Millonarios desprendidos: ¿llega la filantropocracia?

Bill Gates y su esposa Melinda. / gatesfoundation.org

Esta semana ha salido en Estados Unidos una noticia que sobre el papel (y hasta por Internet) parece una noticia buenísima: un total de 40 megabillonarios se han puesto de acuerdo para donar a proyectos sociales o de beneficencia como mínimo la mitad de sus inmensas, mareantes fortunas. Hay quien todavía llega más lejos, como el conocido inversor y oráculo de Omaha, Warren Buffett, quien hace un cierto tiempo anunció la donación del 85 por ciento de su fortuna a la fundación que dirigen Bill Gates y su esposa, Melinda.

Gates y Buffett son los pioneros y los impulsores del proyecto, que tiene marca registrada y sitio web y todo: se llama The Giving Pledge (El Compromiso de Dar) y, aunque no equivale a un contrato legal ni obliga a nadie a donar su dinero a tal o cual proyecto, sí le compromete ante la sociedad a hacer el gesto. Tratándose de personas tan conocidas como el cineasta George Lucas, el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, el zar mediático Ted Turner o el fundador de Oracle, Larry Ellison, nadie tiene ninguna duda de que cumplirán.

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Hablamos de gente tan fabulosamente rica que aún desprendiéndose del cincuenta, el ochenta o hasta el noventa por ciento de su fortuna podrían vivir como reyes hasta el resto de sus días. Lo cual resta stress pero no interés ni mérito a su decisión. Que hunde sus raíces en las originales ideas de redistribución social de la riqueza que tienen, curiosamente, algunas de las personas más ricas del planeta.

Decíamos que el alma del proyecto son Gates y Buffett. Gates puso en marcha el imperio informático Microsoft. Cuando lo dirigía su poder era enorme pero su imagen era tirando a mala. Se echó fama de manipulador, de imperialista electrónico y de no pararse en barras para que Microsoft monopolizara el mundo. Antiguos colaboradores suyos aseguran a quien esto firma que Gates vio la luz cuando empezó a recibir amenazas de muerte y a tener que comprarse un avión privado porque volar en vuelo regular era peligroso. Ahí decidió retirarse de Microsoft y dedicar su mítica energía a fundar, junto con su esposa, una de las fundaciones benéficas más poderosas del planeta. Su presupuesto supera con creces el de la ONU. Aunque eso tampoco es tan difícil.

Se supone que Gates es un hombre felizmente casado y que adora a sus hijos, a pesar de lo cual no ve la necesidad de legarles todo lo que posee. Ha dicho en público varias veces que su intención es dejarlos “arregladitos” para que no les falte de nada pero si quieren lujos asiáticos que se busquen la vida, como se la buscó y se la encontró él. Recordemos que en América muchos piensan que la suerte no existe y que uno es rico o pobre porque se lo merece. Entonces hay gente, como Bill Gates, que seguramente cree que la mejor herencia que puede dejar a sus descendientes no es mucho dinero sino talento para ganarlo.

Warren Buffett. / Wikimedia Commons

Luego tenemos a Warren Buffett, un hombre de trayectoria familiar cuanto menos original. Su primera esposa, Susan, le abandonó para irse a hacer medio de actriz, medio de cantante. No se llevó ni a los niños. A pesar de lo cual la familia siguió de algún modo muy unida hasta la muerte de ella hace muy pocos años. Warren y Susan jamás se divorciaron a pesar de que el primero llevaba décadas viviendo con otra mujer, Astrid. No sólo se la había presentado Susan sino que firmaban las felicitaciones de Navidad los tres juntos.

Por lo demás Buffett tiene fama de ser un personaje austero rayando en la tacañería, que ya ha advertido a sus hijos de que no les piensa dejar prácticamente nada. Su visión es más drástica aún que la de Gates: dice que si la sociedad fuera una empresa sería una pésimamente gestionada, ya que los profesionales más valiosos (maestros, descubridores de vacunas, creadores artísticos) a veces ven peligrosamente infravalorado su “producto”, mientras se pagan fortunas absurdas a estrellas de rock o asesores de inversiones, como él. Entonces hay que forzar una drástica redistribución de la riqueza para que la empresa social funcione y sea competitiva.

No está mal como teoría. Ni en la práctica. En Estados Unidos hay tal concentración de multimillonarios que, según datos de la revista Forbes, si todos ellos dieran la mitad de lo que poseen, se movilizarían 675.000 millones de dólares (513.000 millones de euros). Una cantidad nada desdeñable, más en plena crisis, cuando el poderoso músculo caritativo americano parece que se estaba quedando fláccido.

Hablamos de un país donde la carencia de inversión pública en muchas cosas se suple con capital privado. Literalmente. La concentración de cantidades fabulosas en muy pocas manos permite que estas manos labren su prestigio social convirtiéndose en patronos de las ciencias, las artes y la acción social. Quien más quien menos paga un palco en la ópera, un banco en Central Park y un hogar para niños pobres. Cuando Barack Obama amenazaba a los ejecutivos de Wall Street –qué tiempos– con obligarles a vivir con sólo 500.000 dólares al año, los periódicos echaron cuentas a ver si ello era posible. Y entre los gastos corrientes ordinarios incluían el presupuesto para caridad –y para vestir adecuadamente en los actos donde esta se ejerce–  con tanta naturalidad como el sueldo del chófer o la niñera.

¿Ha llegado a América la revolución social desde arriba? La iniciativa, como es natural, sólo obtiene halagos y parabienes. Faltaría más. A ver quién es el guapo que les critica.

Hay quien se permite, como The Wall Street Journal, la impertinencia venial de sugerir que el verdadero objetivo de The Giving Pledge no es hacer el bien sino quedar como dios. Que estar en esa lista sería el supremo símbolo de status. Sólo los verdaderos supermegarricos de la muerte se pueden permitir dar la mitad de su fortuna y seguir siéndolo. WSJ incluso pasa lista y descubre, por ejemplo, que el poderoso CEO de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, no cobra lo suficiente para picar tan alto. Tú dirás, con ese sueldo de miseria: apenas 137 millones de dólares en cinco años.

Curiosamente tampoco figura en la lista John Paulson, la mayor fortuna individual de Wall Street. La hizo apostando con decisión el dinero de sus inversores a que los que habían invertido en hipotecas se iban a estrellar. Acertó y con la debacle general ganó un buen montón de dinero. Eso sí que es un emprendedor.

Y el caso es que a mí se me ocurren razones todavía más maquiavélicas para querer estar en esa lista que las que apunta WSJ. Que son: hasta ahora la filantropía era una fuerza dispersa, como mucho agrupada en algunas fundaciones, como la de Bill Gates, que lleva movilizados 22.000 millones de dólares desde 1994. No está mal. Pero imagínate poder bombear centralizadamente todo el dinero que todos los años reparten por ahí tantos multimillonarios filántropos. ¿No se crearía una concentración de poder espectacular?

No olvidemos que tanto Gates como Buffett, por muy idealistas que nos hayan salido a la vejez, empezaron de jóvenes ganando dinero como posesos. Y el dinero no se gana si no se tiene la mentalidad adecuada para ganarlo. ¿Está aplicando Gates a la filantropía la misma lógica monopolista que durante años aplicó con éxito a la informática? ¿Está Buffett optimizando su inversión benéfica como previamente optimizó todas las demás?

Si les sale bien, ¿no acabarán mandando más que muchos gobiernos? ¿No caminaremos hacia una especie de filantropocracia?