“Hasta que nos hagamos con el poder», el escalofriante paralelismo entre el ascenso del fascismo griego y la Alemania nazi

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Christos Pappas, diputado de Amanecer Dorado en el Parlamento griego y portavoz económico de esta formación fascista. / Fernando Sánchez

Botas militares, camiseta y pantalón negros oscureciendo Sintagma en pleno mediodía de principios de agosto. Un coro que se desgañita ante turistas y autóctonos con la irreflexión y el ritmo de un niño dando la tabla de multiplicar. “Sangre. Honor. Amanecer dorado”. El alcalde de Atenas, George Kaminis, se ha negado a darles licencia para que ocupen la plaza con sus actos de propaganda. Aún así, allí están. “Sangre. Honor. Amanecer dorado”. El fascismo cuela doctrina a gritos mientras reparte aceite, arroz y huevos al hambre en Grecia (solo si es hambre griega) y juguetes (made in Taiwan, por cierto). Si Kaminis no les da licencia para colar el reparto por  televisión desde la emblemática Sintagma, es que el alcalde no quiere que las familias griegas reciban ayuda. La lógica fascista saca a otro político a lucir carencias en una ciudad en la que se acaba de rescindir el contrato a 40 de los 60 trabajadores que reparten comida en el centro municipal a familias que no tienen nada. Los ultraderechistas acceden a hablar con cuartopoder.es. Dicen que les suena bien el nombre.

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Simples. La historia se repite. La ultraderecha gana terreno a ojos vista. Se nutre de un discurso que tiene un supuesto enemigo en las calles, los inmigrantes; otro en las instituciones, los políticos, y otro entre bambalinas, la banca. Su principal fuente de militantes y votos son los jóvenes menores de 25 años. Huérfanos de futuro por el paro desbocado y la educación mutilada a tijeretazo limpio, suponen ya el 60% de los afiliados al partido. Europa lo permite sin reaccionar a lo obvio: que así crece y se reproduce el fascismo, que engorda a base del hambre de otros, que esto ya ocurrió hace 80 años con un paralelismo escalofriante y acabó como acabó. Muchos griegos piensan que solo se explica la pasividad europea ante el ascenso del fascismo si es intencionada. Esta semana, quizás demasiado tarde, el primer ministro griego, Antonis Samaras, advertía del riesgo de repetir el final de la República de Weimar, que encumbró a los nazis, si Grecia no obtiene un plazo adicional de dos años para cumplir con sus objetivos de ajuste.

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Christos Pappas, cuyo apellido significa en griego predicador, llega al lugar de reparto de alimentos elegido para ese domingo por Amanecer Dorado y del que solo se avisa a este diario en el último momento a través de un SMS. En un punto a unos 25 kilómetros del centro de Atenas, un suburbio en las afueras donde niños que no han salido de la pubertad pasan el verano haciendo derrapar una y otra vez una pick up roñosa, el ahora diputado de Amanecer Dorado en el Parlamento griego, el portavoz económico de la formación fascista, se acerca a las personas que esperan fuera del local y, según explicará después en la entrevista, les dice: “No estáis mendigando. Vosotros haríais lo mismo si estuvieseis en la situación contraria. En tiempos difíciles, nos ayudamos los unos a los otros”. Un placebo contra el sentimiento que se está comiendo a muchos griegos, la sensación de haber perdido la dignidad por tener que ir a recoger un paquete de caridad cuando hace no tanto pagaban lo que necesitaban con su salario. La gente estalla en aplausos y Pappas saluda cual reina madre. Pan y orgullo para el pueblo griego contra la humillación forzada desde fuera. Misión cumplida.

Muchachos hinchados de gimnasio y muchachas de rubio platino doméstico, uniformados todos de bota y negro, se organizan para iniciar la performance. Unas terminan de colocar los productos en los estantes del local, otros forman en la puerta -piernas abiertas a la altura de las caderas, brazos cruzados forzando bíceps- donde se encargarán de comprobar, carnet mediante, que el estómago que entra es estómago heleno. Los hacen pasar de uno en uno para entregarles bolsas en las que no siempre se mete lo mismo. Unas veces van huevos, otras aceite y pasta, algunas incluso un pollo. Un ritual heterogéneo, pero ritual, interrumpido solo por las indicaciones nerviosas de un fanático del orden.

“No es propaganda. No estamos comprando sus votos. Ayudarnos unos a otros es una cuestión de justicia. Forma parte de nuestra ideología, que es el nacionalismo popular”, declara Pappas. Con su bigote y su estampa de Mauricio Colmenero (lástima no poder explicarle lo estereotipado que resulta), cambia sin inmutarse el discurso que su partido sostenía hace tan solo unos meses y nada menos que siete puntos porcentuales de voto.

