El ideal de salud del presidente Rajoy

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Imagen de archivo de Mariano Rajoy, y su esposa, Elvira Fernández, paseando por un parque en Madrid. / Efe

Mens sana in corpore sano es un lema que suele entenderse como una apología del deporte, de una alimentación equilibrada y natural y de una vida ordenada enemiga de los excesos. Creo que fue el filósofo Ludwig Feuerbach el autor de la frase “somos lo que comemos” y sin duda dicha afirmación resume bien el pensamiento de ese notable precursor del materialismo moderno que tanto influyó en Carlos Marx. Sea como fuere, a mediados del siglo XIX se hizo patente en Europa, de manera ascendente e irresistible hasta su esplendor actual, el predominio valorativo del cuerpo sobre ese don humano hasta entonces casi omnipotente que es el espíritu. El espíritu y sus productos, la voluntad y la fuerza de las ideas renquean, se descomponen y mueren definitivamente si su sustento, el cuerpo, carece de salud, vigor y armonía. El capitalismo contemporáneo es la ideología del cuerpo perfecto. Sin él tampoco hay salud mental (aunque siempre hay resentidos que sostienen que muchos 'tíos buenos' y 'tías buenas' en realidad están vacíos por dentro).

Sin embargo, en su origen el aforismo mens sana in corpore sano tenía un significado distinto y ambas potencias humanas estaban deslindadas con nitidez. En las Sátiras de Juvenal puede leerse la siguiente admonición:

Se debe orar para que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano.
Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte.
Que considere el tiempo de vida restante entre los regalos de la naturaleza.
Que pueda soportar cualquier clase de esfuerzos.
Que no sepa de ira y esté libre de deseos.
Y crea que las adversidades y los terribles trabajos de Hércules son mejores que las satisfacciones, la fastuosa cena y la placentera cama de plumas de Sardanápalo.

Tenemos, pues, dos versiones muy distintas sobre el significado de la salud, física y mental, que deben poseer los seres de nuestra especie. Una, de sabor humanístico, que si bien no niega las influencias recíprocas de la salud del cuerpo y la de la mente, separa ambos bienes y admite la posibilidad de un crecimiento autónomo de cada uno de ellos. Una versión que, no obstante, establece un orden de jerarquías en el que –sin olvidar la necesidad de que el cuerpo y la mente disfruten de equilibrio- el dolor no es considerado una enfermedad y la aspiración al bienestar físico ocupa un escalón subalterno en el proyecto vital de la voluntad y la consciencia de los hombres. Prevalece aquí la defensa de una vida digna que pone el acento en lo que el poeta llama “el alma”. La segunda interpretación, que ha acabado derogando a la primera, enfatiza por el contrario el valor de la salud física casi hasta la condición de posibilidad de desarrollo real de la salud mental. El resultado de la fusión de los dos elementos, según esta última opinión, sería el paradigma de la “vida buena” o la “calidad de vida”.

Todos sabemos que la “calidad de vida” es una cuestión de dinero, más o menos resuelta en la hasta ahora próspera civilización europea gracias a la implantación generalizada del llamado 'Estado de Bienestar'. Así que incluso a los admiradores más fervientes de Juvenal les resultará muy difícil impugnar las condiciones materiales de la existencia como fuente necesaria de una vida libre, sana y digna, imprescindibles también para la salud mental. Nuestra Constitución de 1978 (art. 43: “Se reconoce el derecho a la salud”, ligado explícitamente al “deporte” y el “ocio”) recoge ese legado cultural, que sin embargo diariamente es víctima hoy de las termitas de la crisis financiera y las exigencias de los inversores de capital. Quizás el mens sana in corpore sano ha entrado ya en una tercera fase, mucho más discriminatoria y espartana para quienes carecen de recursos propios. Y no digamos nada si esos sujetos no tienen tampoco derechos políticos.

En España lo que el Gobierno del PP denomina “reformas” no es otra cosa que saltar una frontera y penetrar en un espacio desconocido en el que lo único que se sabe es que el dinero público mengua cada día y no es capaz de atender la demanda de bienes básicos de muchas familias que, depauperadas por la crisis, cada vez los necesitan más porque no pueden proveerse de ellos en los mercados. Quizás llegue un momento en que el dinero público sea poco más que un espejismo en un desierto huérfano de instituciones igualitarias creado por el colapso de la máquina estatal. En teoría, todo conspira a favor de las rentas particulares en esta época de apoteosis neoliberal y de privatización acelerada de la oferta de bienes elementales (el derecho a la salud, por ejemplo). La “austeridad” aplicada por el Gobierno 'popular' habría convertido la vida de las personas en un monólogo financiero: cada individuo encaja en un régimen de autarquía personal y depende casi en exclusiva de 'su' dinero particular para alcanzar el noble ideal de la “vida buena”. Esta política condena a las personas desvalidas a un estado de miseria sin el consuelo de expectativas de mejora. Así funciona el liberalismo extremo. Pero hay algo todavía más dañino para los parias que no tiene nada que ver con esa doctrina aunque sus impulsores, al menos en nuestro país, a menudo se autodefinan como liberales. Lo peor de lo peor es, como veremos en seguida, la asignación clasista en dirección inversa de los magros e insuficientes recursos públicos que ingresa el Estado.

