecino, siempre terminan preocupándose por el agua que anega su casa.


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