Ya no quieren salir del euro, dice. Ya no hablan de minar la orilla griega del río Evros, frontera con Turquía (aunque tampoco dicen que hayan renunciado a esa intención) para evitar que entren a Grecia desde fuera. Los jóvenes del partido que cada noche recorren las calles apaleando a inmigrantes no tienen órdenes de actuar así, se mueven por impulsos de su edad que los veteranos intentan aplacar, dice, a pesar de que hasta la hija del líder del partido, Nikolaos Michaloliakos, fue detenida por la policía tras una de estas acciones criminales. Eso sí, en la sede del partido en Atenas cuelgan de las paredes fotos de miembros de las juventudes de la formación en actitudes violentas y todo el mundo (salvo la policía) habla de sus excursiones a plena luz del día, atacando a inmigrantes, durante el periodo electoral. Así mismo, en la tienda de merchandising fascista que tienen en la capital, cuelga de la pared la bandera preconstitucional helena con su pollo particular.

El intento de retocar, de suavizar la imagen del partido recuerda al que adoptaron los nazis después del fracaso del Golpe de Munich (1924), que llevó a Hitler a la cárcel (donde escribiría Mein Kampf) y les enseñó que por el camino legal y desde las urnas podían alzarse con el poder si sabían gestionar el sentimiento del pueblo ante la situación económica. Y supieron.

El fascismo tiene ya 18 asientos en el Parlamento griego, en un ascenso tan meteórico (del 0,3% al 7% del voto de unas elecciones a otras) que obliga a recordar el de los nazis. La sensación es que irá a más. Hablan de que la intención de voto debe superar ya el 10%. Las elecciones al Reichstag de 1930 duplicaron los pronósticos más optimistas de Adolf Hitler, logrando el 18% de los votos. Dos años después se convertirían en el partido más votado de Alemania. La ultraderecha se alimenta de la falta de confianza en los políticos, de la sucesión de procesos electorales, de la inestabilidad de gobiernos de coalición incapaces de entenderse entre sí y, dicen los historiadores, incluso de la sensación de orden que la estética militar fascista da en un entorno de caos político y social.

“No tenemos miedo de las elecciones”, dice Pappas cuando se le pregunta si espera un nuevo proceso electoral en septiembre provocado por la inestabilidad del Gobierno tripartito de Antonis Samaras y la presión de la troika. “Seguro que tenemos un gran apoyo si se celebran elecciones. Un apoyo cada vez mayor, hasta que nos hagamos con el poder”, dice convencido.

Las fechas del ascenso nazi en el periodo de entreguerras son cruciales y los acontecimientos que lo motivaron deberían ser la piedra en la que no tropezar de nuevo. Alemania, tras la Primera Guerra Mundial, se había visto asfixiada por la necesidad de pagar las reparaciones pactadas en el Tratado de Versalles, una suerte de Memorándum de Entendimiento para el pueblo germano de cuyo cumplimiento daba fe la visita de una especie de hombres de negro (la Comisión de reparaciones de guerra). El acuerdo, como ahora en Grecia, fue visto por muchos como una traición de los políticos que lo firmaron hacia los ciudadanos que les habían dado el poder. Incluso se les dio el nombre de los “Criminales de Noviembre”. Abolir el Tratado de Versalles se convirtió en una de las puntas de lanza del programa electoral de Hitler. Un programa de escasos e inconexos puntos, muy similar al decálogo de Amanecer Dorado, con ideas fanáticas mezcladas con objetivos de innegable defensa, así como pellizcos a la ideología tanto de izquierda como de derecha. “Aboliremos el Memorándum”, dice como un resorte Pappas cuando se le pregunta cuáles serían sus primeras medidas si alcanzasen el poder.

Alemania suspendió pagos en las Navidades de 1922 a 1923. La ocupación del Ruhr y sus empresas como castigo tuvo unos efectos desastrosos. Sin su producción y con un desempleo que pasó del 2% al 23%, los ingresos públicos se hundieron y la única forma de financiarse que se le ocurrió al Ejecutivo alemán fue imprimir marcos. Imprimir como si no hubiera mañana, con fábricas creando billetes durante 24 horas al día, siete días a la semana y el dinero, llevado en carretillas para comprar pan, perdiendo su valor en el camino. Si en abril de 1919 era posible conseguir un dólar entregando nueve marcos, en diciembre de 1923 hacían falta 4,2 billones de marcos para hacerse con un billete verde.

