Cataluña, capital Jerusalén

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Los candidatos de los seis principales partidos que concurren a las elecciones catalanas accedieron a hacerse esta foto para Efe, con la 'colla' Castellers d´Esplugues, durante la jornada de reflexión. Aparecen -en el sentido de las agujas del reloj– Mas (CiU), Herrera (ICV), Sánchez-Camacho (PPC), Rivera (Ciutadans), Puigcercós (ERC) y Montilla (PSC). / A. Estévez (Efe)

Que levante la mano todo catalán medianamente progre que no tenga un amigo en Madrid (o en Santander o en Murcia) que alguna vez no le haya preguntado: “Oye, ¿y no sería más fácil que en Cataluña pactaran el PSC y CiU, y ya está?” Desde el punto de vista de la izquierda española un pacto así, que nunca ha existido en la práctica pero que en teoría tiene nombre y todo, sociovergencia (por lo que sea les sonó mejor que nacionalsocialismo), habría sido todo ventajas. Habría habido Generalitat socialista sin tener que estarse rascando día sí, día también, la urticaria del tripartito y las freakadas de ERC, un partido que presume de ser de izquierdas pero que votarle por eso es como pretender leerse el Playboy por sus interesantes reportajes sobre San Juan de la Cruz. Se daría un importante paso más en la siempre agradable misión de convertir al PP en la Herri Batasuna catalana, un partido casi en vías de ilegalización al este del Ebro. Y en caso de necesidad en Madrid el nacionalismo catalán lo tendría muy crudo para no apoyar al PSOE. ¿Quién da más? ¿Cómo pudieron Pasqual Maragall primero y José Montilla después hacerle ascos a tanta dicha?

La respuesta no exige penetrar los arcanos de ningún Código Da Vinci catalán, bastan un poco de hemeroteca y de sentido común. Es sabido que en 1980, cuando Jordi Pujol ganó sus primeras elecciones en Cataluña, las neveras socialistas se quedaron llenas de botellas de cava sin abrir. ¿Cómo era posible? Pero si la izquierda estaba arrasando en toda España, pero si el futuro eran ellos. ¡Que justo en la Cataluña ejemplarmente antifranquista se tuvieran que llevar este disgusto!

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Tan claro lo tenían que cuando Pujol, que no tenía la mayoría absoluta, les propuso un gobierno de coalición, se negaron en redondo. Era cuestión de tiempo, pensaban, que los catalanes cayeran en la cuenta de su error y lo enmendaran. Y era verdad. Sólo les llevó 23 años plantar un presidente socialista en la Generalitat. Y han pasado 30 años y siguen sin haber ganado ni una sola vez las elecciones autonómicas. Ni una sola vez. Aunque en las elecciones generales arrasen por sistema: Ana Botella ha llegado a decir en público de que se percató de que el PP iba a perder en el 2004 en el momento en que vio la elevada participación en Cataluña.

¿Y CiU? Al principio la soltería les sentó muy bien. Vinieron los años dorados de mayoría absoluta tras mayoría absoluta y luego el lujo de poder condicionar a los gobiernos de Madrid, algo que les provocó la crisis interna más importante de su historia (la máxima ilusión de Miquel Roca era ser ministro de Felipe González y Pujol no le dejó), pero parecía que se lo podían permitir. Hasta cuando ERC dejó de ser una foto en sepia de venerables perdedores de la guerra civil, un partido de abueletes, para devenir un brillante cromo de Lolitas políticas en pelotas aguantaron el tirón los dinosaurios nacionalistas de toda la vida. A ERC le faltó tiempo, entonces como ahora, para desintegrarse en el aire en una pedorreta de grupúsculos. Es ley de vida (de la de ERC). Hizo falta un poco explicado y peor entendido pacto del Majestic con Aznar y el relevo de un líder carismático como Pujol por Artur Mas, que es lo más parecido que hay en Cataluña a un registrador de la propiedad de Pontevedra (sólo que más hacendoso), para que CiU se pegara el castañazo. Y aún así es interesante observar que desde 1980 no han perdido las elecciones ni una sola vez. Gobernarán o no gobernarán, pero ganan sistemáticamente.

Sin embargo la bilis de las solteronas los carcomía por dentro. Y por fuera. Mas ha sufrido en carne propia algo que pudo sufrir Mariano Rajoy de no haberse producido el atentado del 11-M (y lo que vino después) y haber ganado el PP las elecciones generales en el 2004 pero por la mínima, que era el terror de Aznar. Rajoy pudo vivir entonces el mismo suplicio de Tántalo y la misma humillación de Mas, tener los votos pero no el gobierno, porque nadie está dispuesto a pactar contigo. Es más, están todos dispuestos a pactar contra ti, con lo cual trabajas con cero errores. O mayoría absoluta o nada.

¿Por qué pasarán estas cosas? ¿Por qué algunos partidos amanecen un día con una diana pintada en la frente? En el caso del PP podía tener que ver con el eterno choque entre las dos Españas, que cuanto más virulento más electoralmente propicio al PSOE, porque entonces este deviene la desembocadura natural y única de todas las minorías. Y de todo el centro. Pero la particularidad de Cataluña es que supone una de las excepciones más clamorosas a la norma de la España machadiana y binaria, un sitio donde el eje izquierda-derecha es distinto, donde el centro es otro. La CiU de Pujol es la que más cerca ha estado de ese centro durante más tiempo, y esa es parte de la explicación del “todos contra ellos”, más por parte de los nacionalistas más radicales. Estos no prefirieron a Maragall o Montilla por amor a la izquierda, sino porque aspiraban a succionar desde el poder las masas votantes de CiU, luchaban por ser los nuevos gestores de ese terco tropezón catalán cada vez menos silencioso y menos dispuesto a diluirse sin rechistar en la sopa española.

