La amnesia de Mariano Rajoy, según el doctor Freud

Imagen de archivo de Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados. / lamoncloa.gob.es

No creo que sea un olvido eterno, como el que padecen los enfermos seniles. El presidente del Partido Popular sólo sufre un trastorno pasajero entreverado de momentos de lucidez. Porque, cuando alguien pronuncia EL NOMBRE sepultado en el pozo de su conciencia, de inmediato recupera la memoria y se le aparece, como si estuviera a su lado, la efigie rotunda del ex amigo oculto en la niebla. “¡Ah –estalla en un silencio interior el dueño de Génova 13-, si es mi antiguo y supuestamente fiel tesorero”! Pero no tarda ni un segundo en derrumbarse otra vez sobre el lecho seco de su desmemoria. Y el gorila vuelve a la niebla.

¿Por qué se ha apoderado este fenómeno de un cerebro adiestrado para batallar con éxito en la palestra del concurso-oposición y recordar hasta su muerte los capítulos más áridos del temario de  un aspirante afortunado a ser registrador de la propiedad? ¿Cómo es posible que se fugue lo más importante de la memoria de un empollón triunfador? ¿Qué diantres le ocurre a Mariano Rajoy? Es posible que, pese a su aparente serenidad, tenga las defensas psíquicas desmochadas, que, sobreexcitado por sus reiterados fracasos económicos, unidos a las continuas acusaciones de corrupción que penden sobre los altos cargos de su partido, Rajoy sea una víctima propiciatoria de lo que el Psicoanálisis denomina “actos fallidos”. Puede ser que bajo ese manto de desórdenes psíquicos, el presidente haya perdido transitoriamente la función de recordar ciertos nombres propios. Puede que le acose una sensación de dolor físico si se empeña en hurgar dentro de su memoria y que su aproximación a ese nombre huidizo que todos los días se le escurre entre las meninges sea el preludio de una inminente jaqueca.

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Sin embargo, demostraré que la actitud de Rajoy es una reacción natural de un hombre sano. Y también la de un tipo pero que muy vivo; su repentino olvido no es el de los muertos que llenan la cantimplora en las aguas del río Leteo. Su reacción estaba cantada ante una situación personal que –digámoslo así- es un poco retorcida. El silencio de Rajoy es un poema sin letra que sólo puede captar con todas sus vibraciones el sentido animal de su amigo barceno, ese hombre con aspecto de toro con manchas blancas y pardas en el pelo planchado hacia atrás. Un ejemplar feroz incluso en las dehesas de Salamanca, demasiado ásperas para el gallego Rajoy. El toro ha irrumpido en la plaza presto a embestir. Desde luego, el maestro no va a citarlo cuando al orgulloso animal le apetezca. Ya le puede provocar a Mariano, que va a ser que no. El arte del presidente es mirar con cara de vinagre de Módena y pasear por el albero con extrema y elegante lentitud. Con distinción.

El silencio de Rajoy anuncia el curso de los acontecimientos hasta el desenlace feliz que esperan, ansiosos, los miembros de su cuadrilla, se ponga como se ponga el impetuoso y noble bruto, su amigo del alma, el animal rojizo con largas patillas de plata. Bien sabían los augures de Roma que un silencio ominoso es señal de un presagio, un anticipo profético del dictado inevitable del poder. Entre el ex tesorero y los jueces, Rajoy enseñará al mundo quién es el amo y señor de la situación.

En su Introducción al psicoanálisis dice Sigmund Freud lo siguiente: “cuando alguien olvida o, a pesar de todos sus esfuerzos, no retiene sino muy difícilmente un nombre que, sin embargo, le es familiar, tenemos derecho a suponer que abriga algún resentimiento con el sujeto a que dicho nombre corresponde, y que, por tanto, no gusta de pensar en él”. Donde unos ven sólo miedo, yo, como el ilustre médico vienés, observo el resentimiento mudo del poderoso, de quien agarra la sartén por el mango y termina por aplastar al bicho. Pero sigamos prestando atención a las explicaciones del doctor Freud: “El olvido de nombres propios manifiesta la repugnancia de la memoria a evocar recuerdos que se hallan asociados con sensaciones no placenteras y cuya evocación habría de renovar tales sensaciones. Si determinados nombres escapan a la memoria no es tan sólo porque [a los sujetos amnésicos] les sean desagradables o les recuerden sucesos displacientes, sino también porque pertenecen, en su psiquismo, a otros ciclos de asociaciones con los cuales se hallan en relación más estrecha. En estos casos los interpelados “mostrarán siempre una tendencia a rehusar a un extraño un nombre que les parece reservado a sus relaciones íntimas.  Sin embargo, “un detenido análisis puede desembrollar todos los hilos de esta complicada trama”.

Bien dicho, señor Freud: la palabra clave es “trama”. En su triple sentido para el pasado (trama como organización con fines irregulares), el presente (trama como enredo  de una ópera bufa con la que se quiere engañar y distraer a la justicia) y también para el futuro (trama a modo de preparación astuta de la venganza definitiva). Luis Bárcenas, ese toro ambicioso que se enamoró de una luna llena de plata, va a ser humillado en el ruedo bajo un sol de justicia. Pero del mayoral que lo engordó hasta reventar tampoco recordaremos su nombre por mucho tiempo. No como él -por causa de su rencor o por complicidad silenciosa con mala gente-, sino sólo para que hinchemos los pulmones y seamos capaces de respirar, por fin, aire limpio. Por una cuestión de higiene mental. Cuando nos despertemos, el dinosaurio ya no seguirá a nuestro lado y olvidaremos la pesadilla. Dios me oiga. Y a usted también, doctor Freud.