Aznar, fiscalista

Imagen de archivo de José María Aznar y Mariano Rajoy durante una reunión del Comité Ejecutivo del PP. / Efe

En su comparecencia ante las cámaras de Antena 3, el ex presidente José María Aznar ha exigido al Gobierno de su compañero Mariano Rajoy “una bajada inmediata de los impuestos”. Y, para demostrar las condiciones de posibilidad de su reivindicación fiscal, se ha puesto a sí mismo como ejemplo. Aznar versus Rajoy. Uno reduce los impuestos y el otro los sube, y ambos tienen el carnet del Partido Popular. Efectivamente, Aznar bajó el IRPF en las dos legislaturas de su Gobierno (1996-2000 y 2000-2004) y, con independencia del juicio que cada uno tenga sobre la equidad de sus medidas, lo cierto es que los años de Aznar se caracterizaron por la suficiencia de recursos de la Hacienda Pública. Sin embargo, la postura actual del presidente de FAES me parece una provocación anacrónica porque confunde los tiempos y desconoce la falta de identidad en los términos de su comparación. Además, omite de forma quizás interesada algunos hechos de su gestión como jefe del Ejecutivo que no avalan precisamente sus enfáticas declaraciones televisivas.

Hagamos memoria. La cruzada de Aznar por la reducción del IRPF comenzó en 1992 y fue su estandarte político en las elecciones generales de 1993, que perdió por un puñado de votos. ¿Habría cumplido su programa electoral si se hubiera alzado con el poder? Sinceramente, lo dudo. En 1993 la economía española decrecía a una tasa aproximada del 1% y una rebaja fiscal era la mejor opción para prolongar aún más la duración del ciclo negativo. Una prueba de lo que digo es que Aznar (con el mismo programa electoral) formó Gobierno en 1996, cuando la economía crecía ya en torno al 2%. ¿Aprobó entonces “una bajada inmediata de los impuestos”? No. Su reforma del IRPF tuvo que esperar, de manera muy prudente, a que llegara el año 1999, con una tasa de crecimiento de aproximadamente el 4%. En esa tesitura de bonanza económica, una rebaja de impuestos constituye una oferta pública capaz – como así ocurrió- de impulsar la actividad, estimular la demanda interna y crear empleo, sin una merma significativa de la recaudación. Aznar actuó sin precipitación y a favor de la corriente. Consideró que era urgente esperar y pisar el freno. En 1996, cuando conquistó el poder, incluso gravó con un poco de rigor las plusvalías del capital (Real Decreto-ley 7/1996), que con los socialistas se iban de rositas gracias al simple transcurso del tiempo  (la llamada maduración de la plusvalía, a la que Aznar puso el tope del 31 de diciembre de 1996).

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Desde el año 2008 la economía española se ha desplomado trazando la línea vertical más acusada de su historia reciente. Si no les produce demasiada melancolía por lo que hemos perdido, pueden consultar en este análisis de la Fundación BBVA la evolución de las tasas de crecimiento de la economía española en el período 1981-2009. Les ahorro los últimos años de nuestra agonía. ¿A quién no le gusta que le bajen los impuestos, sobre todo si llega con muchísimas dificultades a fin de mes? La música de Aznar suena muy bien. Pero su exhortación al Gobierno (sin ningún detalle de los impuestos que deben bajarse y, sobre todo, a quiénes) son una catilinaria que hundiría más todavía las finanzas del Estado. La política fiscal de Rajoy es muy injusta. La de Aznar es simplemente un disparate que dejaría el sector público como un solar. Aznar no se da cuenta de que la financiación exterior del Tesoro depende en estos momentos del esfuerzo fiscal (muy mal repartido por Rajoy) que nos exigen nuestros acreedores. No se da cuenta de que nuestra posición deudora nos conduciría a la horca si prosperara su moción de relajación fiscal, inmediata, indiscriminada y universal. Aznar regala a las clases populares españolas una entrada a la bancarrota. Y, de paso, un vale-descuento a Cristóbal Montoro para que se refugie definitivamente en un frenopático.

Aznar "no descarta volver". Está en su derecho. Alguien de su partido ha dicho, sin embargo, que sería una vuelta al pasado. A un pasado imposible y quizás también imperfecto.