‘Mecagüen’ Estados Unidos: váyanse a mandar cuando y donde yo les diga

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Obama aprovechó su rueda de prensa de ayer, con motivo de la visita del primer ministro canadiense, Stephen Harper, para volver a reclamar "una transición duradera y significativa" en Egipto. / Michael Reynolds

Estados Unidos no debió apoyar el régimen corrupto, cínico y sofocante de Hosni Mubarak todo este tiempo contra la voluntad del pueblo egipcio, según parece. Sin embargo ahora Barack Obama debería hacerse personalmente responsable de echar al faraón sin ni siquiera esperar que se celebren elecciones. Estados Unidos no debió invadir Irak ni derrocar a Saddam Hussein. Sin embargo sus tropas deben permanecer allí el tiempo que haga falta para estabilizar la región (y sobre todo para que no tenga que ir a estabilizarla nadie más). Estados Unidos no debería interferir en Oriente Medio. Sin embargo, todo el mundo espera que le “apriete las tuercas” a Israel.

No es fácil ser una primera potencia mundial sin incurrir en clamorosas contradicciones. Éticas y hasta técnicas. Lo que vulgarmente se llama meter la pata, algo a lo que tanto la diplomacia como los servicios de inteligencia de Estados Unidos son bastante más aficionados de lo que parece. Command eggs que nadie en Washington se hubiera olido la que se estaba cociendo en El Cairo, justo cuando Obama iba allí a soltar discursos históricos y a coger carrerilla para el enésimo experimento de paz en Palestina.

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La CIA, el Departamento de Estado y la madre que a todos ellos les dio a luz han hecho un papel tan brillante como cuando murió Stalin. Y se tenían exactamente cero inputs de qué iba a pasar en la URSS el día después. Pasó otro tanto cuando llegó Gorbachev al poder. O cuando a mediados de los años 70 un agente de la CIA se vio obligado a sacar la pistola en medio de Teherán ante dos barbudos enturbantados que le golpeaban salvajemente profiriendo insultos tremendos contra Estados Unidos. “Aquí hay un peligro nuevo del que no sabemos nada”, sugirió este sagaz agente. Lo cuenta Tim Weiner en su historia de la CIA, Legado de cenizas.

Sorprendente pero cierto: como imperio, Estados Unidos a veces puede ser más incompetente que diabólico. Más torpe que malvado. De ello hay abundantes ejemplos que nos tocan incluso más de cerca. Sin ir más lejos el apoyo a Pinochet, un dictador virulento, aparatoso y asesino, hasta el punto de que en el mismo Departamento de Estado había oficiales (sensatos) que se llevaban las manos a la cabeza suplicándole a Henry Kissinger que por favor se desmarcara. Pero este, erre que erre, que cualquier cosa era mejor que Allende o los comunistas. Ese tipo de lógica, repetida casi al pie de la letra con el fundamentalismo islámico (cualquiera que sea su enemigo es mi amigo) ha llevado a Estados Unidos a alianzas igual de grotescas. Y de peligrosas. Porque en el mundo ha habido anticomunistas impresentables pero sinceros (Pinochet, Franco) mas también algún listo como Trujillo en la República Dominicana, que por un lado iba de lobo feroz contra la caperucita-hidra roja, a la vez que bajo mano la alentaba para inflar la amenaza a los incautos ojos de Estados Unidos. Y así les decía: o me apoyáis a mí, o esto va a ser el caos. Una chorizada muy parecida a la de Mubarak; por un lado apareciendo como el único país árabe dispuesto a aliarse con Occidente y a respetar a Israel, por otro lado permitiendo que los Hermanos Musulmanes prosperen en Egipto, para dar más miedo.

Estados Unidos tiene una temeraria tendencia a comulgar con ruedas de molino de este calibre. Barrunta el explosivo politólogo y consultor privado de inteligencia George Friedman si eso no será debido a su curioso destino de imperio accidental, de primera potencia un tanto involuntaria. O inconsciente. Les cuesta hacerse cargo de las servidumbres del poder. De lo fino que hay que hilar. Y ya puestos ni siquiera falta debate interno: no son pocos los mismos americanos que creen que USA debería desentenderse mucho más de lo que sucede fuera de sus fronteras. En esto coinciden curiosamente los radicales de cierta izquierda y de cierto pacifismo con las huestes del Tea Party. Donde hay quien se pregunta por qué tienen que pagar ellos el primer ejército (y a veces único) de Occidente, con el dinero que el resto de Occidente dedica (¿o dedicaba?) a financiar la Seguridad Social.

El caso es que todo el mundo se ha acostumbrado tanto a este reparto que las contradicciones y la esquizofrenia distan mucho de ser el monopolio de Washington. Como apuntábamos al principio del artículo, quien más quien menos cuenta con que Estados Unidos haga el trabajo -incluido el sucio- de una superpotencia. Parafraseando la famosa sentencia sobre los hijos de puta propios o ajenos, nadie quiere que de verdad los yanquis se vayan a su casa; todos quieren que se queden, pero para hacer en cada momento lo que a nosotros nos convenga. Para poner orden a nuestro gusto. En Normandía, en Bosnia y por supuesto en la plaza Tahrir, donde la UE ni está ni se la espera.

Acabo con una pregunta: si Obama se abstiene de cometer ahora en Egipto los mismos errores que cometieron sus predecesores en los años 70 en Irán, ¿estará garantizada en El Cairo una democracia tan rica, venturosa y prometedora como la que hoy florece en Teherán?

Es que hay primaveras que matan, macho.

3 Comments
  1. Juan Carlos says

    Me gusta el post, excepto, por el título y por el párrafo final. USA es un aliado que nadie quiere y todos necesitan. ¿O al revés?

    Nos guste o no, USA ha participado, por supuesto por interés y en en momento que más le interesaba, en casi todos los procesos democráticos del mundo. ¿Por qué crees que D. Juan Carlos, se plantó, en el 77 creo recordar, a dar un discurso de casi una hora en el congreso americano?

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