Grecia no tiene moneda propia y si la tuviera no es fácil que se llegase a aquella locura (que es precisamente la que utilizan el BCE y Alemania para haber prohibido que el banco central de la moneda única financie directamente a los Estados) pero el efecto en la población de la fórmula elegida para pagar la deuda externa, el empobrecimiento y la desaparición de las clases medias, se encaminan hacia el mismo lugar. La pérdida de poder adquisitivo en este caso no es por la caída del valor de canje de la moneda, que sigue siendo el euro, sino por la llamada devaluación interna, un ajuste que ataca a los salarios de los trabajadores por mandato de la troika y que se ha llevado ya una media del 40% de los ingresos con que contaban los griegos antes de la crisis. La consecuencia es la misma: cada vez se puede comprar menos, una situación agravada por la constante subida de impuestos, sobre todo indirectos, que sí provocan inflación.

La hiperinflación alemana atacó además con fiereza a los pensionistas (incluidas un millón de viudas de guerra), claro objetivo también de la troika, que ya ha dirigido su punto de mira incluso a aquellos que cobran por debajo de 1.000 euros al mes, después de haber suprimido las pagas extraordinarias y haber rebajado los ingresos mensuales al resto.

El desempleo, que se sitúa ya en Grecia según Eurostat en el 22,5% frente al 7,7% de 2008, antes de la crisis, es igualmente un generador de pobreza que está ya prácticamente en los niveles que alcanzó la Alemania de Entreguerras.

La situación se parecerá aún mucho más a la que forzó la llegada de los nazis al poder si, como se lleva temiendo o buscando desde hace ya más de dos años y vuelve ahora a tratarse como inminente, Grecia sale del euro. Entonces se hundiría el valor de todos los ahorros de los griegos de a pie (salvo los de aquellos que ya hayan sacado su dinero del país en la tremenda fuga de capitales experimentada en lo que va de año, que ha llevado a temer la llegada de un corralito al modo argentino). La clase media desaparecería de un plumazo.

La República de Weimar tuvo, sin embargo, una oportunidad, una posibilidad de salir del atolladero que no ha conocido Grecia desde que se inició el presunto rescate en mayo de 2010. La esperanza en la Alemania de Entreguerras se llamó Gustav Stresemann. El canciller primero y ministro de Exteriores después acabó con la hiperinflación estableciendo una nueva moneda (el Rentemanrk) respaldada por activos tangibles, se opuso al Tratado de Versalles e incluso frenó las intenciones de Hitler en Baviera.

Contra la banca

Pero hubo algo en lo que Stresemann se equivocó, aunque durante algunos años pareciese un gran acierto: endeudó a Alemania con la banca extranjera. Sus buenas relaciones con Estados Unidos le llevaron a aceptar las condiciones del acuerdo de Dawes, que incrementaban la deuda pero daban una moratoria al pago. Además, aceptó un préstamo de 800 millones de dólares desde Estados Unidos que se incrementaría con fuerza en los siguientes años. Aquella entrada masiva de capital permitió importantes tasas de crecimiento de la economía pero, en octubre de 1929, Wall Street se viene abajo. El crash provocó que desde Estados Unidos se pidiese a Alemania que devolviera lo prestado. Se le otorgaron 90 días para iniciar la devolución. Las empresas alemanas entraron en quiebra y empezaron a despedir a millones de empleados. El desempleo pasó de afectar a 1,32 millones de alemanes en septiembre de 1929 a afectar a 6,1 millones en enero de 1933.

Ni que decir tiene que Hitler tuvo en el centro de su discurso el ataque a la banca, utilizando los abusos del sector financiero y los estragos que provoca su descontrol como argumento para fomentar sentimientos antisemitas.

En Mein Kampf, Hitler cita con pasión las enseñanzas de Gottfried Feder, de quien dice haber aprendido “el carácter tanto especulativo como económico del capital bancario y el de la Bolsa, y de haber, a su vez, puesto al descubierto la eterna condición de su razón de ser: el interés porcentual”. Feder pide la “abolición de la servidumbre del interés” y Hitler hace suya esta idea.

De vuelta a la Grecia del siglo XXI, Pappas asegura: “Defenderemos nuestro derecho a ser una nación contra los banqueros, que quieren quedarse con nuestro país. Uno de nuestros lemas es Grecia pertenece a los griegos. Hay otros países como España o Italia que tienen problemas similares, es un asunto europeo”, dice buscando complicidad. “Nuestro propósito es ayudar a la gente a despertar y darse cuenta de lo que está ocurriendo”, añade.

Lo que está ocurriendo es que los bancos alemanes y franceses hincharon de euros Grecia durante años, sacando jugosos beneficios del crédito fácil y el consumismo alocado que este siempre provoca, y, cuando un nuevo crash, el iniciado por la crisis de las hipotecas subprime, tumbó Wall Street y Europa se quedó sin liquidez, los bancos alemanes y franceses también pidieron su dinero de vuelta, como habían hecho los de EEUU tras el del 29.

