Las alfombras del Congreso de los Diputados

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Imagen de uno de los pasillos alfombrados del Congreso. / congreso.es

Los dirigentes del Partido Popular hablan mucho, y de forma ciertamente poco halagüeña, de la herencia recibida. No les falta razón cuando se lamentan de la gestión anterior de los socialistas, pero los demás también nos lamentamos de que el Gobierno actual repita esa cantilena para no asumir las responsabilidades propias y, ya de paso, para aceptar cualquier tipo de herencia sólo a mero beneficio de inventario. Eso no es gobernar, sino jugar a la política derramando lágrimas de cocodrilo, como los niños pillados en falta. Los que así hablan, supuestamente conservadores y legatarios de un pasado glorioso –“España es una gran nación”, etcétera- destruido por la acción de sus predecesores, nos dicen que van a restaurar ese pretérito perfecto adaptándolo a los tiempos que corren con su “política de reformas”. Reniegan del pasado inmediato para abrazar un ideal híbrido de tradición de largo alcance y modernidad.

Sin embargo, mientras “las reformas” se suceden unas a otras a un ritmo vertiginoso, los Stradivarius se rompen. Leo en el diario El Mundo la noticia de que un violonchelo Stradivarius de la colección que posee el Palacio Real se rompió la tarde del 13 de abril separándose  -¿definitivamente?- su mástil de ébano de su bellísima caja decorada con círculos y rombos de marfil y dibujos a tinta china. Es la ruptura de una continuidad de más de trescientos años -el chelo lleva la data de 1696- de la que su guardián y tutor, Patrimonio Nacional, culpabiliza al clima seco de Madrid, aunque el periódico carga contra la negligencia de Patrimonio y atribuye los daños del violín a la ausencia de su hasta hace poco inseparable lutier. Según El Mundo, Patrimonio Nacional, acérrimo seguidor de la política de austeridad y ajustes del Gobierno, decidió prescindir de la jornada de tarde del lutier para no abonarle unas horas extra y el Stradivarius, apartado de su fiel compañero y protector, pereció en el transcurso de una sesión fotográfica vespertina celebrada el antedicho 13 de abril. La pérdida de algunos bienes no es mensurable en dinero. No obstante y de todas formas, puede decirse que un tesoro de 12 millones de euros acabó rodando maltrecho por los suelos de Palacio, pues tal es el precio pagado por otro Stradivarius subastado en Londres en junio de 2011.

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Habrá que recomponer el Stradivarius del Palacio Real en medio de la sospecha e incertidumbre, muy razonables, relativas a si alguna vez volverá o no a ser el mismo. Aunque, de todas formas, a los burócratas artísticos del PP les perseguirá siempre en sus conciencias el eco de la máxima inflexible de uno de sus grandes mentores literarios: “Todo lo que no es tradición es plagio” (Eugenio D´Ors). Probablemente el nuevo chelo será un plagio del original, y desde luego la supuesta derecha tradicional de nuestro país descubrirá a no mucho tardar que también se parece muy poco a la idea que tiene de sí misma. Pues, en su cruzada contra el déficit, los populares pueden llegar a privatizar incluso el Monasterio de El Escorial, abonando a los monjes agustinos los consabidos 33 días de salario por año de trabajo, con un máximo de 24 mensualidades. Adiós al Estado de Bienestar y también a Felipe II. Sin embargo, el Gobierno de Mariano Rajoy no está solo, al menos en el sentido de que su torpeza en el uso de la tijera de los recortes ha encontrado, respecto a algunas partidas presupuestarias seleccionadas para su amputación, la alianza del populismo de izquierdas, que, como todo el mundo sabe, es idéntico al populismo de derechas. Hablamos del mismo batracio.

