El místico Mario Conde ataca de nuevo

Mario Conde, ayer, en el Ateneo de Madrid, donde presentó el libro 'El amanecer de los brujos'. / J. C. E.

Las fases vitales de Mario Conde son tan marcadas como las de la luna. Primero fue banquero, más tarde presidiario y finalmente se nos volvió un místico de campeonato, una especie de Dalai Lama engominado con el que la diversión está siempre asegurada. Con ese disfraz, y haciendo una pausa en las clases de ética que imparte urbi et orbe en Intereconomía, Conde presentaba ayer en el Ateneo de Madrid El amanecer de los brujos, obra magna de Santiago Río, a la sazón asesor del gran maestro de la Gran Logia de España, en la que, según se cuenta, se inició el de Tuy y de la que llegó a ser Gran Oficial, que es, como puede suponerse, un cargazo masónico.

El libro es una historia del esoterismo que abarca desde el Santo Grial a los Reyes Magos, pasando por Merlín, el chamanismo, el Tibet, los ovnis, los milagros, la presencia de María Magdalena en la Última Cena, el nazismo, la teoría de que Einstein estaba tras la teoría del Todo, que hubiera hecho palidecer a la de la Relatividad, y así. No obstante, la teoría en mayúsculas fue la que avanzó el propio autor al describir cómo el hombre pasó de ser un bonobo –esos monos que copulan como mandriles- a transformarse en un ser “autodesarrollante”, cuyo destino último es el mundo espiritual. Según parece, y eso es algo que Darwin no tuvo en cuenta, los simios debieron comer algún hongo de las praderas que desencadenó una reacción química y desarrolló su cerebro.  “Somos seres de energía, espirituales, pero nos faltan unos miles de años para perfeccionarnos si es que lo logramos”. Con eso queda dicho todo.

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Y como de espiritualidad Conde entiende un rato, que a Noé no le van a hablar de la lluvia a estas alturas, el ex banquero estuvo en su salsa. Su declaración más sorprendente tuvo lugar con una aparición que experimentó en su finca de la Salceda, en pleno olivar, porque nuestro hombre es muy espiritual pero no desprecia los latifundios terrenales. Yendo en coche, le pareció ver un pavo real. “Llegué a casa y le pregunté al encargado. Se puso gris. `No hay ningún pavo real, don Mario. Hubo uno hace mucho tiempo’, me dijo”. ¿Vio Conde un pavo real o era el ave fénix que él mismo encarna, como le sugirió una persona del público? Quién lo sabe.

En su opinión, vivimos cómodamente instalados en los paradigmas, porque nos da tranquilidad y evitamos replantearnos las cosas. “El mundo ha avanzado gracias a los heterodoxos”, afirmó. La lección magistral incluyó una mención a Descartes, otra a Lao-Tsé y una cita de Jesús que ha repetido trescientas veces y que, según dijo, no era muy conocida: “¿por qué pensáis como hombres si podéis hacerlo como dioses?”. ¿Hablaría alguna vez Jesús de dioses en plural, por cierto? Tampoco faltó una velada referencia a la crisis económica: “Quieren aplicar paradigmas viejos a una sociedad que ha cambiado”.

El mejor Mario Conde llegó cuando explicó a los allí reunidos que había que superar el método científico porque no todo puede reproducirse en una mesa de laboratorio, tal que el amor sin ir más lejos. En plena enseñanza taoísta, reconvino a los que creen que existe el espacio interior de una vasija cuando en realidad, si el recipiente desapareciera, seríamos conscientes de que el espacio es único e intangible. Supimos luego que la dualidad entre el bien y el mal se desvanece en los niveles superiores del espíritu, donde “sólo hay belleza”. En pleno éxtasis, y sin hacer caso a la ley de la gravedad, todos flotamos.