La crisis alimenta el abismo entre ricos y pobres en España

El secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, ayer, durante la presentación del 'Balance de la economía española en la última década'. / Kote Rodrigo (Efe)

Todos los años por estas fechas el Gabinete Económico Confederal de CCOO presenta un estudio sobre los Presupuestos, pero esta vez -como no hay Presupuestos- ha elaborado un balance sobre la economía española en la última década. Admite muchos enfoques, pero hay uno que no por obvio y supuestamente conocido deja de preocupar, irritar, cabrear.

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Como si de hurgar en la herida se tratara, CCOO recuerda que la crisis económica la provocaron las entidades financieras, esas que siembran problemas y reparten dividendos, y recuerda también que, sin embargo, los que están sufriendo las consecuencias de su irresponsabilidad y de su usura son los ciudadanos y los trabajadores que van quedando.

Darse un paseo por los gráficos del trabajo es como contemplar los alrededores de Fukushima tras el tsunami. A saber, en 2011, la ‘población en riesgo de pobreza relativa’ (el umbral de la pobreza se establece en el 60% de la mediana de los ingresos anuales familiares por unidad de consumo, y según los últimos datos del INE se sitúa en 6.278 eruos) alcanza al 21,8% de la población, esto es, más de nueve millones de personas. Cuando hablamos de ‘personas en riesgo de pobreza y exclusión social’ (cifra que se obtiene sumando a las anteriores aquellas otras con carencias materiales y a los miembros de los hogares sin empleo), el porcentaje, que viene creciendo desde el año 2009, se sitúa en el 26,7%.

El índice de los hogares que tienen a todos sus miembros activos en paro se ha disparado desde el principio de la crisis y si en 2008 eran 633.000, en el tercer trimestre de 2011 crecen hasta 1.425.000, más del doble.

Los datos  sobre la distribución de la renta tampoco contribuirán a alimentar la autoestima de los que no calzan sicav. Según CCOO, la brecha entre ricos y pobres se amplía año tras año en España desde 2008. En 2010, el 20% de la población más rica ganó casi 7 veces más que el 20% más pobre -poco me parece-, cuando hace dos años la ratio era 5,4. En esto, además de en la tasa de paro, también somos diferentes respecto a nuestros amigos europeos, que han mantenido sus índices de desigualdad (que jodidamente inocua y cruel suena la expresión) en el 4,8 desde el 2007. Como diría Alipio, el rey del ripio, ‘no pierdas de vista la herencia socialista’.

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¿Y ahora qué hacemos, la revolución? ¿Poner un poco de cordura, de moral, en todo esto? ¿Y cómo se hace eso cuando casi once millones de personas han dicho en las urnas que sí, que sigamos para adelante con lo que hay?

Tengo la impresión de que los sindicatos van a tener que negociar mucho y tengo la impresión también de que, a pesar de los discursos huecos, vacíos e interesados de la derechona, el peor escenario que se puede presentar a las centrales sindicales es el de la confrontación en la calle, porque un pulso como el que se avecina necesitaría mucha calle, y, la verdad, no veo yo tantas ganas de calle en la muestra demoscópica del CIS, que, al final, es en lo que va derivando la otrora clase trabajadora. Quizás por eso, tanto el secretario general de la UGT, Cándido Méndez, como el de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, reiteraron ayer mismo su decidida disposición a llegar a un acuerdo con la patronal, con el Gobierno y con quien haga falta sobre asuntos tan diversos como la negociación colectiva, el absentismo laboral, las mutuas, las ETT, incluso una reforma laboral para abaratar el despido a los empresarios transfiriendo los recursos que se destinan en bonificaciones a la entrada del mercado de trabajo a subvencionar las salidas.

Si Mariano Rajoy fuera inteligente, quiero decir, si fuera más inteligente de lo que ya es, descolgaría el teléfono y llamaría a Esperanza -que es la que manda en la CEOE- para que templara las gaitas de los chicos duros de la patronal (me refiero, por ejemplo, a los Arturos y a los Feitos ). Pero para eso hacen falta tres cosas: tener un teléfono a mano, valorar el éxito que supondría un acuerdo que no consiguió Zapatero en dos años y, sobre todo, mandar. Para hacer esa llamada hay que mandar, y para mandar parece que no basta con sumar casi once millones de votos.

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¿Llamará Mariano?

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