La policía disuelve a porrazos la concentración anti Papa

Momentos previos a la carga de la policía contra los manifestantes laicos concentrados en Sol. / Victor Lerena (Efe)

De mis impuestos, al Papa cero”. Y debajo, en rojo: “Estado laico ya”. Eso decía la pancarta de los miles de manifestantes –algo más de 5.000, según los organizadores– que la tarde del miércoles se asomaron tímidamente a la Puerta del Sol, ocupada por miles de papistas, para expresar su desacuerdo con el coste de la visita de Benedicto XVI que comienza hoy y durará hasta el domingo. La marcha de los laicos, ateos, incrédulos y descreídos, discurrió sin incidentes hasta la Puerta del Sol, donde la policía se tuvo que emplear a fondo para mantener la distancia entre los papistas y los sindiós y evitar que se pegaran.

La tensión comenzó a partir de las nueve de la noche. Hora y media antes los laicos empezaron a desfilar desde la plaza de Tirso de Molina por la angosta calle del doctor Cortezo hasta la plaza de Benavente. Los manifestantes habían improvisado sus pancartas y carteles denunciando el coste del boato papal. Grupos de jóvenes gritaban: “Esta no es la juventud del Papa”. Algunos carteles con el perfil del Pontífice decían: “Fariseo, sisa impuestos, y nos arremete, ¡y exige respeto!” Otros rezaban. “Somalia se muere y el Vaticano no lo remedia”. Coreaban: “Menos curas y más cultura”. Y también: “Menos crucifijos y más trabajo fijo”.

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Las alusiones y consignas se referían fundamentalmente al dispendio público, estimado en 100 millones de euros. Pero no faltaban menciones a los obispos y curas pederastas: “Cuidado con los niños, que viene el Papa” y carteles irónicos como “mi papá se llama Eugenio”, “Beneadicto 16”, “soy un santo ateo” y hasta un tipo con barba y un gorro picudo en el que había escrito: “El aborto es un derecho”. Todo iba bien. Los manifestantes bajaron desde la plaza de Jacinto Benavente, en cuyo teatro se representa La venganza de don Mendo, hasta la Puerta del Sol, según lo previsto.

En el balcón de un edificio colgaba una pancarta casera: “Fariseos, predicáis la humildad y vivís como dios”. Los peregrinos papales, con sus mochilas, sus banderas y sus camisetas amarillas, se hacían a un lado. En un papamóvil rudimentario, cubierto con un toldillo y adornado con una calavera, iba un tipo con mitra y gorro papal fumándose un cigarro. “Que no, que no le pagamos, que no”, coreaban sus seguidores. La asamblea de indignados 15M de Torrejón de Ardoz también llevaba su ninot exhibiendo un cheque millonario del Banco Vaticano. Los colectivos de gays y lesbianas, anatematizados por la concejala Ana Botella, hacían hondear sus banderas arco iris. Todo iba bien.

Aunque ningún partido político ni sindicato se sumó a la manifestación, no faltó una pancarta de Solidaridad Obrera con el lema clásico de los anarquistas: “Ni Dios ni Papa ni hostias”. Los seguidores coreaban “oe, oa, ¿cuánto dinero se va a gastar?” Algunos comunistas como la exdiputada Ángeles Maestro o el histórico Víctor Díaz Cardiel marchaban entre la masa. Otros distribuía un panfleto con el título “No paparán”, recordando que han despedido a 2.500 maestros y que hay 25.000 menores de tres años sin colegio.

Todo iba bien y, de hecho, todo fue bien hasta que llegaron a la Puerta del Sol, que estaba ocupada por grupos de peregrinos. Entonces la cabeza de la manifestación giró hacia la calle de Alcalá, también llena de peregrinos. Y el resto se quedó en la Puerta del Sol. Cuando la cabeza llegó a la esquina con la calle de Sevilla, unos papistas exaltados, con banderas de Israel, Francia, Alemania y España comenzaron a increpar a los manifestantes. Gritaban: “¡Fuera, fuera!” y, con el brazo extendido, coreaban: “¡Benedicto!”, aplauso, “¡Benedicto!” Los laicos replicaban: “Con mis impuestos, no”. Los peregrinos insistían: “¡Viva el Papa!”, y los laicos replicaban: “Jefe de los pederastas”. El duelo se prolongó varios minutos.

Ante el riesgo de que los papistas se lanzaran contra los laicos, la policía los acordonó y luego, como les seguían con gana de bronca, les cerró el paso hacia la mitad de la calle de Sevilla. Otros manifestantes que habían atajado por la carrera de San Jerónimo desde la Puerta del Sol se reunieron con la cabeza de la marcha en la plaza de Canaletas y enfilaron por la calle de la Cruz hacia el punto de partida, la plaza de Benavente, donde los organizadores dieron por concluida la protesta.

Pero entonces un numeroso grupo que había permanecido en la Puerta del Sol fue conminado por la policía a abandonar el kilómetro cero para evitar enfrentamientos con los seguidores de Ratzinger, algunos visiblemente excitados. Como no obedecían, los agentes cargaron a porrazos desde la calle del Arenal. Los laicos se defendieron. La policía se empleó con contundencia, con el resultado de una veintena de heridos, tres de ellos agentes, y cuatro detenidos, dos de ellos mujeres que habían recogido su pancarta y subían por la calle del Carmen. Los antidisturbios despejaron la plaza y cortaron todas las calles. En la de Espoz y Mina se produjeron forcejeos y algunos insultos a los agentes por parte de los manifestantes, con las manos arriba.

Un grupo de policías se parapetó ante la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, las bocas del meto quedaron cerradas y todas las calles que confluyen en Sol quedaron acordonas. No obstante, lo difícil fue mantener a los peregrinos y a los manifestantes separados. El cordón policial en mitad de la plaza evitó que de la pugna de consignas entre unos y otros acabara en enfrentamientos a palos y puñezatos. Un par de chicas rezaban el rosario en mitad del tumulto mientras el resto entonaban el Aleluya con guitarras. “¡Yo soy pecador, pecador, pecador!”, respondían los manifestantes.

Después de todo, laicos, cristianos de base, republicanos con banderas y sin ellas, ateos e indignados consiguieron elevar su protesta. Fue una protesta minoritaria y lúcida en un Estado constitucionalmente aconfesional, una gota de agua en la marea humana de peregrinos que llena las calles y el metro de la ciudad. Pero téngase en cuenta que los laicos no tienen un Estado inmensamente rico como el Vaticano detrás, una organización piramidal e impermeable a la democracia, cientos de diócesis por todo el mundo y, al menos, un delegado en cada pueblo con una sede que paga el idem y un programa sobre el que nadie puede pedir cuentas, porque es para después de muertos.