Juncker no nos arregla nada en esta crisis, pero al menos nos hace sonreír a veces

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El presidente del Eurogrupo y primer ministro luxemburgués, Jean-Claude Juncker, responde a los periodistas a su llegada a la cumbre de jefes de estado de la Eurozona, en Bruselas, el pasado jueves. / Olivier Hoslet (Efe)

La actual crisis de deuda soberana está resultando bastante insufrible, por las consecuencias económicas que acarrea a la ciudadanía y la sensación de que Merkel y Sarkozy, sobre todo la primera, se lo guisan y se lo comen todo en su provecho, aplastando a los demás países bajo una losa insoportable de presunta ortodoxia. Una ortodoxia que son ellos los primeros en no cumplir. Es igualmente infumable comprobar cómo la deuda española pasa de casi el 7% al 5% en apenas una semana y de nuevo se vuelve a ir a zonas de mucha tensión sin motivo aparente. La primera cifra es sinónimo de rescate. La segunda, de placidez. En pleno batiburrillo, y en ciernes de una reunión del Eurogrupo en la que teóricamente se han arreglado todos los males del mundo, volvió a escucharse al presidente del citado Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, diciendo palabras sensatas e incluso divertidas. Por supuesto, no se les hace el menor caso, pero se agradece a alguien que nos saque del sopor.

Mientras la alemana y el francés decidían nuestro futuro y la cosa estaba lejos de pintar bien, Juncker se despachó de nuevo con esta pildorita en la que despotricaba del buenismo alemán. Olé por él. No es fácil para un político en un cargo tan apetecible y poco comprometido (ahora la crisis le está haciendo trabajar un poco más, pero desde luego, no está picando piedra en la M-40) meterle el dedito en el ojo a la canciller.

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Alemania nos mira a todos como un grupo de pecadores a los que hay que redimir inculcándoles doctrina en vena, quieran o no. Pero, como esos predicadores que imponían el ayuno alimenticio y la abstinencia sexual, para luego ponerse morados en los dos sentidos de puertas adentro de la sacristía, “en los últimos tiempos ha habido entre 9 y 11 países menos pecadores que Alemania”, denuncia.

Juncker es luxemburgués y tal vez por ser oriundo de ese pequeño país, casi tan neutral como Suiza y de fiscalidad favorable, habla sin tanta componenda. No hace mucho, en los días previos a la Cumbre de Líderes de noviembre, ya criticó la imagen de desunión y formas chapuceras que reinaban en la Eurozona. Otros, como Durao Barroso o el propio Almunia, se lo piensan muy mucho antes de soltar prendas en ese sentido.

Poco después, en pleno derrumbe de los mercados de deuda, con fräu Merkel destilando cólera mientras juraba y perjuraba que no sería el BCE quien sacara del atolladero a los países con problemas (entre ellos España), el bueno de Juncker también recordó que Alemania tiene sus cositas.

Qué le vamos a hacer, seguramente en estos tiempos en los que todo se decide por encima de nuestras cabezas, sin que podamos hacer nada salvo ponernos la chichonera y olvidarnos de ciertos avances sociales porque al parecer no podemos permitírnoslos, consuela ver a alguien que habla con un leve espíritu combatiente. La ironía ya es algo en el mundo de los prebostes y el oficialismo pactado.

No es que Juncker sea un revolucionario ni nada de eso, pero por lo menos dice alguna que otra cosa que mucha gente piensa, algo que apenas ocurre en los grandes foros internacionales.

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