Lo que los sabios alemanes piensan de España y de la crisis

El economista alemán Jurgen B. Donges, el jueves, durante su conferencia en la Fundación Rafael del Pino. / J. C. E

Dirán que voy a ver a gente muy rara pero este jueves me encontraba con el ánimo suficiente para nuevas experiencias. Se anunciaba la presencia en la Fundación Rafael del Pino de Jurgen B. Donges, un tipo del que se equivocarían si piensan  que no es ni conocido en su casa a la hora de comer, y en el que concurren algunas circunstancias que le hacen realmente singular. En primer lugar es un alemán nacido en Sevilla, una contradicción ‘in terminis’ que se ha resuelto del lado alemán; en segundo lugar es catedrático emérito de la Universidad de Colonia; y finalmente ha sido presidente del Consejo Alemán de Expertos Económicos, y, por tanto, fue uno de los cinco sabios que asesoran a los cancilleres germanos para que sepan qué tienen que hacer, ya pinte en oros o en  bastos.

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Permítaseme que antes sitúe al personaje. Donges, quizás por eso de que fue sabio durante diez años, se cree el más listo de la clase, y no se olvidó de recordar que si Helmut Kohl le hubiera hecho caso no habría habido ninguna crisis del euro por la sencilla razón de que él no veía necesidad de crear una moneda única, ni tampoco una crisis de la deuda soberana, porque ninguno de los países periféricos hubiera entrado en la eurozona: “Cuando despachaba con Kohl me decía que había que pensar en grandes términos históricos”, dijo en tono de burla.

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Estamos, por tanto, ante un economista que se cree listísimo y que siente un profundo desprecio a los políticos, bien porque no le hacen caso en todo o porque no se hacen caso a ellos mismos y ni respetan sus propias reglas. De este desdén no se salva ni Angela Merkel, que aquí nos parece una institutriz cabreada o el demonio vestido con las tallas grandes de Prada, pero que para Donges no pasa de blandita.

Su conclusión es que la crisis actual no tiene nada que ver con la financiera de hace cuatro años sino que ha sido provocada por los Gobiernos, al pasarse por el arco del triunfo las disposiciones de los Tratados europeos que prohíben el rescate de un país miembro o que el BCE financie los déficit públicos.

Como se comprenderá, el sabio se opone a que el BCE compre deuda pública (“va a saco roto y no resuelve nada”), a los eurobonos (“ni Zapatero ni Berlusconi habrían hecho lo poco que han hecho de no haber sido por la subida de las primas de riesgo (…) Jesucristo nos dijo que fuéramos hermanos, pero no primos –referido a los alemanes-, etc”), y al empeño en que por narices todos los países del euros deban permanecer en él.

¿Que qué cosas se han hecho bien? Pocas. Una ha sido reestructurar la deuda griega, algo que, al parecer, fue idea suya  -“ya se lo dije yo a mi ministro”- y que en realidad no servirá de mucho porque los griegos tampoco podrán pagarla aun con la quita; la segunda, obligar a los bancos a capitalizarse y a que consideren la deuda pública un activo de riesgo; y la tercera, extender la fórmula de constitucionalizar la contención del déficit, tal y como hemos importado desde Alemania. Pese a ello, “estamos peor que hace 18 meses”.

Más interesante que lo anterior fue comprobar que los alemanes están encantados de conocerse y que los españoles, que llenaban el auditorio, son capaces de reírse a grandes carcajadas cuando un alemán repite el tópico de que aquí hay poca productividad porque somos muy vagos y trabajamos menos que el ángel de la guarda: “En Alemania cuando vamos a trabajar salimos desayunados de casa. Y ustedes, por estar en la cama unos minutos más, van medio dormidos y necesitan un café al llegar. A lo mejor eso se podía cambiar”, destacó.

Las risas fueron tristes, pero más penoso resultó que uno de los presentadores de Donges, Amadeo Petitbó, le preguntara qué se le ocurría para mejorar nuestra competitividad. La pregunta era a todas luces improcedente, viniendo de un señor al que hemos pagado los contribuyentes para que presidiera el Tribunal para la Defensa de la Competencia, creyendo ingenuamente que algo sabía del tema.

Volvamos a la comparación entre Alemania y España: allí -y es verdad- se cuida mucho el aprendizaje en las empresas, y aquí no; allí es todo mucho más barato, al punto de que el brandi Carlos I, que a Donges le priva, es en Colonia cinco euros más barato que en Málaga. Y eso por no hablar del aeropuerto de Francfurt, donde nadie espera en grandes colas para pasar los controles porque allí se hace bien y aquí muy mal. Hasta los indignados alemanes y los de Estados Unidos son mucho mejores que los nuestros: “Parecen más aseados y con más contacto con la ducha” (risas). En su opinión, si somos poco productivos es porque queremos, aunque podemos aprender. “Ustedes han aprendido a jugar al fútbol. No hay nada que no se pueda cambiar”, insistió.  (Más risas).

La clase magistral concluyó con los tres consejos del sabio para Rajoy, en el que reconoció como mérito el haber permanecido en silencio tras las elecciones. A su juicio, si los políticos permanecieran varios meses callados, evitarían lanzar incertidumbres a los mercados.

Pues bien, el presidente electo debe presentar un plan de saneamiento de las finanzas públicas a varios años, detallando dónde recortará el gasto y poniendo el foco de los ingresos en la subida del IVA, “que no grava la inversión empresarial”. Además, debe reestructurar el sistema financiero creando un banco malo, explicando que serán los contribuyentes quienes tengan que pagarlo. Finalmente, ha de crear ministerio de Economía y Trabajo para gestionar una reforma laboral en profundidad, advirtiendo a los sindicatos que le traerán al fresco sus pataleos. Siguiendo sus consejos y siendo pacientes, porque estas cosas de palacio van despacio, estaremos salvados.