RAIMUNDO CASTRO | Publicado: - Actualizado: 8/1/2017 20:23

Iñigo Urkullu, durante la rueda de prensa del pasado día 6 en la que valoró el comunicado de ETA. / A. Aldai (Efe)

Vuelven los diputados al redil de la Carrera de San Jerónimo y se retoman esas conversaciones de pasillo o barra que rezuman las posiciones reales de los partidos, las que no tienen nada que ver con las declaraciones oficiales. Lo experimentamos de inmediato el martes por la mañana, antes de la primera sesión de los plenos del Congreso. Y, cómo no, salió a colación el tema de ETA de forma muy diferente a la que expresaban los políticos en los medios de comunicación.
De entrada –primera sorpresa– oigo decir a experimentados diputados del PNV que el comunicado de ETA ha sido un tremendo error porque ha provocado una reacción contundente en las filas no sólo nacionalistas, sino soberanistas, del mundo abertzale. Lo ofrecido está tan lejos de lo reclamado incluso por sus posibles aliados de Eusko Alkartasuna, comentan, que por primera vez se contempla con discreto optimismo el siguiente paso que ETA se verá obligado a dar, mucho más allá del actual enroque, generalmente rechazado por insuficiente, cuando no por ridículo.

Nacionalistas y soberanistas vascos piensan que, ahora, tras la demostración de su debilidad que ha supuesto el seguir anunciando que cierra filas frente al resto del mundo, ETA comprobará de una vez por todas que nadie se fía de su dirección. Ni siquiera sus presos, que andan trinando desde que se rompió la tregua en la T4 de Barajas y se esfumaron sus posibilidades de salir de las prisiones donde están. Hábilmente, Alfredo Pérez Rubalcaba, animado por el mismísimo José Luís Rodríguez Zapatero, metió la cuña de hielo y rompió el monolito etarra permitiendo que los condenados arrepentidos salieran a tomar el aire.

Esos diputados, que conocen bien a EA y bastante bien a muchos batasunos, como buenos herederos del viejo Arzallus que son, están convencidos de que ETA, si quiere que su rama política pueda presentarse a las municipales, se verá obligada a volver a mover ficha pero de manera contundente, en línea con lo expresado por EA de que la tregua sea definitiva e internacionalmente verificable.

Lo malo, temen ellos y los diputados socialistas que hablaban con ellos, es que el PP vuelva a intentar dinamitar cualquier proceso, como hizo con el anterior. En ese sentido ven con preocupación el camino emprendido por Jaime Mayor Oreja aseverando que el Gobierno ya está negociando con ETA, aunque a Mariano Rajoy, a quien informa personalmente Rubalcaba de todos los movimientos contra los etarra, le consta que no es así. Mayor respira por la herida de no haber podido ser lo que ahora es Patxi López, el lehendakari, y teme que si el proceso sale bien y ETA desaparece, Zapatero se recupere y tengamos gobiernos socialistas para 20 años. Pero la realidad le desmiente contundentemente. A nadie se le ocurre pensar que el Gobierno esté pactando con una organización terrorista a la que descabeza policialmente una y otra vez.

Aquí, ahora, lo que hay es eso: caña al mono hasta que baile. Es decir, que el Gobierno le está devolviendo a ETA su propia filosofía de pegar duro para negociar mejor. Sólo que con una diferencia. Se pega duro, a tope, sabiendo que es la única manera de que los terroristas se avengan a una negociación que sólo afecta a dos asuntos: la entrega de las armas y, a cambio, la generosidad con los presos.

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