Castillos de arena

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Castillo de Calafell (Tarragona). / catalunya.com

Probablemente el topónimo “Castilla” sea una réplica de la “Qastilya” tunecina, una región montañosa defendida por un conjunto de fortificaciones que jalonaban una red de caminos levantada por los romanos. De la romanizada “Qastilya” salieron tiempo después los beréberes que, arrastrados por los árabes, penetraron en la Península Ibérica llegando en sus correrías hasta el norte de la actual provincia de Burgos. Algo de sus nuevas tierras cercanas al Ebro –las colinas verdes, las torres de vigilancia de Castilla…- quizás les devolvió a esos invasores norteafricanos el eco de su patria perdida. Me enteré de todo esto leyendo un librito prodigioso de un historiador menor, don Jaime Oliver Asín (En torno a los orígenes de Castilla, Real Academia de la Historia, 1974).

Al parecer, el topónimo “Cataluing” se escribió por primera vez en un documento otorgado en Carcassone entre los años 1107 y 1112. Poco después una denominación similar en latín –“Catalania”- brota en un poema pisano en el que se canta una expedición militar a Mallorca acaudillada por el conde de Barcelona. Aprendí lo anterior leyendo al medievalista catalán don Federico Udina Martorell (Cataluña, Espasa Calpe, 1998). Aunque la etimología continúa siendo incierta, muchos traducen la voz Cataluña como “tierra de castillos” y derivan su significado de las fortificaciones erigidas en la antigua “Marca Hispánica”. No deja de ser curioso que dos territorios bien deslindados y a menudo enfrentados a través de los siglos –Castilla y Cataluña- puedan remontar el largo río de la Historia hasta llegar a un nacimiento lingüístico compartido.

La sinonimia citada es una ironía de la casualidad, nada más. Mucho más inquietante me parece la circunstancia de que no seamos los autores de nuestro propio nombre. Todos lo recibimos desde fuera y nos lo imponen los demás. No sólo los individuos, también los pueblos. Los castellanos y los catalanes se llaman así por voluntad de los beréberes y los pisanos. Los nombres son una consecuencia del movimiento, de los desplazamientos y cruces de población, son un producto de emigraciones humanas continuas que quieren designar todo lo que ven a su paso, en su camino interminable…¿hacia dónde? Si no somos dueños de nuestro nombre puede que tampoco tengamos un título de propiedad suficiente sobre la tierra que habitamos en precario y de modo provisional. Quizás no debiéramos presumir –como hacemos todos los días de manera inconsciente- ostentando un derecho exclusivo para permitir o negar la entrada a la tierra de otros individuos que, como nosotros, tampoco se han atribuido un nombre propio. Puede que sea un endiosamiento verse como los dueños de la potestad jurídica para imponer las reglas de uso y dominio sobre la tierra. Una locura que, por lo demás, muchas veces ha herido la tierra que llamamos nuestra con el griterío de la muerte y el llanto.

Es verdad que la fuerza de la propiedad sobre el suelo donde hemos nacido nos otorga una identidad hacia el exterior y nos permite el sueño magnífico de la diferencia. Sin embargo, la emoción infantil del nacionalismo tiene algo de comedia de circo, parece el sueño del mono loco que se cree respetable por llevar gafas, corbata y zapatos de charol mientras los espectadores, divertidos, le tiran cacahuetes. Es mejor ser nómadas sin una casa estable, sin una propiedad para siempre y sin sentir el peso de las misiones históricas. Sin otra identidad que compartir un extraño viaje y sentirse iguales a otros nómadas que han recibido un nombre muy similar al nuestro. Aunque también podemos encastillarnos en nuestras posiciones ideológicamente inexpugnables y encerrarnos en un castillo más ruinoso que el odio y la petulancia.

Estoy escribiendo en pijama. Paul Theroux dice que el pijama es el uniforme de los pacíficos. Suele afirmarse que, pasada cierta edad, no somos nadie y menos en pijama. Sin embargo, lo verdaderamente grotesco es rendir culto un año tras otro a los héroes militares que buscaron la independencia de la patria, llenar las calles de banderas y decirle continuamente a la prensa adicta que es inminente un ataque de las tropas de la vecina Ruritania. Eso se llama militarizar las conciencias. Eso es abandonar la política y sustituirla por los grados militares, las diferencias de rango, las lenguas que hieren como espadas y las supuestas misiones que nos dictan los antepasados. Prefiero la humilde dignidad del pijama.

3 Comments
  1. celine says

    Precioso articulo, Bornstein. Me encanta esa incitación a compartir la ley del judío errante en el mejor de sus sentidos. Me ha hecho sentir auténtica desaprensión por los heroicos latidos y mucha admiración por la libertad del cielo sobre nuestras cabezas y los ríos y las montañas por toda frontera. Y qué gran paso para la humanidad el poder escribir un artículo en pijama.

  2. Arquímedes says

    Sr. Bornstein, me gustaría que leyeran su artículo los defensores de las identidades por encima de las personas. Por ejemplo D. Artur «y sus nois».

  3. Dante says

    Nada que añadir al artículo y los comentarios, sólo aplaudir.

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