Todos somos iguales en cuanto al reconocimiento estatal del derecho a la salud. Pero unos son más iguales que otros, como se comprueba con el análisis de dos normas jurídicas publicadas durante el verano que hace unos pocos días hemos dejado atrás. Mediante una de las disposiciones antedichas el Consejo Superior de Deportes concede una subvención nominativa a la Real Federación Española de Fútbol para efectuar la distribución de fondos al fútbol no profesional establecida en los PGE para 2014. Se trata de dos partidas por un importe global cercano, sólo este año, a tres millones de euros destinados a programas de actividades, obras y equipamientos. España es, si se me permite la expresión, una vaca lechera de subvenciones públicas a fondo perdido, pero lo novedoso en este caso es que el importe de la subvención corresponde a una afectación específica de la recaudación fiscal, exactamente del 4,55% de lo que ingresa el Estado por el impuesto sobre actividades del juego, en su modalidad de apuestas mutuas deportivas. El trato legal es óptimo para los beneficiarios de esta medida porque, si bien tienen vedado que dicha ayuda oficial, por sí misma o en unión de otras, supere el coste de la actividad subvencionada, la financiación obtenida a través del Consejo Superior de Deportes es enteramente compatible “con la percepción de otras subvenciones, ayudas, ingresos o recursos para la misma finalidad, procedentes de cualesquiera entes públicos o privados, nacionales o internacionales”. Eso sí, en las instalaciones subvencionadas se colocará obligatoriamente una placa por la que se identificará al Consejo como órgano cofinanciador de las obras, una placa que será de material “duradero y resistente a las agresiones”. Caray, puede que no sea tan evidente el lema mens sana in corpore sano.

Sean o no aficionadas al fútbol, otras muchas personas practican el deporte obligatorio de ganarse la vida como sea y sin ayuda de nadie. A algunas incluso les gustan los deportes de riesgo y son aficionadas a la navegación en patera o a la escalada de vallas custodiadas por guardianes que cumplen su deber a golpe de chuzo y silbato. Pero el riesgo mayor y su más intrépida aventura son los compañeros de fatigas de los parias de la globalización cuando una enfermedad grave les sitúa vitalmente fuera de combate. Para esos individuos, el Estado pasa de largo si no disponen de dinerito propio, contante y sonante en los bolsillos, y son mayoría los que ni siquiera tienen bolsillos. Peor para ellos. Vean, si desean comprobarlo, esta reciente disposición del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad (sí, Igualdad), que regula los "convenios especiales de prestación de asistencia sanitaria". Gracias a esta norma un inmigrante 'sin papeles' tiene derecho a atención sanitaria por el módico precio de 60 euros mensuales (157 euros si es un viejo de 65 años o más). Naturalmente, estas personas a las que hace dos años se les retiró la tarjeta sanitaria, aún pagando esas cuotas, sólo podrán acceder a las prestaciones de la cartera común básica de servicios asistenciales del Sistema Nacional de Salud y además tendrán que hacer frente a los gastos de medicación.

Desde múltiples instancias (Amnistía Internacional, Médicos del Mundo, el Consejo de Europa…) se les ha recordado a Mariano Rajoy y Ana Mato que con las cosas de comer no se juega. Pero, sobre todo, no se entiende que haya dinero público para el fútbol y no lo haya para la asistencia sanitaria de quienes no pueden costeársela a sus expensas. Mens sana in corpore sano, la noble consigna de Juvenal, ha perdido definitivamente su toga latina y su retórica de humanidad. Aunque nuestro presidente, a su manera, sigue siendo un clásico y anda a lo suyo en el Olimpo. Parece un dios adaptado a las necesidades de nuestro tiempo: muchas lecturas de prensa deportiva, de vez en cuando una recepción palatina y una foto rodeado de grandes atletas de nuestro país. Y, por encima de todo, un continuo mirarse en el espejo para controlar la figura y la talla. La da. Su salud, en lo físico y en lo mental, es envidiable.

5 Comments
  1. Piedra says

    Me ha gustado mucho este artículo sobre la tendencia de ese falsario que no ha dicho una verdad en su vida (Rajoy) a eliminar el estado social y engullir todos nuestros impuestos.

  2. Un intelectual resentido says

    Gran artículo!

  3. Rosa says

    Muy interesante el artículo.
    Cada día es más deprimente ver lo que hace esta pandilla de impresentables.
    Porfi… ¡un cambio ya!

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