El valor de las ideas: lo que se puede hacer con un poco de cartón

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Leo en este comunicado que la empresa Inusa, adjudicataria del servicio de limpieza de Alicante, retiró de las playas de la ciudad, sólo durante el mes de julio, 65 toneladas de cartón. La noticia alude exclusivamente al cartón depositado en los contenedores de recogida selectiva; habla de los desperdicios del consumo civilizado, sin decir nada sobre la basura (cartones, envases de plástico, botellas de vidrio) que abandona en cualquier sitio el paisanaje irresponsable y bárbaro de nuestro país, que ciertamente existe y constituye una minoría algo peor que bulliciosa y molesta. Agreguen ustedes los residuos de la actividad humana que observen en sus cercanías, muchos de ellos contaminantes y difíciles de reciclar, y seremos conscientes de que el crecimiento desordenado unido a la incultura de la parte más insensata del prójimo nos ha ensuciado a todos con la mancha de la economía que practicamos, una indiscutible economía de vertedero. “Gracias” a la recesión contaminamos un poco menos. Pero seguimos viviendo en medio de la basura y el desecho, y los servicios municipales de limpieza urbana disminuyen por falta de ingresos públicos suficientes. Sin embargo, de los excesos y la entropía del sistema económico pueden surgir buenas ideas para cambiar el rumbo del capitalismo más lúgubre que padecemos y una ayuda para no arrodillarnos ante un método de producción y distribución de bienes de consumo que nos parece inhumano, una malla impenetrable de intereses que, como si fuéramos jugadores de cartas, hemos aceptado con un aire de fatalismo sumiso.

Les voy a presentar a un tipo curioso. Como usted y como yo, pero quizás con más determinación e iniciativa personal. Se llama Izhar Gafni y vive en Bror Jail, un pequeño kibutz de Israel. Izhar ha desarrollado una invención peculiar: una bicicleta fabricada con embalajes de cartón reciclable, barata (su coste es de unos 12 dólares), sólida (soporta el peso de Gafni, que no baja de la categoría welter), ligera y resistente a la lluvia y la oxidación. La bici de Gafni apenas deja su huella ecológica en el medio ambiente, su construcción reserva para otros procesos industriales más dependientes de la materia física el empleo de recursos siempre escasos, y da una salida inteligente al exceso de basura reciclable. Yo soy lego en estas cuestiones, pero, según esta otra información, “cada tonelada de cartón reciclado representa un ahorro de dos metros cúbicos de vertedero, 140 litros de petróleo, 50.000 litros de agua y la emisión de 900 kilos de dióxido de carbono”.

John Kenneth Galbraith insistió una y mil veces en que el mayor enemigo del progreso es lo que él llamaba el poder de la sabiduría convencional. Izhar Gafni tiene la virtud de los rebeldes con causa y por ello ha vencido las inercias de los ingenieros convencionales que le decían que su bicicleta de cartón era un objeto imposible. Ay, los intereses creados. El invento de Gafni no convulsionará los mercados de la energía necesaria para el transporte, aunque sin duda apunta en la dirección correcta de lo que no sin cierta pompa se denomina economía sostenible. Además, este kibutziano de mediana edad tiene una expresión tranquila y simpática, la cara de las personas que no saben engañar.

Embalados en cajas de cartón vienen los numerosos regalos de nuestros hijos, de los que enseguida se hartan. También contienen en su interior los carísimos zapatos de temporada, que muy pronto dejarán de circular para dejar sitio a la producción masiva del siguiente calzado de moda. El cartón, hijo del papel, también puede recuperar su origen y disfrazarse de producto cultural para que algunos periódicos que emplean ese soporte sigan repartiendo mentiras, muy formalitos y obedientes a la voz de su amo. Esos medios son incapaces de reciclarse porque su existencia dejaría de tener el sentido que les imponen los autores de sus designios. Muy distintos son los personajes que se arremangan ante lo que parece inevitable y meten las manos en el supuesto orden racional de las cosas. No me negarán el encanto de los individuos que, hurgando entre tanta basura reciclable, consiguen dar vida a un bien tan hermoso como es un caballito o una bicicleta de cartón. Ése es el encanto del visionario Izhar Gafni.

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