El 19 de abril se anunció en el BOE la adjudicación del contrato de mantenimiento, depósito, retirada, colocación de las alfombras, reposteros, tapices y baldaquino del Congreso de los Diputados, que este último ha suscrito con la Fundación Real Fábrica de Tapices por un canon total de 463.947,11 euros (IVA incluido). Pocas horas después la demagogia asaltaba la red entre críticas desaforadas a la actuación del Congreso, insinuaciones de corrupción y comparaciones odiosas, como el menor coste que había supuesto la licitación de los servicios de limpieza de las galerías de tiro de la Policía Nacional dispersas por todo el país. Hay que tener una pizca de mala fe para mezclar dos licitaciones públicas de unos servicios que objetivamente no admiten término de comparación, con la intención deliberada de crear un embrollo maniqueo “de buenos y malos” y sugerir que todos los diputados españoles, en medio de las penurias económicas que agobian a muchos de sus representados, pasan una vida muelle entre el lujo y la ostentación, y tienen la cara más dura que el turrón de Alicante.

La mejor defensa de la Cámara Baja es “El patrimonio histórico artístico del Congreso de los Diputados”, un libro (yo tengo a la vista una edición de 2011) publicado por el propio Congreso. Son también útiles una visita virtual con la guía de un CD-ROM y un DVD (el mío es de 2010) al palacio (ahora complejo de edificios) de la madrileña Carrera de San Jerónimo. Pero lo mejor es la observación directa y de primera mano, aprovechar, por ejemplo, una jornada de puertas abiertas y deambular por las salas y rincones del edificio original, inaugurado en 1850. Tiene tres plantas y sus dependencias y pasillos se hallan ornamentados (en los edificios anexos, mucho más modernos, no existe tal profusión) con bellísimas alfombras de nudo español, algunas de ellas quizás tan antiguas como el mismo palacio isabelino, una maravilla que no es de ningún diputado, sino una parte menor pero muy valiosa del tesoro cultural de todos los españoles, transmitido de generación en generación y que ahora, al parecer y con el pretexto de la depresión económica, los brutos de profesión quieren que se pierda para siempre. Si el lector tiene la oportunidad de recorrer los pasillos del Congreso, constatará que no son raros los que miden 60 metros de largo por 2 de ancho, primorosamente trabados en un conjunto de 18 piezas independientes.

Tampoco le resultará difícil al visitante imaginar la penosa y paciente labor de estero y desestero de las alfombras por los expertos trabajadores de la Real Fábrica de Tapices; sus largas jornadas en el Congreso de los Diputados; y, después de unos días, el transporte en camiones de las esteras a la Real Fábrica, como todos los meses de mayo; su limpieza minuciosa y la reparación de los desperfectos; y su vuelta al Congreso en el mes de octubre para que las alfombras, impecables otra vez, sean de nuevo testigos del ciclo anual de la vida parlamentaria. Podrá también suponer el observador que la Real Fábrica de Tapices no tiene muchos competidores en la prestación del servicio, entre otras cosas porque lo viene realizando desde hace mucho tiempo con el rigor y la profesionalidad de los viejos artesanos que conocen a fondo su oficio. Y, si así lo desea, igualmente podrá comprobar que el canon de adjudicación del contrato ha sido mucho más bajo que su valor estimado (660.000 euros) e incluso más reducido que el presupuesto base de licitación (519.200 euros). Y que esta licitación pública se ha efectuado con la debida garantía del interés del contribuyente y de la competencia libre, dada su tramitación ordinaria en un procedimiento abierto.

Pero siempre habrá bárbaros que pretendan quemar la Biblioteca de Alejandría.

2 Comments
  1. Someone says

    Ahí piaste «una maravilla que no es de ningún diputado, sino una parte menor pero muy valiosa del tesoro cultural de todos los españoles, «.

    La cuestión es hasta que punto los españoles consideramos a los parlamentos como las casas del pueblo o no. Y personalmente (que he visitado Congreso, Senado y varios parlamentos regionales hablando también con parlamentarios) le digo que no.

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