El jornalero que fastidiaba a los ministros

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Portada del libro.

En aquellos tiempos de clandestinidad y lucha social y política contra el franquismo leyó Antonio Romero Ruiz (Humilladero, Málaga, 1955) este grafiti en un muro: “No sabiendo que era imposible, fue y lo hizo”. Treinta y cinco años después, ya apartado por voluntad propia y consejo médico de la política institucional, aunque no de la real, pues el pensamiento no se jubila, rescata aquel lema como colofón del trepidante relato de memorias que ha publicado en la editorial Almuzara con el título Un jornalero en los secretos del Estado.

Pensaba Romero que el hijo de un jornalero andaluz que tuvo que abandonar la escuela a los 14 años para trabajar en el campo y ganarse las habichuelas no llegaría a nada. Se equivocó. Por lo menos llegó a que, según recuerda su amigo y ex asesor del grupo parlamentarios de IU, Antonio García Castillejos, le presentaran en una conferencia universitaria como “un insigne jurista y abogado de prestigio, que tanto contribuye al Derecho…” y a desmentir a su presentador: “Yo no soy abogado, soy jornalero, pero en efecto, hago las leyes que ustedes estudian”.

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Romero comenzó a convertir el grafiti en realidad a los 18 años, cuando se incorporó al Comité Central del PCE y luego fue elegido primer secretario general de CC.OO del Campo en Andalucía. En 1982 salió elegido diputado andaluz por Málaga y cuatro años después llegó a Madrid como senador. Era el único senador comunista y se aprovechaba del desinterés o del despiste de sus colegas del Grupo Mixto para agotar el cupo de mociones y preguntas al Gobierno. Había tardes de pleno que se encerraba con “cinco toros de la divisa de González Márquez”, como le gustaba decir.

Entonces los plenos de la Cámara Alta se celebraban los martes, y Romero iba directo al grano, es decir, a los temas más conflictivos y candentes, de modo que al día siguiente, cuando los diputados preguntaban sobre los mismos asuntos a los ministros, las respuestas ya estaban en los titulares de los periódicos. Romero el batallador iba a los temas sensibles, a la médula del Estado. Los derechos sociales en la Guardia Civil y la integración de la Legión en otras unidades fueron algunas de sus batallas.

En aquel entonces, el cabo Manuel Rosas Recuerda y otros dirigentes del sindicato clandestino de la Benemérita eran arrestados y condenados a años de prisión por reclamar mejoras sociales y la desmilitarización que el PSOE llevó en su programa.  “Parece mentira que usted haya sido sindicalista”, le espetó una vez a José Luis Corcuera. A la salida, el ministro le dijo: “Romero, esto no va a quedar así. Te tengo sentenciado”. El portavoz de IU en el Congreso, Nicolás Sartorius, se apresuró a preguntar a Corcuera a qué obedecía la amenaza. Con Narcis Serra las cosas fueron distintas. Era más tranquilo, más reflexivo. “El señor Romero me tiene entre la Legión y la pared”, le contestó una vez. Los que le amenazaban eran otros. Un médico de Málaga que se llamaba igual que él recibió una carta con amenazas muy serias por insistir en la disolución de la Legión.

En 1989 se convirtió en diputado y en 1993 renovó su acta por Málaga. Podía haber sido portavoz del grupo si los catalanes no hubieran preferido a Rosa Aguilar, a la que tilda de “arribista”. En el libro recuerda cómo Julio Anguita la disuadió de que se alojara en el Hotel Palace. Romero pernoctaba en la Pensión Gonzalo desde que era senador. Allí encontraron sitio Felipe Alcaraz y otros camaradas. IU, como tercera fuerza política, con dos millones de votos, tenía derecho a un representante en la Mesa del Congreso. Le propusieron a él, pero el veto fue esta vez de Felipe González, que prefirió entregar el puesto al PNV y ningunear a IU. Felipe y Romero –no Carmen, se entiende-- nunca se gustaron. “El era anticomunista”, dice el autor.

