La amarga despedida de Zapatero

El presidente del Gobierno durante la primera jornada del debate del estado de la Nación. / Juanjo Martín (Efe)

José Luís Rodríguez Zapatero acudió al Debate del Estado de la Nación seguro de que vencería a Mariano Rajoy en su séptimo duelo y se despediría a lo grande como presidente. Convencido como está de que la gente da por descontado que los ajustes que está haciendo son los que tiene que hacer y que gran parte de la opinión pública sabe que el PP los hubiera hecho todavía más duros que el PSOE, recurrió a la oratoria y a la dialéctica que incluso le había permitido vencer a su oponente en el Debate del año pasado. Y ello a pesar de que se celebró en medio del torbellino de la crisis, apenas mes y medio después de la aprobación de los recortes en materia de pensiones y sueldo de funcionarios.

El presidente confiaba en la única constante que le quedaba de los años de esplendor. Con este, había celebrado nueve debates (tres de ellos en la oposición) y los había ganado todos, incluidos los que mantuvo con José María Aznar. Es más, por hacer, hizo hasta balance de ellos y se homenajeó a sí mismo:

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“Es verdad que en estos años hemos tenido intensos debates, a veces acalorados, seguramente en algún momento exagerados. Hemos debatido sobre la guerra y la paz, sobre la discriminación y la solidaridad, sobre cómo terminar antes con la violencia de ETA. Lo hemos hecho en periodos de prosperidad y también en esta época de recesión y grave preocupación social, pero siempre hemos preservado la mayor riqueza que tenemos, la convivencia en paz y en libertad. De ahí que mi actitud siempre que he subido a hacer un debate sobre el estado de la Nación haya sido de respeto. De respeto, en primer lugar, a los ciudadanos, a quienes nos debemos; de respeto a la Cámara que encarna la soberanía popular; a todos los grupos y a sus señorías. Ese respeto es aún más profundo, para mí, a mi país, a España, sobre la que expreso mi más absoluta confianza en su futuro”.

La solemnidad e incluso sus buenas réplicas y contrarréplicas, el abandono por fin del talante en el duelo de floretes con Rajoy no le bastaron. En contra de su análisis, pesó la realidad de la desafección colectiva. Y el resultado fue espectacular. Fue derrotado por primera vez. Y se despidió con un severo varapalo. Rajoy, según el sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas, le sacó 8,5 puntos porcentuales de ventaja (27,2% frente a 18,7%). En el debate del 15 de julio del año pasado, Zapatero le había sacado a Rajoy 6,3 puntos (26,1% para Zapatero y el 19,8% para Rajoy). El vuelco, como se ve, ha sido más que significativo. Y eso que el presidente ha tenido esta vez el consuelo de que el 30,8% de los encuestados considerase “buena o muy buena” su intervención frente a sólo un 22,5% que consideró “buena o muy buena” la de Rajoy. Pero la oratoria no fue suficiente. Ni el hecho de que el 47,8% de los ciudadanos consultados considerasen negativa la intervención del presidente del PP frente a un 43,1% que valoró idénticamente la de Zapatero. La clave de la peor valoración de este año está en ese casi 85% de encuestados que concluye que el presidente transmite "poca" o "ninguna" confianza en el futuro económico y político y el 80% que le ve "sin ganas de cumplir las promesas electorales".

Esta primera y definitiva derrota de Zapatero frente a Rajoy ha alarmado al PSOE, especialmente a Alfredo Pérez Rubalcaba, quien será proclamado candidato a la presidencia el sábado que viene. En lugar de haber aportado una lucecita de esperanza venciendo aunque fuese por los pelos a Rajoy en un momento especialmente sensible tras la derrota del 22-M, Zapatero aparece como un lastre electoral porque está claro que, diga lo que diga y haga lo que haga, tiene a la opinión pública en su contra.

Es, dicen fuentes parlamentarias socialistas, una razón más para adelantar las elecciones al otoño en la medida que el desgaste terrible de Zapatero continúa desgastando al PSOE. La idea de que el presidente siga adelante comiéndose el marrón de las políticas de ajuste y evite así que el PSOE se lleve las collejas no prospera. Todo lo contrario: incluso los votantes socialistas cabreados por lo que consideran una derechización evidente culpan al partido de hacer un seguidismo injustificable de la política gubernamental. Y consideran que es una excusa de mal pagador afirmar que lo se hacer responde a una exigencia de la Unión Europea y los mercados.

No se produce, como algunos esperaban, una disociación entre el partido y el Gobierno. Y concluyen que quien se juega el futuro no es Zapatero y que es el PSOE el que acabará pagando la factura.