¿Pinchamos la burbuja del fin de ETA, o la dejamos crecer?

Una mujer observa, ayer jueves, las pantallas de televisión de un centro comercial de Valladolid en las que se reproduce el vídeo difundido por ETA a través del diario 'Gara'. / Nacho Gallego (Efe)

Con esto de que ETA dice que abandona “definitivamente” la violencia, ¿qué es peor, pasarse de papanatas o pasarse de cínico? ¿No alegrarse de que por fin digan que se rinden, o no querer ver que han dicho que se rinden de manera harto desfachatada y sui generis? Si pinchamos esta burbuja y acaba habiendo otro muerto, ¿seremos culpables de lesa Historia, de crímenes contra la esperanza? Si dejamos crecer la burbuja de la vaguedad, y al final también hay muertos, así sea por escisión de los oficialmente exasesinos, ¿nos faltará pecho para darnos golpes, como con la burbuja inmobiliaria?

Difícil dilema si se tiene corazón y a la vez cabeza. Y un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad, que diría Manuel Chaves Nogales, ese genio periodístico y humano tragado por el silencio y la desmemoria que siguieron a la guerra civil, y que ahora de repente todo el mundo está descubriendo y proclamando además que le gusta. Y yo (que no es que me guste, es que me hace morderme la mano con la que no paso las páginas, para no ponerme a llorar a gritos en mitad del metro) que me pregunto anonadada: ¿y cómo les puede gustar tanto y hacerle tan poco caso? ¿Cómo no estamos todos mucho más unidos como piñas pues eso, contra la estupidez y la crueldad?

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A mí lo que me pone más nerviosa de todo este asunto de ETA es esa sensación de coreografía cuidadosamente ensayada, esa conferencia de Ayete (por cierto, ¿no fue allí mismo donde Franco nombró a sus famosos Cuarenta de Ayete, con Blas Piñar y Adolfo Suárez a la cabeza?), precedida por filtraciones a The Guardian y seguida con comunicados embargados en las redacciones de The New York Times y la BBC, con Kofi Annan y Jimmy Carter poniendo el nombre y la cara, etc… No es mal despliegue para una pandilla de pistoleros sin estado y operativamente en las últimas.

Tamaño glamour sólo se explica, naturalmente, por el conocido principio de que si la derrota no tiene padre ni madre ni abuela, el árbol genealógico de la victoria, o de lo que pasa por ella, extiende sus frondosas ramas hasta el infinito. Cuando un terrorista cierra barraca siempre hay un político que acude raudo a hacerse la foto. No digamos con las elecciones encima, y más si las tiene cómodamente perdidas.

Se ha hablado mucho en este país de victorias amargas y de derrotas dulces. Y yo que esta vez me pregunto: ¿cabrá derrota más dulce que despedirse de la Moncloa presumiendo de haber dejado encarrilado el fin de ETA, con la ventaja de que ese miura, a la hora de la verdad, no lo vas a torear tú? Pues será Mariano Rajoy y no otro el que tenga que gestionar en qué quedan las grandes promesas de Ayete.

Si los periodistas hiciéramos las preguntas que de verdad hay que hacer, las que en rueda de prensa haría un temible niño de cinco años, la primera de todas en este momento sería: y si tantas ganas tiene ETA de negociar las “consecuencias” y la “superación” del "conflicto” (visto el éxito, ya no dicen “superación de la confrontación armada”), ¿cómo no ha esperado a mover ficha después del 20-N, cuando ya esté claro cómo queda el patio y quién tiene, por ejemplo, las llaves de las celdas de los presos que, después de largos años pudriéndose en vano, de repente quieren ver la luz al final del laberinto?

Evidentemente que ETA busca sacudir las urnas a su favor, dar un espaldarazo al abertzalismo legal. Y al ilegal. Pero lo que sobre todo busca es calzar una cuña entre PSOE y PP, sembrar la discordia y la cizaña partidista. Que se peleen por quien se lleva la fama y quien carda la lana del fin de ETA. Que se disputen este trofeo de incalculable y lamentable valor político. Como la pistola chapada en oro arrebatada de las manos de Gadafi moribundo.

Conste que nada de lo antedicho pretende regatear ni al PSOE ni al PP ninguno de los méritos acumulados en todos estos años de lucha contra ETA. Durante los cuales se han cometido errores graves y gravísimos (el GAL) pero también se han dejado entre todos un montón de piel, de angustia y de muertos en el camino. Creo que hay que ser un desalmado, un androide incapaz de empatía de esos de la novela de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (que inspiró la película “Blade Runner”) para dudar de que todos querían y quieren con todas sus fuerzas el fin de ETA. Todos querían y quieren (¡QUEREMOS!) la paz.

Por eso mismo, porque la queremos tanto, nos da mala espina esta decisión de ETA de poner a los pies de Zapatero el huevo de una “paz” que tendrá que incubar Rajoy, esperemos que con la máxima sintonía posible con Rubalcaba. Y con todos los demás.

Pero la obvia mala fe de los terroristas para sacar de los políticos lo peor de sí mismos (que tampoco es difícil) no inspira lo que se dice una gran confianza.

Una parte de mí sigue diciendo: cree. Confía. Déjate llevar.

Y la otra parte: no te fíes. Pellízcate. Despiértate. ¡Pincha la burbuja!

El tiempo y la esperanza corren.