La última legislatura del PSOE, ya sin mayoría absoluta, se convirtió en una tortura para el felipismo, con casos de corrupción sin cuento en los que Romero y especialmente Mariano Santiso pidieron aclaraciones y provocaron ceses de ministros y altos cargos con un trabajo impecable y riguroso en el Congreso y en los medios de comunicación. Con ocasión de las denuncias sobre la guerra sucia del GAL, las condenas de Amedo y Domínguez y la implicación del controvertido espía Francisco Paesa, huido de la justicia española, Romero acudió con Joseba Azkárraga, Koro Garmendia y un periodista de El Mundo a Ginebra a denunciar en la ONU que Paesa, acreditado como embajador de Santo Tomé y Príncipe, y dotado, por tanto, de inmunidad diplomática, debía responder ante la justicia por actividades de apoyo al terrorismo. El Gobierno español ayudaba entonces al pequeño país africano con 300 millones de pesetas con cargo a la cooperación. En Ginebra les recibió el diplomático Emilio Artacho, que era de Granada. Y cuando les presentaron, Romero le dijo: “Yo conozco a un primo suyo”. “¿De la Universidad?”, le preguntó Artacho. “No, de la aceituna”. El primo era dueño de un cortijo donde el diputado había estado de jornalero.

Otro “primo”, cuyo nombre nunca supieron porque así lo habían pactado, y decidieron llamarle Primo suministró a Romero y al letrado y asesor del grupo, García Castillejos, toda la información documental de las 47 obras en cuarteles de la Guardia Civil con las que el entonces director general, Luis Roldán, había amasado una fortuna de unos 500 millones de pesetas cobrando el 7% de comisión. El Primo, un agente secreto del CSID y de la Guardia Civil, era una mina. La información que les suministró permitió al diputado poner a Roldán contra la pared y desvelar una parte del latrocinio que había perpetrado.

El libro aporta algunos detalles jugosos de la investigación sobre aquel personaje que se dio a la fuga. “Un día me llama por teléfono un miembro del servicio de inteligencia de la Guardia Civil con el que tenía una buena relación y me dice: “¡Roldán se ha escapado! Ha salido de Salamanca hacia la frontera de Portugal y es posible que a estas horas ya esté volando hacia Latinoamérica o París, donde tiene apoyo. Incluso es posible que vaya a algún país de Asia, pero él y su grupo de confianza se han escapado y no han acudido al control”. Ese día había pleno. Yo salí al pasillo y se lo dije a Manolo Fuentes, de la agencia Efe, que dio la noticia. El ministro Antoni Asunción salió e hizo unas declaraciones diciendo: “Roldán no se ha escapado, y el señor Romero hace un mal servicio a su país diciendo esas cosas”. Yo le respondí que si se confirmaba que se había escapado, tendría que presentar su dimisión”. Y se confirmó y el ministro presentó su dimisión.

Un jornalero en los secretos del Estado es un libro ameno, bien escrito –el autor ha contado con la colaboración de la periodista Esperanza Peláez–, tiene gracia a raudales, recoge experiencias y situaciones comprometidas para el personaje –incluidas algunas amenazas de muerte que recibió– y refleja el compromiso político y humano con los de su clase: los trabajadores, los jornaleros, la gente sencilla. Antonio Romero, vecino de Humilladero y amigo de las personas de bien sigue siendo amante de los galgos y ahora coordina las acciones de los municipios por la III República.

4 Comments
  1. Zaratustra says

    Sugerente este Romero de libro que denunció la corrupción y a los canallas incrustados en los aparatos del Estado

  2. manolo says

    ¿Dice algo el libro sobre las reuniones de Anguita con Pedro J y Cascos? ¿Y la alianza contranatura de «este jornalero» con Javier Arenas? Posiblemente lo dejara para el proximo libro

  3. mateo sanz says

    Este no ha sido jornalero en su vida, pero ha vivido del cuento de jonalero durante 30 años que lo unico que ha hecho es pisar moqueta.

  4. Liber says

    Romero era y sigue siendo un personaje que se cree a sí mismo, aunque nadie creyó ni cree en él. Forma parte de la especie mesiánica de las novelas de Vargas Llosa. Yo le veo en «La guerra del fin del mundo». Pero si no hubiera gente como él tendríamos que inventarla. Voy y compro el libro. Seguro que mola.

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