En Nueva York regalan memoria histórica de aquí al lunes (6 de septiembre)

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Imagen de 1917 en la que un grupo de inmigrantes se prepara para un examen médico. / ancestry.com/inmigration

Ninguna primera visita a Nueva York tiene mucho sentido sin pasar por la Isla de Ellis, que entre 1892 y 1954 fue el purgatorio donde hacían cola todos los inmigrantes en lista de espera para entrar a la ciudad. A día de hoy es un museo que se visita con gran aprovechamiento y ojo, no poco sobresalto, a poco que se esté atento.

Las historias de inmigrantes, como las del descubrimiento de América y la conquista del Oeste, se suelen embellecer mucho a toro pasado. Que si aquello fue una gran gesta, una epopeya tremenda, etc. Cuando en vivo y en directo estas cosas son más bien estremecedoras. No emigra quien quiere sino quien debe, por muy pocas ganas que tenga de ver mundo y muy nulo que sea su afán de aventura.

Se emigra por y con horror. Recuerdo la primera vez que pisé Ellis. Tantos años después de cerrarse como aduana humana esos muros todavía desprenden vibraciones no sé si malas pero sí profundamente perturbadoras. Recuerdo la fotografía, obviamente en blanco y negro, de una mujer recién llegada de Lituania. Su espeso rostro espantado. Súbitamente dándose cuenta de la enormidad a la que se enfrenta y de la imposibilidad de retroceder. De lo mucho que le queda por sufrir para que sus nietos, con suerte, levanten cabeza.

El Museo de la Inmigración de la Isla de Ellis guarda muchos documentos, escritos y gráficos, que muchos americanos utilizan rutinariamente para rastrear sus ancestros. A veces a ciegas, meramente tecleando sus apellidos en el ordenador, a veces con criterios de búsqueda más concretos. También es posible consultar más de 1.700 historias orales de inmigrantes, que el National Park Service empezó a grabar en los años 70.

Lillian Galletta. / ancestry.com/inmigration

Hay historias conmovedoras de supervivientes del Titanic. Está también la historia de Lillian Galletta, que con cuatro años de edad dejó Sicilia acompañada por su madre y sus cuatro hermanos. Llegaron en 1928 a Nueva York, donde les esperaba su padre. Una Lillian ya adulta prorrumpe en incontrolables, perennes lágrimas, al acordarse de la emoción de volver a verle y abrazarle después de tanto tiempo de separación forzada por la puta miseria. Está Isabel Belarsky que a los 9 años de edad tuvo que dejar Rusia con toda su familia huyendo de la persecución religiosa (¿adivináis de qué religión era?). Etc.

Normalmente hay que venir a Nueva York para escuchar estas grabaciones, que están a disposición de los visitantes de la isla y del museo. Pero esta semana las han colgado gratis online. Están a disposición de cualquiera que las quiera oír, desde cualquier lugar del mundo en www.ancestry.com/immigration, hasta el lunes que viene, 6 de septiembre, que es la fiesta federal del Labor Day. Como el Primero de Mayo americano.

Faltarán sólo cinco días para el 11-S, el noveno ya, que este año se conmemora bajo la ominosa sombra de una desconfianza hacia el otro (musulmán en Nueva York, inmigrante en Arizona) más fuerte y más irracional que nunca.

God bless America. Pero la de verdad. La que no olvida cómo empezó todo.

6 Comments
  1. AMJU says

    Pues sí, Anna, algunos nietos consiguieron levantar la cabeza. Intuyes y perfilas muy bien la historia de sus abuelos, del rumor y de las vibraciones que dejaron a su paso y que hoy todavía se oyen. Esas vibraciones nos pueden llevar de Ellis al Lower East Side, al número 97 de Ochard Street, por ejemplo. Al «tenement» habitado por los Rogarshevsky o los Baldizzi. Después el rumor nos podría llevar a Rochester o a West Orange, no muy lejos de donde tú vives, pero esa es ya otra historia. Gracias, como siempre.

  2. celine says

    Eso es: la de verdad, la que no olvida. La más rara de encontrar, todo hay que decirlo. Muy bonito, Grau.

  3. Lola says

    Igualito que en tu admirado Israel, donde la memoria y la historia son monopolios exclusivos de unos pocos: http://periodismohumano.com/migracion/israel-deportara-ninos-inmigrantes-para-garantizar-el-caracter-judio-del-estado.html

  4. Anna Grau says

    A Lola: admiro a Israel, sí. Porque existe con todo en contra. Y porque con todo en contra se las arregla para ser una sociedad mucho más compleja de lo que dan a entender ciertas descalificaciones simplistas y en bloque. Si lees el link que adjunto verás que la ciertamente deplorable decisión de Netanyahu de deportar a los niños de los inmigrantes ha generado una enorme resistencia interna dentro del país. Se opone la izquierda. Se opone el presidente Shimon Peres. Se opone la esposa del anterior primer ministro, Aliza Olmert. Se opone hasta la esposa de Netanyahu.
    La vida y el mundo son pelín más complicados, Lola.
    ¿Qué te parecería que alguien propusiera suprimir tu país de la faz de la tierra porque no le gusta una decisión que ha tomado el gobierno de turno?
    http://www.ipsnews.net/news.asp?idnews=52670

  5. celine says

    Muy bien; gracias a Lola y a Grau la noticia ha podido leerse en su pleno contexto. Así se hace.

  6. Anna Grau says

    Añado al debate una recomendación para leer la noticia sobre el tema de Laura L. Caro en ABC. Destaco los párrafos finales, que dan cuenta de la inmensa resistencia a la deportación de la sociedad israelí:

    Presión social
    Si todavía las familias de inmigrantes confían en que este proceso se parará a tiempo es gracias a la inmensa presión social que se ha desatado. Las protestas tienen mucho que ver con los sucesivos retrasos que ha sufrido ya la ejecución de las deportaciones.
    El Movimiento que reúne a los kibbutz ya ha anunciado que si se saca de Israel a uno solo de los niños notificados, esconderán a los demás para impedir que se les localice. «Hay 280 kibbutzim y más de 30.000 casas. Estamos hablando de 400 niños y sus padres, que serán discretamente dispersados entre los hogares. La Unidad Oz puede entrar en cada kibbutz y ponerse a buscar», ha explicado un representante del colectivo.
    No son los únicos. La asociación de los supervivientes del Holocausto también se ha puesto del lado de los inmigrantes. «Un judío no deporta niños», lamentaba en una manifestación el escritor Yehuda Atlar en relación a la posición moral que implica esta medida.

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