No golpees a un fantasma

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Se ha postergado tanto tiempo a las víctimas, que es de justicia hacer oír su lamento. Además, el drama cotiza al alza en el mercado de valores televisivo. Los medios no hablan del hambre, sino de los hambrientos. Lo abstracto deja paso a lo concreto: la desnutrición es un abdomen hinchado; la pobreza, un cuerpo raquítico. Del mismo modo, los daños infligidos a la tierra y sus consecuencias protagonizan documentales acerca de cómo se malvivirá en el planeta dentro de veinte años. Incluso de algo tan difuso como el futuro se elimina la abstracción. Se imagina el porvenir y se rueda.

Esa concreción que no entiende de tiempos verbales, se muestra, sin embargo, escrupulosa con la voz gramatical. Y se conjuga siempre en pasiva, no en activa. Como todas las imágenes no caben en un minuto y medio de televisión, cada vez que se nos muestra una víctima, se nos oculta a su victimario: tengámoslo en la cabeza. El fotógrafo Gervasio Sánchez lo experimentó en carne propia cuando expuso sus “Vidas minadas” en la ONU, en abril del año pasado. El benévolo organismo acogió las fotografías con los rostros de los cojos, mancos y ciegos que las minas antipersona van dejando por el mundo, aunque le rogaron que omitiera los nombres de los países donde se habían fabricado esas minas. La desgracia de las víctimas quedó convertida en un accidente de la naturaleza, como si las minas fueran amapolas silvestres, nacidas de la lluvia y el sol alegre.

El lenguaje colabora en la ocultación. Los gobiernos, tan compasivos, siempre están combatiendo el mal. Hacen campañas de lucha contra el hambre, lucha contra la pobreza, lucha contra el cambio climático, lucha contra la explotación infantil. Golpean, como boxeadores sonados, una abstracción, una fantasmagoría. Si mencionaran a los especuladores de materias primas, estarían más cerca de acabar con el hambre. Si señalaran a las industrias contaminantes, evitarían el cambio climático. Si mencionaran a las empresas explotadoras de niños, acabarían con el trabajo infantil. Si nos dieran los nombres y los apellidos de los gobernantes corruptos, los jefes del FMI y la Organización Mundial de Comercio, y los ideólogos de la desigualdad, se erradicaría la pobreza.

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Lo omiten, aunque sufren tremendo dolor por los desdichados del mundo. Salimos a jeremiada diaria. Y con esa hipocresía mantienen a salvo a los responsables. Cuando de ellos se trata, la abstracción trabaja a pleno rendimiento y encuentra en los modos de expresión el zulo donde ocultar a los malhechores.