El desfase alimentado durante años rompió por el país más descontrolado del euro, Grecia, a la que, en lugar de ayudarla para que devolviese el dinero que debía, se optó por castigarla disparando los intereses que tenía que pagar e imponiéndole medidas inasumibles en el plazo fijado de recorte del gasto público. Grecia debía 299.685 millones de euros a finales de 2009, cinco meses antes del primer supuesto rescate. A finales de 2011 esa deuda, que ha pasado ya por dos rescates y una quita, se elevaba a 355.617 millones.

El daño que le han hecho las decisiones europeas no lleva sin embargo ahora a Amanecer Dorado a pedir una salida del euro, como defendía antes de entrar en el Parlamento. Tras las últimas elecciones han descubierto cuánto pueden equivocarse las encuestas si a los griegos se les mete el miedo en el cuerpo con la posibilidad de que abandonen la moneda única. Escurridizo en su discurso, Pappas saca pecho diciendo que “Europa está basada en los principios de la civilización griega. Toda la civilización occidental está basada en la civilización griega. Estamos a favor de las naciones europeas y contra los banqueros. La gente de Europa puede cambiar Europa” y Grecia permanecer en el euro.

Contra los políticos

Pero es la gente, el pueblo, quien puede operar el cambio. No los políticos, que son tan enemigos del pueblo para los fascistas de Grecia como lo fueron para los nazis, que son los que, con sus actuaciones, allanan el camino de la ultraderecha, que se aprovecha de la situación. “Debido a la mediocridad y debilidad de los partidos parlamentarios sobrevino, lógicamente, la mediocridad de los gobiernos. No se hubiera podido hacer nada contra un pueblo de setenta millones si previamente no se le hubiera quitado la fuerza. Y el que quita al pueblo este poder de decisión interior es el culpable del hundimiento de la nación”, dijo Hitler en abril de 1923 en su discurso ‘Derrotemos a los enemigos de Alemania’.

“Los partidos que dicen que van a ayudar a la gente, ni tienen a la gente, ni el deseo, ni la credibilidad para hacerlo, porque son los que han llevado a la gente a la situación actual”, dice Pappas. Amanecer Dorado juega también con el hambre ajeno para desprestigiar a la ya muy desprestigiada clase política. Explica que los productos que se reparten se han comprado con lo que les ha correspondido del dinero que se da en Grecia a los partidos. Por el momento se habría empleado medio millón de euros. “Todo ese dinero que el Estado nos dio, en lugar de usarlo para los fines del partido, se lo estamos devolviendo a la gente”, asegura. En 2013, añade, “será más y lo usaremos para lo mismo”.

Inmigración

Para resolver lo que consideran uno de los principales problemas griegos, la inmigración, tampoco quiere ahora Pappas mostrar el lado más violento del partido. Quiere vestir de democracia la expulsión de los ciudadanos nacidos en otro país y asegura que, si llegan al poder, harán un referéndum para saber si se quiere esa medida. “Lo que ocurre ahora en Grecia, que pasa en otros países europeos como España o Italia (busca de nuevo complicidad), no ocurre porque la gente lo haya decidido. Tiene que haber un referéndum que lo decida. Eso es democracia. Estamos a favor de los referéndums en general. Somos más demócratas que los que se supone que son demócratas. Si otro Gobierno decide tomar medidas de este tipo, lo apoyaremos”. Los inmigrantes “no pagan impuestos, usan el transporte público, los hospitales, tienen diferentes culturas, religiones y odian el mundo civilizado”, dice.

En una ciudad como Atenas, en la que varias calles del centro están abandonadas a una suerte de gueto por las que no pasa la escoba de un barrendero ni un policía salvo que haya elecciones o visita de la troika, alimentar la sensación de inseguridad no es complicado. Amanecer Dorado hace propaganda también acompañando a ancianos que así lo piden a sacar dinero del banco para que no les roben, algo que según ellos solo hacen los inmigrantes.

¿Hitler? Algo totalmente diferente

Pese a las innumerables similitudes con el nazismo alemán, el líder de Amanecer Dorado no quiere ni oír hablar de una relación con la formación de Hitler. Berlín, para ellos, es el mismo enemigo que lo fue París para los alemanes tras la firma del Tratado de Versalls. Es el país que les debe 575.000 millones de euros desde la Segunda Guerra Mundial, según cálculos de Jacques Delpla, del think tank Bruegel en Bruselas, que Pappas hace tiempo hizo suyos.

“Está usted hablando de una ideología diferente y una gente diferente”, lanza el diputado visiblemente molesto. “Grecia ha inventado todos los sistemas políticos”, insiste para justificar cualquier parecido con el nazismo.  Por no reconocer no reconoce ni que su símbolo, el Meandros, se asemeje al del partido nazi y simplemente recuerda que, como la esvástica, ese símbolo tiene su origen en la Grecia Antigua. 

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