Niñas maltratadas, 'putas' y bebés robados

La escritora Consuelo García del Cid muestra la fotocopia del Nuevo Diario que el 1 de mayo de 1975 ya denunciaba las malas prácticas en la Maternidad de La Almudena-Peñagrande. / L. D.

Algunas querían convencerse de que no fue un sueño, otras deseaban quitarse la pesadilla de encima y no faltaban las que siguiendo las teorías freudianas se esforzaban en rebobinar para librarse de complejos y obsesiones. Aunque el cronista no puede precisar si el encuentro sirvió como terapia de grupo, lo cierto es que se citaron por Facebook y cuando iban llegando al lugar de la cita –una sala cultural en el distrito madrileño de La Latina– gritaban, se abrazaban, se besaban y algunas lloraban.

Una veintena de mujeres que sufrieron de niñas los rigores de los preventorios franquistas y otras a las que les quitaron sus hijos a la fuerza se citaron el sábado en Madrid para dar rienda suelta a sus recuerdos y contarse sus penas. Del preventorio de Guadarrama (Madrid) acudieron varias que, a juzgar por sus relatos, creen que habrían sido objeto de experimentos médicos y farmacológicos. “Nos pinchaban todos los días y nos pusieron no sé cuantas vacunas”, coinciden. Ninguna recuerda los nombres de los médicos, sólo el de uno que se llamaba don Antonio. Otros testimonios aluden a que algunas habrían estado en contacto con familiares tuberculosos o padecían la enfermedad.

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Eran niñas de 6 a 10 y lo pasaron muy mal en aquel preventorio de la sierra madrileña a cargo de señoritas de la Sección Femenina del Movimiento Nacional en el que, aparte del Cara al Sol, no les enseñaron nada y las trataron de forma abusiva. Simepre según sus testimonios, las obligaban a desnudarse y mientras se duchaban colectivamente bajo un tubo agujereado de agua fría, alguien les hacía fotografías. Algunas creen que era el guardés. También dicen que las más desarrolladas eran apartadas para ser tratadas, según sus borrosos recuerdos,  con mayor detalle.

Leen una carta a las señoritas regidoras y cuidadoras: “¿Por qué nos maltratabais, por qué nos pegabais, por qué rompíais las cartas a nuestros padres? Tenéis que pedir perdón a todas las niñas del preventorio”. Contrastan sus recuerdos y algunas se los cuentan a la escritora Consuelo García del Cid Guerra, que sigue investigando los casos de “niños robados” y de “adopciones forzosas” y ha venido desde Salzburgo (Austria) para asistir al encuentro. Es una mujer correosa y batalladora que acumula decenas de testimonios y documentos sobre la infamia.

¿Experimentaban los mengueles franquistas de turno con aquellas niñas a las que sus padres enviaban al preventorio durante unos meses porque en casa había problemas, desavenencias y, en muchos casos, no había para comer y allí las alimentaban, aunque fuera con legumbres perforadas por los gusanos y con leche en polvo? ¿Las utilizaban con fines pornográficos para satisfacción y desfogue de algunos degenerados con posibles? “El cura me pegó una hostia y me tiró por la escalera”, dice Julia. Tenía poco más de seis años. Tiempo después, un especialista le informó del origen de su sordera: el golpe de aquel cura le rompió el tímpano derecho.

Con gritos de alegría, abrazos, besos y gestos de admiración reciben a Lola y a sus tres hijos, Nerea, Gabriel y David. A Nerea se la quitaron cuando dio a luz, la llevaron a un centro situado en la madrileña calle de Arturo Soria y después unas monjas la entregaron en adopción a una familia catalana. La madre se casó y tuvo después dos hijos más. Nerea ha venido este sábado, 12 de noviembre, desde Barcelona para conocer a su madre, y ésta y sus dos hijos más jóvenes han llegado desde Palencia para verla por primera vez y pasar juntos el fin de semana.

Nerea, de espaldas, con el pelo rubio, junto a su madre, de pelo oscuro, sus dos hermanos y una amiga ante la antigua maternidad de La Almudena-Peñagrande en la que forzaban las adopciones. / L. D.

