La quiebra de Miguel Hernández, en el Borme

Ya es paradójico que el nombre del poeta de Vientos del Pueblo y El rayo que no cesa haya aparecido en el periódico más prosaico de España. Un anuncio publicado el lunes, 22 de marzo, en el Boletín Oficial del Registro Mercantil, el Borme, informaba de la “declaración de insolvencia” de la sociedad constituida para canalizar las actividades sobre Miguel Hernández en el centenario de su nacimiento. Entre otros proyectos, la sociedad Centenario Miguel Hernández, S. L. iba a producir una gran película sobre la vida y la muerte del poeta. Era un proyecto hollywoodiense en el que el actor Johnny Deep habría reducido a la dimensión de vulgares piratas del Caribe a algunos relevantes camaradas, en contraste con el ejemplo y el testimonio de “dignidad humana, valor político y absoluta entrega a los ideales” que, según su amigo Marcos Ana, nos dejó el poeta.

La quiebra de Centenario Miguel Hernández S. L. se produce siete meses antes de que se celebre, en octubre, el centenario propiamente dicho del nacimiento del poeta, y significa el punto final de unos “gestores culturales” muy interesados en explotar los derechos de su obra. Detrás de la noticia del Borme existe además una historia prosáica de dinero, luchas, rencilla y codazos por apropiarse del legado del poeta. Una historia que arranca cuando la viuda de Hernández decidió entregar todos sus escritos al Ayuntamiento de Elche, la ciudad donde vivía.

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Era el año 1986. Josefina Manresa, la viuda del poeta, fue condecorada con la banda de Isabel la Católica. Tenía 70 años y estaba muy enferma. Padecía un cáncer de mama y sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Expuso su situación al entonces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, quien le aconsejó que entregara el legado de su marido al Ayuntamiento de la ciudad de las palmeras. Así lo hizo. Era una mujer transida de dolor, con una vida marcada por el sino de las tragedias y la desdicha, como decía Miguel. Había perdido a su padre (un guardia civil que fue fusilado durante la guerra), a su primer hijo, Miguel Ramón (nacido el 19 de diciembre de 1937 y muerto a los nueve meses), a su marido (muerto en 1942 en el penal de Alicante) y, recientemente, a su segundo hijo, Manuel Miguel, nacido el 4 de enero de 1939 y fallecido en 1984.

Esta mujer que había dedicado toda su vida a velar por el recuerdo y la difusión de la obra de su marido, cedió al Ayuntamiento todo lo que Miguel había escrito y ella guardaba celosamente en un baúl, y ya no volvió a salir de su casa. Sólo lo hizo una vez para acudir  al discreto traslado de los restos de su marido y de su primer hijo a un mausoleo que les cedió el Ayuntamiento de Alicante en el cementerio. Ni siquiera acudió a la presentación del último libro del poeta, 27 sonetos inéditos, que publicó la Diputación de Alicante.

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En el verano de 1986, el Ayuntamiento de Elche le asignó una pensión vitalicia de 50.000 pesetas mensuales que, según los términos del acuerdo, pasaría a sus nietos para que estudiaran en la Universidad. El legado volvería a ser propiedad de su nieto mayor, Miguel, cuando cumpliese 25 años. Así las cosas, Josefina Manresa murió el 19 de febrero de 1987 y la titularidad sobre el legado quedó en manos de su nuera Lucía Izquierdo y de su nieto Miguel.

Antes de que cumpla el plazo del retorno del legado y los correspondientes derechos, el Ayuntamiento de Elche ha negociado con herederos a través de la sociedad Centenario de Miguel Hernández la adquisición del mismo por tres millones de euros, más dinero del que ofreció la Biblioteca Nacional (2,1 millones de euros), pero los “gestores culturales” piden el triple. La conclusión ha sido esa nota en el Borme. La sociedad para el centenario y la familia del poeta no pueden pagar proyecto alguno. Los actos que se celebren correrán por cuenta de las instituciones públicas. Y ya se sabe que el que paga los violines elige la musica. La pregunta de por qué la familia del poeta se ha dejado guiar por unos “gestores culturales” en vez de por las instituciones puede encontrar respuesta en la escasa palabra y poca fiabilidad de algunas de ellas. En resumen: pena sobre pena.

En 1940, cuando Miguel Hernández estaba encarcelado en Madrid, recibió la visita de Cosío, que le ofreció un remedio contra la desolación y la pobreza de su mujer y su hijo: reimprimir El rayo que no cesa y olvidarse de toda su poesía de guerra, de todo su Viento del pueblo. El poeta rechazó la oferta con todas sus energías. En mala hora escribió Guerrero Zamora que de haber vivido, liberado por los indultos de Franco, se habría incorporado a la vida poética oficial de la España fascista. Ese Guerrero ignoraba la calidad ética del poeta o, de otro modo, trataba de vilipendiarle después de muerto. Los vendidos o “accidentalistas” que decía Azorín, más fino, fueron otros.

A Miguel Hernández le condenaron a muerte el 30 de enero de 1940. En el banquillo sentaron a su Viento del pueblo, escribió Marcos Ana en la cárcel de Burgos. Allí Marcos y los demás presos le rindieron un homenaje en 1960, representaron Sino sangriento, guión que el propio Marcos escribió con caligrafía apretadísima para aprovechar las escasas hojas de papel. La obra recorría vida y poemas de Hernández y se representó por la noche, con velas, cuando cerraron la galería, y con varios presos vigilando para preservar el acto de la brutalidad de los centinelas. Pero esto ya es otra historia, poco o nada rentable para los “gestores culturales”.