Menores tutelados: la maldición de los 18

Cada vez que Raúl Serrano oye gritar a mujeres se pone nervioso. No importa que sea en la calle o en un centro comercial. No le gusta. Es una de las huellas que le dejó su familia, compuesta por un hombre y dos mujeres que se peleaban con mucha frecuencia. A veces dormían bajo un techo, otras no. Estas circunstancias hicieron que con solo tres años, el pequeño fuera a parar a un centro de menores y ya no abandonase la tutela del Estado hasta que fue mayor de edad, un paso abrupto de la infancia a la vida adulta. Ahora es guionista y director de cine y se ha propuesto hacer un documental para contarlo.

Han pasado muchos años desde que este joven cruzó la barrera de la mayoría de edad en 1999. Ahora sobrepasa holgadamente la treintena y tiene hijos. Ha construido su forma de ejercer la paternidad enterrando todos los errores de su progenitor, para no repetirlos. En 2016, 43.902 menores necesitaron este tipo de medidas de protección, de los cuales 14.104 fueron acogimientos residenciales y 19.641 fueron familiares, según el Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia. En el mismo informe hay otro dato preocupante: 2.232 jóvenes salieron del sistema tras cumplir los 18 años. Lo que para cualquier otro chaval puede ser motivo de alegría, para muchos de estos chicos es sinónimo de preocupación. El Estado es un ‘padre’ mucho más severo y, alcanzada la adultez, deja de proveerles de comida y techo. Tienen que buscarse la vida solos bajo el riesgo de quedarse en la calle, con todo lo que eso implica. 

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Raúl, que prepara el documental ‘Así crecen los enanos’, recuerda esa época con incertidumbre. A esa edad, algunos jóvenes se encuentran sin una red familiar que pueda amortiguar el golpe. Los menores que viven en los centros llegaron allí por circunstancias diferentes, desde abandono familia hasta situaciones de maltrato, abusos o drogodependencia de los padres. Estos espacios no pueden sustituir el amor incondicional de una familia, pero sí les aleja de ese entorno. Echando la vista atrás, Raúl recuerda una sensación de desarraigo que comenzó a notar a «los 7 u 8 años»:«Empiezas una especie de duelo. Mis padres me decían que me querían mucho, pero luego no luchaban por mí. Comienzas a sentir rechazo. Los quieres porque son tus progenitores, pero a la vez te sientes solo», explica sobre las contradicciones y la decepción que provoca ver a tus referentes vitales disolverse. Cuando cumplió la mayoría de edad, sus padres seguían en las mismas condiciones que cuando les quitaron la custodia, un punto que este joven cree que hay que mejorar: el trabajo con las familias.

En cuanto pudo, Raúl combinó sus estudios con el trabajo y entró en una empresa de metalurgia. Era consciente de que no tenía mucho tiempo y decidió centrarse en ganarse las habichuelas: «Muchos chicos que van a cumplir los 18 fallan en el instituto o comienzan a cometer hurtos. Pero es porque sienten pánico. Hay algunos que piensa “si me voy a la calle igual a los 18, para qué voy a hacer esto”», argumenta sobre la inquietud y la baja autoestima que este momento provoca en los jóvenes. Reconoce que tener amigos en el instituto (fuera del centro de menores) le ayudó a tener otros modelos de conducta. También habla de la resiliencia como actitud vital.

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Raúl es de los afortunados. Antes de tener que ser independiente, tuvo acceso a un piso de emancipación, que compartió con algunos compañeros y que le sirvió como trampolín a la vida adulta. Otros vuelven a casa o se quedan en la calle. En su caso, su presdisposición hizo que le seleccionasen para aprender a vivir independiente, una oportunidad que recibió como un «premio». Aún así, no se veía estudiando una carrera ni esperando cinco años más para poder trazar un plan de vida. Ante la incertidumbre, decidió irse a Berlín a probar suerte. Ahora ha conseguido estabilidad y prepara el citado documental para poner el foco en estos niños, donde cuenta con otros seis testimonios durísimos, la opinión de expertos y el apoyo de organizaciones como Amnistía Internacional.

Cómo prepararse para ser mayor

«Cumplidos los 18 años, se agudiza la tensión», reconoce Aurora Corona, presidenta de la Fundación Adsis de Valladolid. Hay una última oportunidad para aquellos que no están preparados para la vida adulta. El sistema prevé protección hasta los 21 años en pisos para jóvenes extutelados en proceso de emancipación donde pueden estar hasta año y medio, aunque el sistema de protección varía dependiendo de la comunidad autónoma, tal y como revela un informe de la Federación de Entidades con Proyectos y Pisos Asistidos.

Corona asegura que, cuando los jóvenes entran en sus programas, sus responsables les solicitan las ayudas económicas (como la Renta Garantizada) o les ayudan a buscar un empleo con empresas colaboradoras. En definitiva, les dan las herramientas para trazar un plan de vida,  un boceto de un proyecto de futuro que a veces no son capaces de vislumbrar solos. En un país con un alto paro juvenil, se insiste mucho en la formación de estos jóvenes para que tengan un oficio cuando se enfrenten al voraz mercado laboral. En estos 18 meses, les preparan en tiempo récord. «Estas ayudas les permite ir haciendo un colchón. Les pedimos que vayan ahorrando dinero para el futuro». También les ayudan a planificarse en tareas más cotidianas, como el saber llevar una casa.

«Se les crea un itinerario, se les apoya para que acaben el curso en el que estén y después hacen cursos de formación para que pasen rápidamente al mercado laboral. Mi experiencia es que suelen quedarse contratados», argumenta Manuel Cabezas, orientador de piso en Mensajeros de la Paz. Este experto resalta que la convivencia en estas viviendas es muy buena, alejando el estereotipo de joven conflictivo que pesa sobre ellos. Los expertos una selección previa para estos programas, en los que la voluntariedad y el buen comportamiento son indispensables.

Cabezas suele trabajar en su día a día con MENAS (Menores Extranjeros No Acompañados), que suelen esforzarse para poder mandar dinero a su país o volver cuanto antes: «Es cierto que a veces tienen más incertidumbre por renovar el contrato». Hoy Raúl da charlas a estos jóvenes cuando alguna organización se lo pide y ve entre su caso y el de ellos una diferencia fundamental: su familia está lejos, pero no les ha fallado. Sin embargo, estos jóvenes se enfrentan a otros problemas graves. El centro de menores de La Purísima de Melilla está en el punto de mira de las oenegés, que denuncian situaciones de hacinamiento y violencia.

Raúl Serrano sigue intentando sacar adelante su documental ‘Así crecen los enanos’, aunque no está siendo fácil. También planea crear una web de recursos para estos chicos y deja muy clara su intención sobre la apertura de este debate: «No hay que demonizar ningún recurso. Hay que hablar de las carencias, pero siempre desde un punto de vista constructivo».

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