«Hecho diferencial» se dice ‘guoqing’

A Yang Liwei, el primer astronauta chino, debió de darle un patatús cuando viajó al espacio en 2003 para descubrir estupefacto que la Muralla no se ve desde la luna, como le habían enseñado en el colegio. Al regresar de su expedición espacial reveló trémulo al país la triste noticia: ni se ve un ladrillo, ni una almena ni nada. Ese año, los libros escolares chinos fueron corregidos y reeditados a toda prisa, para evitar a los niños chinos futuros sofocones como el de Yang.

Este ridículo no lo cuentan los guías, claro. Ellos hacen hincapié en que la Muralla tiene tres milenios de antigüedad, pero lo cierto es que de esa época no deben de quedar ni los cascotes y que muchos tramos de la muralla fueron construidos en el siglo XVII. Pero lo más paradójico es que originalmente la Muralla fue varias murallas, erigidas por siete distintos reinos chinos para defenderse unos de otros. Como suele ocurrir, un reino, el de los Qin, se impuso a los otros seis y unió los distintos tramos de muralla para convertirlos en una sola. Y sin embargo, los chinos no han dudado en convertirla en símbolo nacional y reflejo de su unidad (al tiempo que de una impermeabilidad a la influencia exterior rayana en la xenofobia).

El mito de la Muralla es aún más reciente. Julia Lovell cuenta en La Gran Muralla (Debate) que comenzó a crearse hace unos setenta años “con el objetivo estrictamente práctico de satisfacer una nueva necesidad: buscar un símbolo de la antigua grandeza imperial que permitiera infundir un sentimiento de orgullo nacional en los aciagos años del siglo XX en que se sucedieron las revoluciones fallidas, las guerras civiles, las invasiones extranjeras, las hambrunas y la pobreza generalizada”. En esto el nacionalismo resulta perfectamente previsible. No importa de qué nación se trate, su discurso siempre es el mismo: qué hundidos estamos, pero qué magníficos somos. Para forjar su mito nacional, otra paradoja, los chinos se inspiraron en la admiración occidental hacia la Muralla, ya que a ellos, como os contaba ayer, les suscitaba una indiferencia infinita.

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Un retrato de Mao preside la Plaza de Tiannamen. / Foto: Javier Vaquero

A partir de ahí, los chinos no han dejado de referirse a la Muralla como la encarnación de sí mismos, de su espíritu inquebrantable, de su fortaleza, de su sabiduría, pero también aunque parezca increíble, se la ha comparado con un río que une, e incluso se ha dicho que es el elemento inspirador del pueblo “en su avance hacia la construcción de un socialismo de rostro chino”. Cáspita.

Quienes quieren tranquilizarnos respecto al imperialismo chino, no sólo obvian que en 1950 China ocupó el Tíbet, sino que se sirven también de la Muralla para ejemplificar con ella el espíritu pacífico del país, afirmando que se trata de una edificación defensiva, cuyo propósito era proteger a los campesinos de los bárbaros del norte. Pura filfa. Los baluartes construidos en el primer milenio a. C. penetran en la estepa mongola y en los desiertos, muy lejos de las tierras de cultivo. Lo mismito que han hecho los israelíes con la valla erigida bajo la excusa de defenderse de los terroristas: el 90% de ella se adentra en territorio palestino.

Un montón de billetes, en el Mausoleo de un emperador de la dinastía Ming. / J. V.

Cuando otros regímenes comunistas empezaron a derrumbarse, los chinos redoblaron los esfuerzos por la educación patriótica de los chinos. En los 90 comenzó una campaña basada en la idea de que China posee una “singularidad nacional” (guoqing), algo así como el hecho diferencial catalán, pero mucho más sólido. No sólo se apoya en la Muralla, también en Mao, cuyo retrato preside la plaza de Tiannanmen: él quiso que fuera la más grande del mundo, pero sólo es la más fea. Por supuesto el patriotismo chino también remite de forma recurrente al pasado imperial. En la foto podéis ver a un emperador de la dinastía Ming en su Mausoleo. Aunque veáis ese montón de billetes a sus pies, os juro que no hacía acrobacias. Es la forma que tienen los chinos de encomendarse a él o darle las gracias.

Todo esto aderezado con comentarios como “los chinos inventamos la pasta y no los italianos”, “nosotros ideamos la imprenta y no Gutenberg”, la verdad, me hace recelar. Ningún nacionalismo me cae simpático y aunque es pronto para temer el de China –que significa, por cierto, “el reino del centro”–, no tardando mucho nos encomendaremos a Confucio para que su economía siga creciendo al 10% sin necesidad de una guerra. Al tiempo.