Nerea cuenta al cronista que descubrió unos papeles y supo que era adoptada. Eso ocurrió cuando tenía 14 años. Entonces comenzó a buscar a su madre biológica. Viajó a Madrid sin que sus padres adoptivos se enteraran, pero en la residencia donde fue entregada la mandaron a la mierda, según sus palabras. No desesperó, consultó guías telefónicas y a través de una amiga se enteró de que su madre era de Palencia. Viajó a la ciudad castellana, pero su madre se había trasladado a Canarias. Consultó las guías telefónicas de las islas, pero sus apellidos no aparecían en ninguna. Entonces no existía Internet. Fechas atrás la localizó en Facebook, donde Lola decidió colgar su perfil con nombre y apellidos. Ahora, al fin, se han conocido y ambas se sienten felices.

A las 11 de la mañana del domingo, 13 de noviembre, Nerea, su madre y sus hermanos llegan a la antigua residencia y maternidad de Peñagrande donde ella nació. Las acompañan Consuelo y otras amigas. Los edificios han sido rehabilitados –aunque la maternidad sigue en ruinas– y ahora albergan un colegio y un instituto de segunda enseñanza. El conserje tiene permiso del director para abrirles la cancela, y, aunque no hay escolares, pues es festivo, les advierte que no pueden filmar. De nuevo los recuerdos salen al encuentro. Aquí llegaban las jóvenes solteras que quedaban embarazadas y se acogían al patronato franquista de la mujer. Las fichaban y las recluían bajo la autoridad de las monjas hasta que daban a luz.

En muchísimos expedientes las obligaban a reconocer que «presumiblemente» ejercian «la prostitución» y las trataban como viciosas degeneradas y escoria del fuego de un amor pecaminoso. “Hasta en el parto se reían de nuestro dolor y nos decían: ¡Eso por lo que has disfrutado!”, recuerda Carmen. Luego las forzaban a dar a los bebés en adopción. Una se desesperó y se arrojó por la ventana. Cayó sobre la escalera de granito que da acceso al edificio y murió. Otras se resignaban y firmaban la entrega. Las que se negaban, quedaban recluidas y eran obligadas a trabajar para las monjas sin poder ver a sus hijos más de una vez al día.

Según algún testimonios, no faltaron casos de “niños muertos”. Pero ni de esta maternidad ni de otras, especialmente la de Santa Cristina, situada en la madrileña calle de O’Donnell, donde nacían tantos niños sin vida como demandas de bebés se recibían a cambio de suculentas sumas y «propinas», hay información accesible y veraz.

Ficha de unas de las mujeres. Muchas fueron obligadas a decir que ejercían la prostitución antes de ser acogidas y frozadas a entregar a sus hijos en adoción. / L. D.

La presidenta de la asociación SOS Niños Robados de Madrid, Soledad Monzón, denunció el miércoles durante una concentración de madres en la plaza de Jacinto Benavente el carpetazo judicial a la mitad del centenar de denuncias que hasta el momento han presentado sólo en Madrid. Monzón estima que entre 1950 y 1980 se habrían producido “más de 200.000 robos y desapariciones de bebés” en las maternidades de toda España.

Al parecer, no basta con acreditar que estas mujeres alumbraron a sus hijos, que nunca vieron a sus bebés, que les notificaron verbalmente que habían muerto y que no figuran registrados en cementerio alguno, pues aunque no hayan sido dados de alta en el registro civil, en los libros de defunción y en los registros de los cementerios han de figurar, al menos, como hijos de las gestantes. La asociación exige a la Fiscalía que “deje de archivar las demandas” y estimule con su investigación la acción de la justicia.

Mientras los poderes públicos prefieren minimizar el problema, el goteo de encuentros como los del último fin de semana y de concentraciones como las del pasado miércoles sigue creciendo y formando un piélago de indignación social contra las tropelías e injusticias de un pasado que miles de madres ignoradas no han olvidado ni podrán olvidar mientras vivan.