‘Tarde, mal y nunca’: llega la Barcelona post-Marsé

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Imagen de Facebook de Carlos Zanón.

Se llama Carlos Zanón y lleva una doble, quizás triple vida. Por un lado es/va de encendido poeta mercurial, dichosamente maldito y en guerra con el ronroneo del tiempo. Crecer indigna. Por otro lado es/va de abogado recio y adulto, de Perry Mason de unos bajos fondos que conoce mejor y con más desgarro que los que fingen haber leído a Baudelaire. Así ha escrito una novela negra cojonuda empezando por el título: “Tarde, mal y nunca”. Con la cual sin querer o queriendo ha puesto los fundamentos de la Barcelona post-Marsé.

Rebobino y aclaro: siempre he dicho que Juan Marsé era una gloria para la literatura y una plaga para la realidad. Pues su Barcelona de burguesitas catalanas rubias y tenistas y Pijoapartes a la carta no ha sido nunca verdad. Nunca. Era una estilización tan magistral, un maniqueísmo tan sincero, que aún a día de hoy te encuentras francesas insatisfechas que se cruzan los Pirineos para bajarse al charnego. Y mucha gente sigue creyendo entusiasmada que todos los catalanes somos insolidarios y ricos.

Cuando más que renta por cápita o sementales de la inmigración, a día de hoy lo que se atesora en Barcelona es puro desconcierto. Nunca había habido tanta gente obsesionada por poner orden en una identidad que cada minuto que pasa responde menos a la memoria histórica y más a la segunda ley de la termodinámica: al final, todo era entropía. Al final resulta que el nacionalismo (o, ya puestos, la lucha de clases) no se curaba viajando sino con los viajes de los demás. Procura asegurarte que, llegado el momento, haya quien te comparta el pasado; si no llega un momento que ya no te conocen ni tu madre ni tu dios.

Tarde, mal y nunca”, recién re-publicada por RBA, nos pasea desde la primer página y sin contemplaciones por una Barcelona tomada por los otros, que ya no es que sean brutalmente de fuera (sudacas, moros, etc), es que ya no dejan que nadie acierte a ser de aquí. Okupan el terco corazón cutre de la ciudad como el general Custer sitiado por los indios, los aplatanados en lo que quede del Estado del bienestar y las ideas claras, los que necesitamos de vez en cuando bajarnos al centro a desparramar y a sentirnos peligrosos… Los personajes de Zanón lo son a tiempo completo porque son unos verdaderos desgraciados, víctimas que más que dar pena ponen los pelos de punta: empezando por el putón verbenero de la Tiffany, cuya mala cabeza y peor chocho desencadenan el crimen pasional que da origen a la novela, siguiendo por Tanveer Hussein, un malo tan malísimo, tan estúpidamente cruel y violento, que hace falta valor para pergeñar el personaje y no tener miedo de que te acusen de racismo; siguiendo por Epi, que en teoría es el bueno hasta que se demuestra lo contrario; o Álex, una especie de delicioso Héctor esquizofrénico que para salvar a su hermano tiene que lidiar con el pato Donald que se le aparece junto a los Mossos d’Esquadra y con una señora mayor que no se fía un pelo hasta que Álex le dice en perfecto catalán “vagi tranquil.la, senyora”, activando el prejuicio grabado en mármol de que nunca un catalán bien nacido atracaría a una vieja… o pagaría a los obreros sin papeles con regodeo sádico y humillante en medio del bar de la Mari… etc.

Pero nada de todo esto funcionaría si fuera mero revoltillo de denuncia social y espantoso naturalismo del asfalto. La analogía de la Barcelona de Zanón con la de Marsé es que ambas se sostienen por un amor a lo que cuentan que, de no estar disimulado por la mala hostia, se revelaría incluso cursi. Trozo de mi madera, viene a decirle cada autor a su ciudad arrancada de las calles y ganada para la literatura. Porque creo en el azar, en las segundas partes, en el amor que sana lo que pudre… Así Marsé le regaló a la prima Montse uno de los suicidios más bellos de la historia y así Zanón, menos liricista pero más perverso y más dramático, se atreve a concederle a un tiernísimo personaje secundario, la boba de Jamelia, la realización de sus torpes deseos. Es la única que triunfa en toda la novela: ¡logra ser cajera del supermercado!

Todo lo demás es odio. Ciego y espeso y apenas cribado por un relámpago de fraternidad atónita y por la ironía inmemorial de los dioses griegos cuyo eco sacude esta tragedia a la última (total, todo va a ser entropía). Renace así de las llamas una Barcelona tan desesperadamente intratable como irresistible en su perpetua reinvención. En su eterno retorno a la guerrilla urbana contra sí misma y al eterno fundido en negro entre mundos. Esta vez, al menos, no ganan los tibios.

4 Comments
  1. Aguila says

    Sin animo de ofender, porque dentro de todo el parentesco tambien tengo parientes catalanes, conoci un aspecto de la Barcelona intratable. Hace muchos anos estaba de visita en Barcelona y en la Rambla estaba buscando la plaza del mercado y le pregunte varias veces a un vendedor de un kiosko donde era la plaza y este me ignoro en tres ocasiones. No se si era porque minutos antes estaba hablando ingles con mi hijo menor o le pregunte en espanol. Lo cierto que despues de decirle una palabrota tampoco me contesto. Por lo demas, pase una buena estadia en Barcelona y me recuerdo mucho de la reposteria catalana.

  2. pacopepe says

    la veo algo «reverteada» admirada Anna

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