Pero el desencuentro verdaderamente estratégico no era este sino el que desde el principio de los tiempos democráticos enfrentaba a CiU y PSC. La alianza que parece tan de cajón en Madrid resulta inviable en Cataluña porque ninguna de las dos partes está dispuesta a formar parte de un gobierno que presida la otra. Nadie quiere renunciar a la primogenitura. Ni a la convicción de que la “verdadera” Cataluña la encarnan ellos.

El arte imita a la vida y la política al arte, y la política catalana lleva décadas imitando a las novelas de Juan Marsé. Que literariamente son espléndidas pero como testimonios literales de la realidad social no son más fehacientes (ni tienen por qué) de lo que The social network lo es a la verdadera biografía de Marc Zuckerberg. Sintiéndolo mucho ni todos los catalanes son ricos ni burgueses con adorables hijas rubias (lo cierto es que la superburguesía de Barcelona tiende a ser castellanoparlante y a tener hijas morenas) ni todos los hijos de la inmigración son tan simpáticos y agraciados como el Pijoaparte.

La realidad catalana siempre ha sido mucho más atigrada y paradójica. Es verdad que Cataluña fue una identidad política independiente y diferenciada (como lo fue Castilla, o Asturias y León), pero de eso hace centurias. Lo cierto es que hace tiempo que la coctelera no para de agitarse y de mezclarse, de peor o de mejor gana, con agrado o con dolor. Las masivas oleadas de inmigración interior de los años 70 son sólo una de las incidencias, una de las vueltas del camino. La demografía es otra. A día de hoy los catalanes “naturales”, los indígenas de la tierra cuyos apellidos acabados en ny o en ig se remontan a diecisiete generaciones, son una parte del conjunto pero no son ni mucho menos el todo. Igual que tampoco lo son los que viven en Cataluña pero tienen otros ideales y revoluciones pendientes que la de perpetuar la lengua de Josep Pla.

Y en cambio hace años que el desprecio de los políticos quinquis por los políticos botiguers, y viceversa, ha abierto un foso insalvable. Unas eternas tablas tan frustrantes como las que salvando (felizmente) las distancias enfrentan a judíos y palestinos. Como ninguno quiere irse ni ser el otro, que por lo visto es lo peor, o se matan o se dotan de un doble estado.

¿Va camino Cataluña de la partición, real, emocional o simbólica? Por un lado con tanta freakada independentista y con su inevitable efecto de rebote la amargura antiespañola (la convicción de que España nos odia) va in crescendo y empieza a adquirir cotas sentimentalmente irreversibles para mucha gente. Y sin embargo estar más cabreados no significa ser más. No significa que los secesionistas tengan quórum en su propia casa. El problema no es que no les deje Madrid, es que es la misma Cataluña la que no les deja. La que si mañana se pusiera a votación la independencia no en escogidos pueblecitos de 400 habitantes sino en el entero territorio votaría que no, coño. Que la mayoría no nos queremos ir de España.

Por otro lado, que la mayoría de los catalanes sean de izquierdas respecto a España, algo objetivamente impepinable, no impide que en su pueblo puedan ir por libre si el PSOE o el PSC devienen una decepción demasiado continua. Los socialistas catalanes siempre han tenido la tentación, por otro lado comprensible, de mandar a los más listos a hacer carrera a Madrid y a dejar en casa a los menos dotados para seducir, con la única excepción de Maragall, que por otro lado cantaba tanto entre los que se quedaron que faltó tiempo para que le hicieran la cama.

¿Es la moraleja de este largo artículo que tras las elecciones de domingo tiene que haber un gobierno CiU-PSC? No necesariamente o, más bien, no en absoluto. Esto es más bien un análisis de por qué esa alianza no se ha dado ni probablemente se dará nunca, y de cómo esa imposibilidad responde, aparte de al interés táctico de cada uno, a una fractura esencial de la política catalana que la deja un tanto hemipléjica e incapaz de recorrer los tambaleantes puentes de cuerda que la separan de sí misma. Cataluña no tiene cada vez más problemas para entenderse con España, los tiene para entenderse ella, para dar por bueno lo que ve cuando se mira en el espejo.

Que gane el mejor, si lo hay.

5 Comments
  1. Xavier says

    Hauries d’haver escrit «Que gane el menos malo, di lo hay».

  2. Jonatan says

    Los de CIU avalan el dictum del Dante: «L’avara povertá dei catalani», en la Divina Commedia.

  3. celine says

    A mí, Pijoaparte me pareció un ser indeseable, Grau. Lo de las pijas catalanas, rubitas todas (de bote o no) y todas uniformadas, en plan «hecho diferencial» sí que me llama la atención, jejeje, pero los pijos siempre dan la nota en todas partes; ya se sabe.

  4. lou reed says

    Molt bon article, com sempre.
    Felicitats!

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