Te recuerdo Amanda (Knox)

Amanda Knox rompe en llanto al escuchar, ayer, el veredicto del Tribunal de Apelación de Perugia que la absolvió de la acusación de asesinato. / Pier Paolo Cito (Efe).

Diciembre de 2009, domingo por la mañana en Washington D.C, que se parece tanto a un domingo por la mañana en Nueva York como la noche al día. En Washington D.C. no es posible comer caliente antes de que el sol esté alto en el cielo. ¿Dónde se escondía todo el mundo mientras yo aguardaba mi tren de vuelta a Manhattan -y a la civilización- en una hermosa estación desierta, una especie de Versalles post-nuclear?

Así estaban las cosas cuando el vicio de dejar que las noticias me entren por el móvil como un vampiroragia al revés –metiéndote en vena más sangre de la debida- me asestó un vuelco literal al corazón. No es una imagen poética. Cuando leí que a Amanda Knox acababan de condenarla en Italia a veintiséis años de prisión me envolvió un espeso vértigo. Me mareé. Tuve que agarrarme a la mesa. Y lloré. Con una convicción como yo sólo me atrevo a llorar en el cine (la vida real exige más cautela).

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Siempre creí que Amanda Knox era inocente. No es que yo tenga mucha experiencia en lo de matar a nadie (en confianza, no tengo ninguna), pero precisamente esa falta de curriculum me ayudaba a valorar la magnitud de la orgiástica salvajada que alegremente se intentaba atribuir a dos veinteañeros tontilocos. Y sin necesidad de pensarlo mucho me parecía que el caso no tenía pies ni cabeza. Que no había un móvil serio, ni una reconstrucción de los posibles hechos mínimamente coherente, ni, ya puestos, una policía de confianza investigando el asunto. No tengo nada contra Italia, excepto que no es un país en el sentido europeo del término. Por eso Berlusconi es posible.

Pero no nos desviemos del tema del día: Amanda. Una chica muy guapa y muy rara, tan fascinante como incomprensible para algunos. En realidad para muchos, muchísimos, que veían en sus sucesivas excentricidades (parece que le dio por ponerse a hacer volatines en pleno interrogatorio policial) una prueba psicológica –a falta de otras- de su crimen.

Pues fíjense a mí me hacía el efecto exactamente contrario. Me sentía una y otra vez desarmada por aquella ingenuidad lacerante. Para ponerse a hacer volatines frente a la policía que te interroga hay que ser muy inocente. Tiene que no entrarte en la cabeza la posibilidad de pasar cuatro años en la cárcel sin ser culpable.

Errores judiciales hay muchos. Pero el caso de Amanda Knox cautiva la imaginación por lo que tiene de emblemático desafío a la ofensiva simplicidad, por no decir simplonería, de la visión del mundo que tienen millones de personas. Las grandes escuelas totalitarias quizás han perdido todos los trenes para gobernar el mundo. Pero es evidente que conservan una envidiable capacidad de moldear las mentes. El pensamiento único es un hecho sin ni siquiera necesidad de encauzarlo. Ya no hace falta ni mano negra. El sentido común y crítico salta por los aires, incapaz de resistir la presión del paradigma de turno. Nadie o casi nadie se despega de la fila de la estolidez para pensar, no ya por sí mismo, sino con un mínimo grado de complejidad.

Insisto en que no estamos ante un error judicial corriente. Estamos ante una sentencia que fue delirante y que sólo se ha sostenido en el imaginario –y, vamos a decirlo todo, en la indiferencia- de la gente gracias, entre otras cosas, a un periodismo superficial y a veces barriobajero. Amanda Knox no ha tenido un Truman Capote, algo de lo que sí gozaron los asesinos (por cierto, culpables) de A sangre fría. A nadie le inspiró suficiente curiosidad el caso de esta chica. A nadie le turbó la posibilidad de que una muchacha de veinte años fuera condenada a pasar muchos más años que esos en prisión por un crimen que en verdad no resistía un análisis. Y que esto no sucediera en Irán o en Sudán sino en la encantadora y muy turística localidad de Perugia.

Mientras escribo estas líneas me entra por el facebook (más sangre en vena, otra vez), un amigo que me cuenta la espeluznante historia de Juan Enoc Rodríguez, un médico panameño que pasó seis meses encarcelado en España acusado de tratar de meter en el país 19 kg de ropa empapada en cocaína líquida. Se dice pronto. Juan Enoc Rodríguez dio positivo en un narcotest en el aeropuerto de Barajas y de nada sirvió que se desgañitara explicando que su abuela le planchaba las camisas con almidón y las guardaba con bolitas de alcanfor y por eso desprendían ese olor tan raro. Todo el mundo, hasta el juez, encontró que era mucho más lógica la explicación más bestia. Y así dejaron pasar 175 largos días hasta mandar las camisas a analizar a un laboratorio decente. A día de hoy Juan Enoc Rodríguez reclama 280.000 euros por daños y perjuicios al Estado español. Kafka cabalga entre nosotros.

Ojo que estas cosas ocurren a cada momento, sin parar, aquí al lado. El error, la injusticia y la mala fe no dan tregua. La verdad no resplandece más, entre otras cosas, porque todo el mundo espera que resplandezca sola. Porque nadie se siente obligado a darle al interruptor. Porque impera la ley moral del mínimo esfuerzo.

¿Que qué podíamos hacer nosotros en los casos de Amanda Knox y de Juan Enoc Rodríguez? Dudar, coño. Fruncir el ceño y el espíritu. Desinstalarse las inmensas tragaderas que nos vienen dadas de fábrica. Romper el hechizo de la estupidez. Actuar como a todos nos gustaría pensar que habríamos actuado de ser protagonistas de una película del maquis, de la resistencia francesa o del Holocausto: como disidentes y como héroes, héroes inteligentes si es posible. Nunca más como pasivos borregos. Hay que elevarse por encima de la intensa mediocridad recomendada. Hay que rebelarse. Hay que pensar.

Y así, a lo mejor, si un día llegara la inspiración para arreglar el mundo, a lo mejor nos pilla trabajando.

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